sábado, 15 de octubre de 2016

El nivel de victoria aceptable

Cuando los lados de un conflicto aceptan que las condiciones de victoria y derrota no pueden ser pactadas el conflicto sólo se soluciona con perdedores y ganadores. O mejor dicho, la postcondición del conflicto es que cada participante cambie su estado de participante a perdedor o ganador. La cuestión es definir qué significa victoria, asunto que variará según los objetivos planteados por cada participante. De manera clásica y al estilo chino la victoria se logra en el momento en que el enemigo deja de querer combatir.

«Si conoces a tu enemigo y te conoces a ti mismo no temerás el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo pero no al enemigo, por cada victoria sufrirás una derrota. Si no conoces al enemigo ni a ti mismo, sucumbirás en cada batalla» (El arte de la guerra)..
Era un partido de la liga infantil local, de su segunda división concretamente. Niños de doce años del Montañeros B y del Eirís se enfrentaban con el objetivo de alcanzar la victoria en un partido de fúbol. Montañeros B es un equipo muy superior al del Eirís y no le costaba marcar goles al contrario. Con una diferencia de goles abultada a la hora de ir al descanso, se dio instrucciones a los jugadores de bajar el ritmo "para no abusar": jugar atrás, tocarla mucho, etc. Esto hizo que en la segunda parte la defensa del Eirís se adelantara, dejando todavía más oportunidades al contrario para marcar todavía más goles. Al término del encuentro el Eirís había encajado 25 goles y el Montañeros ninguno. Clara victoria para el equipo visitante. Una pachanga más entre chavales que carece de importancia ¿verdad?

No.

Sería una pachanga más entre chavales si estuviéramos, yo qué sé, en 1960, en plena transición demográfica, en un mundo en el que las fábricas echan humo y se acepta y donde el concepto de límite permitido de consumo de alcohol para conducir es una idea graciosa. Un mundo donde en los largos viajes en avión los cubiertos son de metal y a los niños se les regalan navajas por su cumpleaños. Pero ese no es nuestro mundo. En nuestro mundo se escucha las advertencias de los pedagogos sobre cómo se traumatizan los niños por perder una pachanga de fútbol. En nuestro mundo tenemos psicólogos que llegan casi antes que las ambulancias cuando sucede una catástrofe. En nuestro mundo la comprensión y la tolerancia son conceptos que desbordan su significado original y se emplean en todas las facetas de la vida.

Ceutíes antiguos jugando a algo parecido al fútbol.
Así, resulta que los niños que participaron en ese encuentro "no aprendieron ningún valor". Yo esto lo pongo en duda: los niños aprendieron que cuando uno juega mejor que otro, gana. A mí me parece una lección muy rica e imprescindible precisamente para los niños (en la infancia sucede todo, dijo alguien). Ah, pero no. Resulta que una victoria abultada no es útil para que los niños aprendan disciplina, esfuerzo, trabajo en equipo, solidaridad, el respeto a los demás, etc.

Se pretende que el objetivo educativo de un partido de fútbol entre chavales sea solidarizarte con el adversario, jugar mal a propósito, dejarte marcar goles... borrar los conceptos de victoria y derrota. A estas alturas del texto muchos ya sois conscientes de que no estoy hablando de partidos infantiles de fútbol (si os interesa el tema os diré que a partir de ese encuentro se estudia cambiar las normas para evitar resultados abultados. Esto no es nuevo: cuando sucedió algo similar entre Australia y Samoa Americana (31-0) a Australia la pusieron a jugar en la competición aisática).

Yo no tengo opinión formada sobre qué reglas deben regir en una competición infantil pero sí me gustaría pensar sobre las reglas que rigen la formulación de esas reglas porque esta anécdota es uno de esos fogonazos que reflejan muy bien nuestra época y pasan desapercibidos. El fútbol es un deporte en el que existen condiciones de victoria y aquí lo que tenemos delante es un debate sobre qué constituye una victoria aceptable. Es decir, aquí se está manejando la idea de "victoria inaceptable". Esto puede funcionar en partidos entre niños (los niños no hacen las reglas igual que en las peleas de gallos los gallos no hacen las reglas, la condición de victoria la pactan agentes externos al conflicto) pero no puede valer para conflictos de mayor entidad.

En el mundo real las condiciones de victoria no se pactan. No existen comités que puedan imponer condiciones a los participantes. Cuando esos niños sobrevivan a años de pedagogía y salten al mundo desarmados, amedrentados y serviles se enfrentarán con otra gente cuyo nivel de victoria aceptable es totalmente diferente.

—Señor adversario al que tolero respeto y comprendo, puede dejar de golpearme, ya ha demostrado su punto.
—No. Voy a seguir golpeándote.

La modulación de la idea de victoria (derrota) lleva aparejada la modulación de la idea de enemigo (amigo, aliado) e incluso de conflicto (guerra, choque). Si estiramos mucho el significado de victoria puede que en los conflictos del futuro nuestros enemigos no sepan que han perdido o incluso que nosotros no lo sepamos. Esto se ve mucho mejor con la idea de guerra: en nuestra época no sabemos cuándo estamos en guerra y cuándo no. Antiguamente había declaraciones de guerra y tratados de paz. Hoy estamos metidos en una suerte de pequeña guerra continua cuyas condiciones de victoria nadie nos explica y parece que lo aceptamos.

Lo normal en medio planeta es que "policía" o "ejército" sean otros nombres que reciben grupos armados aleatorios.
Yo sospecho que aquí está funcionando algo parecido a la superstición: no nombrar algo logra que ese algo no exista. Sin embargo, quienes no estamos tan encantados de conocernos como los pedagogos y los cantautores—permitidme que los coloque en la misma categoría— sabemos que ahí fuera las ideas de guerra, victoria, derrota, enemigo, etc. están siendo utilizadas constantemente y que nuestra paz, solidaridad y tolerancia son asuntos de consumo interno.

Por ejemplo, la idea de paz. Para nosotros la paz es la ausencia de conflicto pero para un wahabista atolondrado la paz es que todo el mundo sea devoto del profeta. Si tú firmas un tratado de paz con un wahabista esperas que ninguno de los dos dispare pero el wahabista espera que te conviertas a su versión del islam. ¿Cuál es entonces el nivel de victoria aceptable para uno y otro? Tate.


Y ahí, en el problema del nivel de victoria aceptable tenemos a los niños de aquel partido de fútbol. Los que pierden 25-0 aprenderán que siempre habrá un colchón para dulcificar su derrota (lo importante es competir, etc.) y los que ganan 25-0 aprenderán que ganar no es el objetivo de un conflicto y que a veces es lo mismo que abusar.

Qué queréis que os diga, a mí me bastaba con aquello de ser humilde en la victoria y orgulloso en la derrota, pero claro, para que los niños aprendan esto los que les enseñan deberían saberlo.

Relacionado: Philip Max, autor teatral



2 comentarios:

Sergio Rodriguez Bel 17 octubre, 2016  

Muy buena entrada

¿Crees que los Trumps y los Lepens de la vida son en realidad una respuesta (efecto rebote) ante tanta memez politicamente correta?

Pablo Otero 21 octubre, 2016  

Más que ed respuesta yo hablaría de oportunismo.

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