jueves, 7 de julio de 2016

Sobre estética política en el rural

Se produce un curioso efecto de asimilación en la supuesta conexión de ciertas ideas e imágenes con otras ideas e imágenes. Este engaño de los sentidos es constante y transversal: funciona como las ilusiones ópticas que tienen nombre propio: escalera de Penrose, cubo de Necker, etc.


Por ejemplo, a la idea de reforma política se le acompaña la idea de juventud. De quien defiende ciertas ideas se espera una presencia estética diferenciada. Un político con traje y corbata es más sospechoso de aceptar sobornos que un tipo que parece un gorrilla de aparcamiento. Estas ilusiones ópticas, estos engaños de los sentidos (también hablar bajito y despacio es aparentar tener la calma que acompaña a la razón frente a quien pega cuatro voces para dejar el asunto zanjado y que igual tiene más razón que un santo) son tan solo eso, engaños, y sin embargo suponen la herramienta más básica de presentación pública.

Me acuerdo de una noticia del diario satírico The Onion en la que contaban que el Partido Republicano mantenía un fuerte respaldo entre los jóvenes que se visten como señores mayores. En el video ponían escenas de videos reales de Youtube en los que se veían a simpatizantes jóvenes del GOP vistiendo pajarita y tirantes entre otros adornos. Sé que todo esto parece una chorrada pero al darle un par de vueltas uno se encuentra con que por debajo del discurso existe una cuestión estética que yo creo que se pasa por alto.

You're doing it wrong.
A la hora de apoyar o rechazar un partido o una ideología pesa mucho el voto por identificación ("se parecen a mí") y el voto prospectivo ("quiero parecerme a esos"). Esto parece que no lo acaban de tener claro en la derecha (ni tampoco en la vieja izquierda estética que hace tiempo dieron la batalla por perdida ante las hordas del este). A mí me preocupa que siendo algo, en principio, tan sencillo no insistan con el tema.

Un grupo de redactores puede escribir un argumentario de campaña y estudiar los posibles contraargumentos, recopilar datos, consultar expertos, etc. Y aún así a la hora de presentar esas ideas aparecerán réplicas no esperadas. Sin embargo existe un discurso al que no se le puede oponer otro discurso: el estético. Con la estética estás transmitiendo información y conociendo el paisanaje de este país es muy fácil aprovechar los prejuicios de la gente a tu favor. Fijaos en Diego Cañamero o en los barrigudos barbudos que suelen ejercer de portavoces sindicales. Da igual que no hayan pegado palo al agua en su vida (de verdad, para esa función da igual) pero la gente espera esa estética y se siente reconfortada al ver sus prejuicios confirmados. Nadie entendería que el Christian Bale de American Psycho hablara representando a los obreros de un astillero. Chocaría. La masa es simple como una zapatilla.

Un polo atractor fácilmente identificable convierte a un grupo de personas en una masa. La inteligencia de la masa tiende a igualarse a la de su miembro menos inteligente.
Este principio del prejuicio estético puede operar en cualquier sentido. Y —a lo que voy— romper este principio también puede operar en función de unos intereses dados.

Una de las aficiones más recurrentes de algunos liberales es la de darles vueltas a la cuestión de "¿por qué no llegamos a más gente?". A mí me gustan mucho en general las reuniones en las que un grupo de personas cortadas más o menos por el mismo patrón indagan sobre el comportamiento de otros grupos que jamás irían con ellos ni a la vuelta de la esquina. Lo que opinan grupos de personas que viven de espaldas a otros grupos es una afición entretenida y sin embargo inane. Esto no solo pasa con los liberales, ocurre también con los antiliberales. Gente súperpreocupada que te cagas, tía, con el hambre de los pobres negritos de las colonias y que siempre preferirán ver al negro en pintura. O esos tipos que lloran por el efecto invernadero (¡no conocen Venus!) pero viajan en coche y en avión porque uno es progre pero no tonto.

Es complicado hablar desde la esfera personal de experiencias de esferas de experiencias ajenas. Desde luego que se puede salvar la zanja accediendo a información pero cuando no se trata del hambre en el mundo, del efecto invernadero o de los osos polares, cuando se trata del frutero de la esquina, del socavón de la calle, de presos o de pacientes de psiquiatría ahí ya toda reunión resbala más que la piel de plátano en el Mario Kart.

La realidad es muy desagradable.
Si quieres dirigirte a gente que en su vida se pone una corbata no te pongas corbata. Si quieres hablar de riesgos laborales en la construcción, evita a alguien que solo haya visto a un obrero en el comic de Pepe Gotera y Otilio. Si quieres que te vote alguien más que el urbanita con dos coches y casa en la playa, procura que todos tus portavoces no parezcan dependientes del Corte Inglés. Fijaos lo que hace el PP de Galicia en las aldeas donde siguen estando en el siglo XII. En esos sitios su gente parecen figurantes de un capítulo de Juego de Tronos. Tipos con un nulo sentido de la higiene, con retrato de Franco en el comedor de su casa y a los que todo se la pela. Claro, el PP consigue una relación simbiótica de votos a cambio de pequeñas prebendas. La mitad de los alcaldes de pueblo del PP no saben ni qué significan las siglas (ni les importa).

Todo esto lo digo porque se acercan las elecciones gallegas y mucho me temo que con el voto urbano (mayoritario en Galicia, hay que recordarlo porque la gente sigue pensando que aquí todos tenemos vaca (ojalá)), más o menos inamovible porque la gente ve cosas en la tele que no son el Gayoso, el voto decisivo una vez más (desde hace treinta años) lo tendrán los pueblos donde poca cosa ha cambiado desde tiempos de Isabel II. El poder llegar al rural gallego es una asignatura pendiente para todos los partidos que no han heredado la red secular de favores y confianzas tejida desde tiempos de la invasión napoleónica. Esa red que pasó por la Restauración, la república, el franquismo y el fraguismo sin solución de continuidad. Esa red de lazos de confianza interfamiliar que estaba bien cuando era un coñazo trasladarse a la capital a arreglar papeles o a poner denuncias en el juzgado.

Cómo bailar esto.
Cada año que pasa ese moderno feudalismo resiente los efectos de la mejora de las comunicaciones y de la paulatina concentración poblacional en entidades de tamaño medio. La oportunidad la tendrán quienes eviten vestirse de vendedores del Corte Inglés y eviten dárselas de listos hablando del déficit o del imasdé. Ya en demasiados pueblos el principal motor económico son las pensiones de jubilación y la edad media supera los sesenta años como para hablar de futuro y de novedades. Quizás la vuelta de tuerca sea apelar a los instintos: la inseguridad, el miedo al mañana, estas cosas que antes se le daba de perlas a la derecha y que con la sacudida del tren de la posmodernidad hemos olvidado.


2 comentarios:

Lepton Tau Mas 09 julio, 2016  

Brillante análisis

Teseo 10 julio, 2016  

Ah, pero, en Galicia, ¿se presenta algún otro partido además del PP? Si, es que los políticos acaban por parecerse a los que les votan... por eso hay que votar siempre a la candidata más atractiva.

Más: ¿hay algún programa en la TVG en el que no salga Gayoso (bueno, en tiempos echaban Songoku...)? ¿Y por qué este cacharro me corrige "pograma"?

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