jueves, 9 de junio de 2016

El vaciamiento de los partidos políticos

No es que antes las cosas fueran mejores, es que tenemos una gran capacidad de adaptación. Esta capacidad influye en cómo tendemos a olvidar lo malo y reforzar el recuerdo de lo bueno, en cómo a toro pasado tenemos más información sobre posibles consecuencias de los actos y en cómo entre las consecuencias imprevistas algunas fueron positivas y no contábamos con ellas. Estamos biológicamente construidos para que en cada momento saquemos lo mejor de nuestro entorno y de nuestras capacidades.

Para explicar el presente tratando de rasgar estas cortinas biológicas y adaptativas muchos optan por el camino más corto: partir de una posición, digamos, pesimista, y comparar pasado y presente de forma desequilibrada. Esto se ve muy bien en el estudio histórico tradicional donde el error más frecuente es el llamado presentismo o anacronismo (juzgar con la moral de hoy los hechos del pasado o juzgar con la irreligiosidad de hoy la religiosidad del pasado). Sin embargo al estudio del presente —que es el estudio de la historia más dificil de hacer— también es aplicable: presentar una visión pesimista del presente comparándolo con el inmediato pasado.

Existe una suerte de disonancia entre los cambios que se producen ahora mismo y nuestra adaptación a ellos. Acostumbrados a una vida política con coordenadas conocidas y referencias aprendidas, los cambios que se han ido produciendo lejos de nuestro control han alterado el mapa que nos guiaba y ahora tenemos problemas para ubicarnos. Es una vieja historia.

Congreso Continental.
Los primeros estados liberales y constitucionales no previeron la aparición de bandas partidarias. En el parlamentarismo inglés de finales del XVIII sí funcionaban ciertas agregaciones políticas (tories y whigs) muy mutables acerca de lo que era beneficioso para el país. Sin embargo, en los primeros países que dejan atrás el Antiguo Régimen tardan poco en aparecer bandas partidarias en función de ciertas preferencias políticas. Así tenemos en Estados Unidos a los demócrata-republicanos de Jefferson y Madison, partidarios de los derechos de los estados, de apiloar ingleses y de apoyar a la recién nacida República Francesa por un lado y por el otro a los federalistas liderados por Hamilton y Adams, partidarios de un gobierno central fuerte y de la amistad con Inglaterra. En España tenemos a los liberales y a los serviles (perdón, absolutistas) divididos por la cuestión de si la soberanía debía recaer en la nación o en el rey y en Francia a girondinos y jacobinos divididos en un primer momento por si se debía otorgar poder o no a la comuna insurreccional de París. Hoy estas diferencias políticas nos parecen muy extrañas.

Hacia la Primera Guerra Mundial se había multiplicado el número de países. Los países que surgieron, salvo algunas excepciones en Europa Oriental, adoptaron sistemas liberales y diversas formas de parlamentarismo y sufragio. Sin embargo la diferencia política fundamental ya no se encontraba entre defender o no el sistema liberal o republicano de gobierno (donde incluyo a las monarquías constitucionales) sino en la clase social. En la segunda mitad del XIX había triunfado una explicación de la historia y de la economía que dividía a las sociedades en clases, compartimentos, que se suponían antagónicos. Así aparecen partidos de clase: partidos cristianos y socialistas que propugnan la mejora de las condiciones de vida del obrero industrial, partidos agraristas que defienden los privilegios asociados a las rentas del campo y partidos con fragancia a incienso que planteaban dudas sobre el control aconfesional de la educación, entre otros.

Propaganda del Partido Conservador británico para las elecciones de 1929 (malditas viudas pedigüeñas).
La derrota moral de los vencedores de la Primera Guerra Mundial dio pie al surgimiento de bandas partidarias centradas en la importancia de dónde paren las mujeres como asunto de vital trascendencia política. El nacionalismo organizado agrega intereses políticos territorializados e instrumentaliza las banderas para frenar la decadencia de los privilegios de las viejas élites provincianas frente a estados liberales cada vez más maduros.

Hasta nuestra época, las agregaciones de intereses políticos no han experimentado un gran cambio en sus estructuras partidistas, pero sí lo han hecho las sociedades sobre las que se levantan. Se pueden decir que los partidos tradicionales son arquitecturas que respondían a una explicación de la sociedad de hace cien años. Seguimos teniendo sobre el papel partidos de clase y nacionalistas pero sus agendas y la masa de la que se nutren se han visto alteradas dramáticamente. Hoy la teoría marxista ya no es capaz de explicar la sociedad y sus relaciones económicas y el nacionalismo es un residuo estético ya que las élites provincianas son hoy subdirectores generales de una multinacional de refrescos de cola.

Polonia, marcha a favor de la independencia (y en contra de otras cosas).
Por el camino —y en nuestro contexto europeo— la unión política continental, las amenazas internacionales compartidas, la homogeneización de los intereses de la sociedad, la terciarización, la red pública de protección universal y la irreligiosidad han hecho que la contienda política se vacíe de contenido. La capacidad de un país europeo para decidir sus políticas se ha reducido mucho en comparación con hace treinta años. Si hablamos de un país de la zona euro la autonomía es todavía menor.

Marcha en Kiev a favor de la Unión Europea.
Esta disminución del poder del estado nacional hace que los partidos tradicionales tengan poca capacidad de representar agregaciones de intereses políticos. La homogeneización de la población se une a esto y acaba convirtiendo a los otrora grandes partidos en bandas que se tienen que distinguir por el color de sus banderolas.

La población general, atónita pero adaptada, asiste indefensa a este vaciamiento. Hoy no se trata de decidir sobre cuestiones que afectan inmediatamente a la vida de las personas, sino que se delega "en Europa" o simplemente se asume que hay una única manera de hacer las cosas. En este mundo post-partidos hay quien lo lleva mejor, como el PP español, que se ha transformado en un partido de clase ceñido exclusivamente a las cuestiones que afectan a su masa de votantes, los pensionistas. Otros no corren tanta suerte y ya están disueltos cual azucarillos. Se trata de los partidos laboristas y socialdemócratas que sólo los distinguimos de conservadores y liberales por el color de las banderolas y que tratan de mantenerse con vida defendiendo posiciones muy fuertes y de forma muy seria sobre cuestiones intrascendentales cuando no frívolas o banales (los derechos de los animales, el estrés de las lechugas, etc). Los conservadores, tradicionalmente ocupados en romerías y en la defensa nacional, han dejado de enfrentarse a la disolución nacional en el continente y se han subido con frenesí a la carroza de la construcción europea. Los liberales por su parte defienden en Europa el statu quo, con lo que en unas décadas me imagino que pasarán a asumir el papel de "conservadores continentales".

Manifestación anti inmigrantes en Londres, 1972.
Pero la historia no acaba aquí. Con los partidos tradicionales pugnando por un electorado cada vez más homogéneo, sin clases sociales y sin que el papel de la Iglesia importe, su debilidad es aprovechada por quienes están dispuestos a rellenar el hueco de las pasiones olvidadas. Esto lo vemos con los partidos populistas. Estos partidos quieren un sistema alternativo a la actual Unión Europea, desean una devolución de la capacidad legislativa, defienden el aislacionismo tiranófilo en política exterior y sueñan con recuperar la soberanía monetaria para envilecer la moneda y mantenerse en el poder repartiendo rentas (que serían cada vez más escasas ya que no están dispuestos a tomar medidas impopulares como aumentar los impuestos a la mayoría de la población).

El problema de base del populismo europeo es que el sistema que defienden no es nuevo ni mejora el actual. Hoy no estamos como en el momento matricial del estado liberal (defensores de lo nuevo frente a nostálgicos de lo viejo). Lo que defienden los populistas ya es conocido porque es exactamente lo que había antes de la Segunda Guerra Mundial. El populismo tal como se plantea tampoco responde a las coordenadas de una sociedad sin clases, homogénea, interdependiente y tolerante hasta la arcada. Igual que los alemanes de los años treinta se preguntaban qué vendría  después de los nazis, yo me pregunto qué vendrá después de los populistas. ¿Qué factores determinarán la agregación partidista en el futuro? ¿La edad (mirad la inversión de las pirámides de población), la educación (chamanes vs. científicos), la inmigración (esto ya empieza a ser así en muchos países y la mejora de las condiciones de vida en África sólo hará multiplicar la inmigración)? ¿Y de estos distintos polos agregadores qué combinaciones habrá? ¿Chamanes jóvenes antiinmigración frente a chamanes viejos? ¿Científicos viejos frente a proinmigración?

Pensar el futuro es complicado. Yo sólo puedo decir que en el futuro habrá maravillosas centrales térmicas de carbón, incendios forestales y muchos viejecitos muriéndose solos. Ya es algo.


5 comentarios:

Asertus 09 junio, 2016  

Estaba leyendo el artículo a esta hora de la siesta, así, somnoliento, cuando he leído esto:
"... islacionismo tiranófilo en política exterior y sueñan con recuperar la soberanía monetaria para envilecer la moneda y mantenerse en el poder repartiendo rentas ... "

Y, claro, en tiempos de Brexit me ha chocado, supongo que no dirás que el servilismo en política exterior ante USA es tener política exterior o que la compra de bonos corporativos de Draghi, mientras sigue financiando a España y a Grecia no es envilecer la moneda.., ¿o sí?

Seguramente con los bolivarianos sí, pero no veo yo mucho a los FPÖ o a los de AfD envileciendo el chelín austriaco o el marco como si fuesen liras.

Fer Foxache 09 junio, 2016  

Lo que hace falta, y que casi con toda seguridad acabaremos viendo, es una Guerra Civil Europea. O primero una guerra contra una alianza de enemigos exteriores (Rusia, Irán, ISIS-Al Qaeda, etc.), en la que a lo mejor ya estamos metidos y, tras ganarla con sangre, sudor y lágrimas, otra civil inmediatamente después.

Pablo Otero 10 junio, 2016  

Hola Asertus,

Tener servilismo a USA sí es tener una política exterior y Draghi envilece, pero la alternativa es peor. Al menos los países tienen incentivos para marcar un objetivo de inflación.

Alemania es ahora el país al que más le interesa la construcción europea por su balanza exterior. Sin marco europeo tendría que renegociar acuerdos comerciales en peores condiciones.

Saludos.

Pablo Otero 10 junio, 2016  

Hola Fer,

Técnicamente Europa ya está en guerra y si te fijas está en guerra justo por sus limes: contra el islamismo en el Mediterráneo y contra Rusia en el Báltico, la cuenca del Donbass y el mar Blanco. Claro que las guerras son diferentes y menos honorables en nuestros días.

Sobre la guerr5a civil, no la veo útil porque tienes que acabar conviviendo con los vencidos (o vencedores) y es una lata.

Saludos.

etrusk etrusk 11 junio, 2016  

http://etrusk.blogspot.com/2008/07/partitocracia-regimen-politico-actual.html
http://etrusk.blogspot.com/2013/08/la-constitucion-radical-del-siglo-xxi.html

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