sábado, 18 de marzo de 2017

El fin de ETA. Capítulo ene.

El fin de ETA. Llevamos con el fin de ETA más de un lustro. Tenemos película. Tenemos libro. Tenemos fin de ETA versión 1982. Tenemos fin de ETA versión 2011. Tenemos fin de ETA versión 2017. Ante este panorama llama poderosamente la atención que lo único que no tengamos sea precisamente el fin de ETA. El único fin válido. El que tienen que anunciar las instituciones, la ley. Y ese fin no es otro que el de la victoria de los demócratas, de los españoles, de las víctimas. Un fin de ETA que lleve la pena y la vergüenza a sus miembros y simpatizantes, a los que miraron hacia otro lado y a los que recogen las "nueces".

Si los miembros de ETA acaban por ser detenidos y la policía confirma la disolución de la banda ese será un bonito comienzo del fin de ETA. Un final de ETA que debe implicar un proceso de transición hasta la normalización de lo que no es normal. Porque no es normal que haya homenajes a etarras en la vía pública, que los consistorios se solidaricen con criminales y que se produzca una equiparación discursiva entre España y esta banda de criminales.


Los buenos no podemos conformarnos con una disolución de la banda que deje las cosas como están. Una disolución así tan solo significa un cambio estético. Para ilustrarlo: sin más cambios, el tiempo tras la disolución de la banda tan solo sería como el tiempo que transcurre entre dos atentados. Y lo digo porque sus portavoces, sus justificadores y sus proselitistas quedarían exactamente en los mismos lugares. La lucha contra ETA no solo es la lucha de la sociedad contra unos torturadores y asesinos, también es una lucha contra lo peor de esa misma sociedad. No se puede ignorar que una parte de la sociedad está no equivocada sino enferma. Y esa enfermedad moral hay que combatirla con las armas que dan la dignidad, la justicia y la memoria.

¿Cómo vamos a mirar a la cara a las víctimas de estos ladrones y asesinos si sus herederos siguen campando a sus anchas como si la calle fuera suya? Un fin de ETA así solo lo sería de palabra, no de hechos.

Da la sensación de que la situación actual tan solo es un cambio de estrategia. Todos los simpatizantes y portavoces legales siguen en los mismos puestos. Las víctimas que tuvieron que huir siguen sin tener una reparación. Los cientos de asesinatos sin resolver siguen callándose. Un crimen no se resuelve cuando todos dejan de hablar de él. Y la historia de ETA es un crimen. Un crimen y una herida que si no se sutura con el hilo de la justicia y la aguja de la memoria reabrirá en cualquier momento.

No hay otro fin de ETA que la derrota de ETA, que es la victoria de la nación.


jueves, 9 de marzo de 2017

La hispanidad en el debate identitario

El auge del populismo trastoca los planes de quienes ven el conflicto político como una pugna entre maneras de dirigir el estado y con ello organizar la sociedad. En los sistemas liberales de gobierno la política se entiende como el debate público sobre la organización política y económica del estado: quiénes pagan impuestos, cómo los pagan, cómo debe ser la educación, qué tratamientos médicos debe cubrir el presupuesto, cuántos tanques se necesitan, a quién se le echa una mano y cómo hacerlo, qué se considera delito y cómo se combate, etc. En la sociedad abierta se debate sobre el papel del estado. Las corrientes políticas (y en su caso partidistas) están obligadas a definirse respecto al estado, dicho de otro modo, tienen que tener una teoría del "mejor gobierno". Por eso llamamos extravagantes a las corrientes políticas que no se definen respecto al estado, que no cuentan con una teoría del estado, que, esencialmente no son políticas: animalistas, feministas, etc. Estas corrientes no son estrictamente ideológicas o políticas porque no saben qué número de tanques necesitamos, por decirlo rápido.


Si la pugna política cambia —en mi opinión eso está por ver— parece que será hacia un escenario donde el debate no orbite alrededor del estado, sino de la identidad de grupo. La humareda de los escombros de la distinción unidmensional izquierda/derecha todavía nos empuja a hablar de populismos de izquierda y populismos de derecha. Dispersada la humareda lo que nos queda son populismos sin apellidos frente a lo que no es populismo. El populismo tiene una conexión directa con la identidad de grupo. El populismo trata de definir quién forma parte del pueblo. Y lo hace de forma arbitraria (cosa que es una debilidad mientras no les permitamos llegar al poder, en ese caso la arbitrariedad del estado en sus manos será su fortaleza).

Frente a la arbitrariedad del populismo a la hora de definir quién es el pueblo tenemos el modo reglamentario, justo y firme de decidir quién es el pueblo de quienes defendemos el estado liberal. Forma parte del pueblo todo aquel que tenga pasaporte. Es decir, es nacional el que tiene la nacionalidad y por tanto sujeto a las normas de la comunidad política donde encaja. Nuestro método es justo porque no deja las cosas al azar: los casos de personas sin nacionalidad son mínimos y se resuelven con acuerdos internacionales. Para quienes defendemos los estados nacionales la pregunta "¿quiénes somos?" no procede.


No todo el mundo hace esta reflexión y por ello el centro del debate puede variar. Y si varía ¿eso dónde nos deja? Siendo prácticos en un primer momento se puede pensar en de qué forma las organizaciones de representación política van a cambiar. Cosas como conservar las tradiciones, ayudar a la clase explotada a defenderse de la explotadora o limitar la inflación legislativa y tributaria pasarían a ser secundarias respecto a nuevos ejes sobre la identidad. En nanogrupos extravagantes que ya funcionan en estas coordenadas vemos cómo se les da mucha importancia a las operaciones de cambio de sexo, a los exámenes para acceder a la ciudadanía, etc. Asuntos muy concretos relacionados con las preguntas "quién forma la comunidad política" y "cómo se categoriza la comunidad política". Sí, nos podemos olvidar de la igualdad de derechos, algo que de tan normal lo damos por garantizado (hay una crítica pendiente al estado liberal y es que esta forma de estado no se vende).


Esta reflexión la planteo en términos condicionales y futuribles así que es poco práctica, sin embargo si nos obliga a reflexionar sobre lo que ya hay igual es provechosa.

Si el debate pasa a ser sobre la identidad de grupo inevitablemente tendremos que preguntarnos por nuestro grupo. Los hispanoeuropeos e hispanoamericanos mucho me temo que no tenemos una respuesta rápida. Más allá de quien sienta devoción por modas foráneas y decida que pertenece a la humanidad, a Europa, a la raza amarilla, a los animales o a los seres vivos; para nosotros la respuesta no es sencilla porque llevamos un tiempecito tratando de responderla. La pregunta para nosotros no se relaciona tanto con marchar detrás de una bandera como con tener una teoría de la historia. España no es Uganda ni Canadá. España —aparte de un país rico con un gran nivel deportivo y sanitario— es una idea que desborda las fronteras de lo que en el atlas se pinta como "reino de España".


El problema del ser de España es un problema clásico en la filosofía. La hispanidad no es el escombro humeante de ningún imperio del pasado sino la consecuencia de un programa político secular. Idioma y religión que son dos agregadores fundamentales de toda comunidad política están muy vivos en el orbe hispánico y no parece que esto vaya a cambiar (por mucho que otros lo intenten... con nuestra ayuda).

Sea pues la primera distinción fundamental que nos distingue la lengua. La importancia del español no está en su número de hablantes, como dicen políticos en horas bajas, sino en la producción de las bases del conocimiento. Es una lengua que de forma muy temprana tiene una estandarización y que desde sus primeras obras escritas se empleó con el propósito de comunicar e intercambiar conocimiento. Es una lengua con la que se produce filosofía desde hace muchos siglos: sus términos no son inventados según la necesidad: la base del latín y a su vez del griego propició una continuidad en la filosofía que nos conecta con la filosofía de la antigüedad clásica. No hablo pues de un tal Shakespeare que inventa palabras o de un contubernio de filósofos alemanes que pretenden diferenciarse de la filosofía medieval (y por tanto, también de la clásica).


La segunda distinción es la religiosa. El sustrato católico como rasgo de distinción no es exactamente el de la fe (que podría ser el caso lituano frente al cristianismo ortodoxo) sino más bien el de la filosofía católica o escolástica. Más allá de poco creíbles "accidentes de la historia", el trabajo de producir filosofía resultó en la aparición de un agente en la historia universal con peso específico (sigo hablando de nosotros, por si alguien se ha despistado). No somos católicos al no ser otra cosa, sino que somos católicos por resistirnos a ser otra cosa. Y en muchas ocasiones ya ni habría que hablar de resistencia sino de desbordamiento, avasallamiento, cobertura. Esta parte es fundamental entenderla: no solo no hemos sido borrados de la historia (cosa que se intentó varias veces) sino que cruzamos el océano. Esto no está nada mal.

¿A qué cosas nos resistimos ser? Básicamente a dos.

¿Ese niño no tiene que estar en clase?
Nos resistimos a ser musulmanes. Quedaría corto cualquier análisis de la Reconquista si se limitara a ser un compendio de batallas y disputas por el terreno. La disputa por el terreno es muy importante (sin terreno te conviertes en un feriante) pero la disputa se produce en otros niveles. La victoria contra el islam significa también la preponderancia de la idea católica sobre la idea islámica. El islam defiende la sumisión a Dios, todo pasa por Dios y nada se deja al hombre. Buena parte de la profesión de fe islámica es la humillación, el sometimiento. El islam es un monismo que no deja espacio para pensar sobre el hombre, el mundo, el alma. Los fieles no tienen que pensar porque todo está ya pensado por Dios y recogido en un libro (y en miles de interpretaciones contradictorias de ese mismo libro y de citas del profeta). En el islam Dios es el único que produce la razón. Ah, pero en el catolicismo la cosa es distinta: en el catolicismo las personas hacemos cosas y las cosas tienen consecuencias. La recompensa de hacer bien las cosas es la resurrección de la carne. De la carne, no de una nubecita brillante. En el catolicismo el hombre de carne y hueso tiene importancia por sí mismo (el mártir islámico busca matarse, el católico no. Por cierto, sobre la importancia de la carne se podría construir una critica similar al terrible budismo, no puede haber un piloto kamikaze católico, para entendernos). A su vez podemos traer otro dogma esencial para el católico: que Dios sea Padre e Hijo (y Espíritu Santo que es el más dificil de pensar), rompe la posibilidad del monismo. Rompe la posibilidad de que no haya grados de libertad, introduce la pluralidad. Yo aún metería otra parte que es la existencia de la clerecía (el islam carece de ella aunque los chiíes parece que lo han intentado): la organización temporal de la Iglesia es algo que ha tenido consecuencias evidentes para todos.

¡Qué me cuentas! No, en serio, qué diablos significan esas palabras.
También nos resistimos a ser protestantes. Los proestantes rechazan el Magisterio y cada protestante pasa a ser autoridad. En sentido estricto el protestante no tiene Iglesia (tienen sectas y grupos de boy scouts pero no me parecen serios) y esto le deja a cada uno con una Biblia llena de pies de página frente a Dios. Así cada uno se convierte en autoridad religiosa suprema porque dispone de una libre interpretación de las Escrituras (y de lo que tiene que creer y hacer, bueno, de hacer no, porque el protestante no tiene por qué hacer nada), esto es lo que llaman el libre examen, la libre conciencia. Esto es muy problemático porque nos ha infectado de tal forma que cualquiera se sube a un banco en el parque y dice "yo pienso que...", como si lo que piensa tuviera alguna importancia. Es decir, aparece la conciencia subjetiva frente a la conciencia objetiva (en catoliqués la "conciencia recta"). Todo el mundo tiene su opinión y lo que es correcto no importa. Todo el mundo tiene una conciencia distinta y acude a ella como elemento de autoridad aunque diga y haga mamarrachadas. Para los católicos por otra parte existe una conciencia recta, objetiva, que está de acuerdo con la Ley. No es arbitraria. Pero el hombre tiene libre albedrío y está en él salvarse o condenarse si sus actos se ajustan a la Ley (esto es lo que decía sobre cómo la doctrina salva el conflicto ético).

La dialéctica con estas religiones va más allá de la Reconquista y de la Contrarreforma. No estoy hablando de cosas antiguas. Es más, tiene mayor consecuencia el enfrentamiento con el turco que con el moro. Fue el turco el que nos empujó al oeste. Ojo, lo del moro no tiene pequeña consecuencia: pequeñas ciudades españolas en el norte de África tienen una sobredimensionada presencia militar por estar en una frontera entre planetas distintos. Y respecto a los protestantes hoy vemos conflictos en plena vigencia: solamente hay que ir a ver por dónde los protestantes trazaron una frontera en Norteamérica que dividió lo que estaba unido. Hoy siguen metiendo a gente en la cárcel por eso.

En definitiva tanto idioma español como filosofía católica serían los factores de más peso que nos sitúan como agentes activos en la historia universal. Nos podrá gustar más o menos (no importa) pero en el posible debate identitario simplemente no podremos elegir. Igual podemos elegir no participar en el debate pero esa ya es otra historia.