miércoles, 24 de febrero de 2016

Divagación sobre divulgación de la historia

Al tratar la historia del hombre como un cuento cabe preguntar si las diferentes versiones son buenas o malas, aunque puede que estos adjetivos se nos queden cortos. Más allá de la pura ficción con ninguna relación con los sucesos del pasado (cosa que en ocasiones se nos vende como historia, cuando en realidad son construcciones artificiales con el propósito de justificar algún asunto del presente), creo que distintas formas de contar el mismo cuento deben convivir juntas y, al hacerlo, aportar diferentes puntos de vista que completen el cuadro.


El estudio no académico de la historia (el académico no nos importa aquí, ya que si se sigue un programa este debate no tiene lugar y además es el estudio no académico el que acaba trascendiendo y por eso el que nos importa: la gente conoce la historia que ve en las películas, la gente no lee producción académica del historiador (excepto cuando sí lo hace)) se centra en traducir lo que produce la academia de la misma forma que el retablo de una iglesia traduce el contenido de una Biblia que el feligrés no lee. Es en el proceso de traducción donde pueden aparecer las buenas historias o las malas historias.

Como ocurre en toda disciplina, nuestra época es muy particular a la hora de tratar los temas. La creencia de que estamos de vuelta de todo define muy bien el momento actual: todo se cuestiona, todos los puntos de vista merecen la misma consideración y existe una gran confusión a la hora de discernir entre lo eterno y lo efímero. Esta característica "relativista" propia de la posmodernidad nos lleva a preguntarnos cuál será el juicio de la próxima época sobre la producción de relatos de la nuestra. Esta pregunta apunta a una cuestión mayor: ¿qué hace falta para cambiar de época? ¿en qué momento una generación se da cuenta de que vive en un mundo diferente al de sus padres o abuelos? En tratados de principios del XIX sí existía cierta conciencia de cambio de era por parte de autores que habían vivido la era anterior e imagino que los primeros autores soviéticos también expresaron la conciencia de estar en un momento histórico diferente (entre otras cosas era su función). La conciencia de haber cambiado de época es una cuestión muy importante/interesante por sí sola pero no abundo en ella. Al menos hoy.

Materialismo y armonía

Una palabra: behetría.
La forma actual de contar el cuento del hombre (todavía) debe mucho al estudio marxista de la historia. No cabe duda de que el materialismo histórico y sus múltiples derivados han contribuído a tener una visión diferente y quizás más completa de la historia de los hechos del pasado que la tradicional empleada hasta su aparición. Hoy la permeabilidad de las disciplinas científicas crea una especie de capa que refuerza la idea materialista de la historia: clases sociales hacían cosas debido a condiciones objetivas que tenían que ver con la propiedad de los medios de producción y las relaciones entre clases eran alteradas por asuntos como el clima o la caza y pesca excesivas.

El punto de vista materialista es un gran triunfador en nuestra época. Si en el XVI desaparecen los asentamientos norteños en Groenlandia es debido a una serie de factores climáticos. Las revueltas en Castilla y las rebeliones en la China Ming de la misma época se explicarían igualmente por la contribución del cambio en el clima a las relaciones de propiedad de la tierra (base económica de la riqueza y por tanto del lugar que cada uno ocupa en la sociedad). El clima explicaría el abandono pacífico de aquellos asentamientos. El clima sería así la gran explicación porque no encontramos restos arqueológicos de violencia (no quedaron aperos de labranza o herramientas imprescindibles). Esta idea se ve reforzada por otra contribución de nuestra época al estudio histórico: la posmoderna idea de que todos somos hijos de la Pachamama: cuando las sagas nórdicas nos cuentan que los inuit —u otros indígenas de Groenlandia que no me importan demasiado— eran una sociedad esclavista, salvaje y violenta —¡hasta para los estándares vikingos!— y que los asaltos eran habituales, decidimos no hacer mucho caso porque los inuit son hoy vistos como una sociedad de cazadores-recolectores que viven en armonía con la naturaleza.

El horror.
La oriental idea de armonía universal que por alguna razón se nos ha mezclado con su antagónica interpretación materialista del relato histórico explica que cuando se encontraba una tribu paleolítica en el Amazonas, no había que interferir con ella. Su armoniosa convivencia con el espacio natural es fuente de sabiduría para nosotros. No se trata de que gente de la Edad de Piedra pueda aprender de nosotros, sino que nosotros tenemos que aprender de ellos. Esos académicos deslumbrados por tribus que "no contaminan" ni usan "bolsas de plástico", ensimismados en sus preconcepciones del hombre y la historia. Sobra decir que gente de cualquier época anterior a la nuestra, al encontrarse con una tribu así, trataría de incluirla de algún modo en su sociedad o simplemente rodearla e ignorarla. Lo primero más propio de los exploradores españoles, lo segundo más habitual de los conquistadores ingleses. Lo que ni antepasados españoles ni ingleses estarían dispuestos a hacer es "aprender" de gente que controla el crecimiento de su población pateando el vientre de las embarazadas.

Podría decirse que hoy en día la interpretación materialista de la historia aporta la forma del cuento de la historia (clima, tecnología, ecosistema, economía, antropología) y que la idea de armonía dirige el foco sobre lo que se ha de estudiar (y un foco es una luz unidireccional que deja a su alrededor amplias zonas en penumbra). Pero hay otras formas de contar la historia.

La historia como cuento de aventuras

La batalla de Aljubarrota dibujada cien años después para Jean d'Wavrin.
Antes de que todos nos convirtiéramos en boy scouts que calientan malvaviscos y comen "emparedados" de crema de cacahuete con sus amiguitos inuit, la historia contada como cuento era lo habitual. La historia del hombre tenía protagonistas, actores, y son sus hazañas los pasajes fundamentales del cuento compartido por la humanidad. Sin la sofisticación de las modernas técnicas de narración, este cuento es básicamente un cuento de aventuras. Las lecciones que se aprenden de este cuento tienen mucho que ver con la forma que adoptan las lecciones en la Biblia: a los protaginistas les pasan cosas y de su reacción sacamos conclusiones. Esta forma milenaria de contar historias probó su vocación de eternidad: las más antiguas historias que aparecen en el Antiguo Testamento tienen su origen en una tradición anterior de Oriente Medio. También las primeras sagas nórdicas recogen aventuras de la tradición oral anterior (aunque mucho más modernas que las historias bíblicas por el retraso en llegar la civilización a los europeos del norte).

Presentar la historia como un cuento con protagonistas puede ser herencia de la comunicación de conocimiento entre generaciones en un contexto ágrafo pero hoy esta forma de contar la historia se descarta, no se incluye como perspectiva seria. Parece que las hojas de cálculo con fantásticas estimaciones de producción de trigo son más informativas que escenas de reyes cortando cabezas del enemigo. La misma consideración del concepto "enemigo" en la historia también se descarta y enseguida se acude a contar el cuento desde el punto de vista del enemigo. No critico que haya que acudir a todas las fuentes posibles para conocer hechos del pasado, claro, critico la idea de considerar, para la divulgación histórica, la inexistencia de la idea de enemigo.

Aquis Querquennis
Esto nos plantea un problema mayor: conocer las motivaciones de los protagonistas de la historia. Una idea que suelo criticar es la del presentismo al considerar las opciones de nuestros antepasados. Según la moda actual, las motivaciones de los personajes de la historia son exactamente iguales que las nuestras: dominio comercial, ansia de poder, afianzamiento de imagen, etc. No tenemos en cuenta que aunque haya parecidos razonables, el mundo del pasado carecía de nuestro punto de vista. Sin ir más lejos, se pasa por alto por completo la motivación de tipo religioso como un factor explicativo de los grandes conflictos (o de la ausencia de estos). Otros factores de caracter menor también son ignorados: la falta de noción del territorio, la dispersa y escasa población, los tiempos de los viajes, la pervivencia del salvajismo, la consideración del bárbaro como extranjero y no como miembro de la sociedad condenado al ostracismo, la dificultad de la comunicación al carecer de lenguas comunes y estandarizadas (hoy se cuidan los vestigios lingüísticos como "riqueza cultural" de la misma forma que erróneamente se cuidan tribus amazónicas). Todo esto sirve para el cuento de la humanidad que va del Elba al Atlas y de Finisterre al valle del Indo, el cuento del resto del mundo antes del triunfo de la civilización occidental no nos debe interesar mucho debido a su caracter no universal (y por tanto a su inutilidad para explicar la historia del hombre).

La historia tratada como cuento, la historia inserta en la tradición y que produce imágenes y referencias para la vida cotidiana es la historia que menos puede gustar a la investigación académica (salvo si contamos aquellos académicos que se esfuerzan en divulgar y tienen éxito), y sin embargo, es la historia más útil: pues ¿de qué sirve escribir sesudos tomos de hechos históricos si sólo son consultados por gente que escribe sesudos tomos sobre sesudos tomos? Cuando el emperador de Bulgaria se hacía llamar césar (zar) ahí estaba la historia funcionando, no cogiendo polvo en un anaquel. Si el presente es el resultado del pasado, conocer el pasado nos sirve para emitir juicios sobre el presente y hacer suposiciones sobre el futuro. Esto encierra la trampa de la construcción artificial de la historia, pero si la historia es un cuento, quitarle sacralidad y tratarla como cuento reducirá el mal que puede hacer.


Conclusión

Que vuelvan las espadas y los grandes personajes a las pizarras de las escuelas. Que entre estos grandes personajes hoy se puedan contar a descubridores de elementos radiactivos que murieron de cáncer es algo que mejora el cuadro. Apuntada queda una divergencia en el horizonte entre quienes enseñan historia y quienes se dedican a estudiarla. Y la posibilidad —siempre arriesgada— de decorar el relato histórico. Apuntado queda lo poco atractivo que resulta la interpretación materialista de la historia (a la hora de divulgarla, no de estudiarla) y la estupidez de la armonía universal.

Esta última cosa habrá que masticarla y escupirla. Será en otra ocasión.

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