lunes, 25 de enero de 2016

Estudiar al enemigo

De Sun Tzu y Starship Troopers aprendimos que para vencer al enemigo hace falta conocer al enemigo. Una guerra que se libra con palabras (aunque no sólo) en la que el enemigo parece ser el único preocupado por dominar el significado de las palabras es una guerra que se va a perder. Sí, se puede postergar la derrota mucho desgastando al enemigo con photoshops graciosos e insultos de parvulario, pero al final ya no habrá nada que hacer (aunque toda derrota se puede ver como el comienzo de la siguiente guerra, es decir, de la siguiente oportunidad de victoria).


Contexto

Los chavistas españoles llevan al menos diez años organizando su famoso asalto al poder. No es casualidad que los conceptos que hoy emplean estuvieran circulando por sus tesis doctorales hace unos diez años. El despertar político u origen de esta tendencia la podemos situar en el momento histórico inmediatamente anterior al 11S, un momento del que hoy nadie se acuerda. En los años 99-01 estaba de moda entre la extrema izquierda del próspero occidente la movilización contra la "globalización" y todo lo que ello conlleva.


La respuesta a la globalización por parte de la extrema izquierda no es algo que cayera del cielo. Es a finales de los 90 cuando definitivamente la socialdemocracia —muerta en vida desde los años 70— da sus últimos estertores y palma. Es el tiempo del nuevo laborismo o tercera vía de Tony Blair y Gordon Brown y de la Agenda 2010 de Gerhard Schröder. Los principales líderes socialdemócratas de los principales países estandartes del Estado del Bienestar transforman lo que quedaba de la socialdemocracia en una muleta divagante de los partidos conservadores y liberales.

Así, "la izquierda" de los principales países europeos pasa a ser indistinguible en su política económica de sus rivales de "la derecha". Como mucho lo que les diferenciará serán reclamaciones sobre minorías o medioambiente, es decir, cosas que no plantean ningún reto al sistema político-económico.

Con la segunda muerte de la socialdemocracia vuelven a la palestra las discusiones que se tenían durante la primera muerte. Los grupos antiglobalización recuperan a Althusser, Lacan y Laclau entre otros. La revolución pendiente del París de 1968 iba a llegar a su culmen en las calles del Seattle del 99. Evidentemente no fue así porque la gente tiene mejores cosas que hacer. Luego llegaron los atentados masivos contra las capitales occidentales y los enemigos exteriores cobraron más importancia que los interiores.

Pero no te olvides de Haití.
Para enfrentarnos mejor a los chavistas españoles hay que entender sus fuentes. El problema es que ellos no nos las van a explicar porque salvo la elitista casta que les dirige, el podemita de infantería está instalado en la bobadita de turno como fiel infantería y carne de cañón que es. Como digo, estos autores que sobre todo publicaron en los 70 y los resucitaron hace quince años —con incorporaciones como Žižek. Claro, Eslovenia en los 70 madre mía— contienen las claves últimas que manejan nuestros altramuces.

Estos autores son posmarxistas lo que no quiere decir "después del marxismo", sino algo así como "el marxismo traducido en la posmodernidad". Curiosamente "posmodernidad" sí se acepta como "después de la modernidad" y al ser un concepto que se suelta y se deja colgando conviene desmenuzarlo un poco.

Posmodernidad

Creo imposible hablar de posmodernidad separándola de la primera muerte de la socialdemocracia. Si triunfa el consenso liberal en la economía y la política se debe sobre todo a que la socialdemocracia es incapaz de enfrentar una nueva situación. En 1973 la crisis del petróleo pone en evidencia el modelo de crecimiento industrial, paralelamente existe una terciarización de la economía —son los años de los últimos "proletarios" europeos con "identidad de clase"— y finalmente el que de repente les abran las ventanas y les obliguen a salir al mundo exterior se los pone de corbata a los socialdemócratas: nunca antes la socialdemocracia había tenido que desenvolverse en un marco no nacional.

Es el desmoronamiento de los consensos de la posguerra europea los que dejan sin discurso a la socialdemocracia (y la incapacidad del keynesianismo entonces imperante para resolver la estanflación). Las ansias de libertad y pan que derriban la tiranía del Imperio del Mal y sus satélites hacen que ni siquiera se pueda justificar la existencia de la socialdemocracia como freno a la propaganda comunista en Europa.

Frente a la confianza en el crecimiento equilibrado basado en el desarrollo tecnológico de "la modernidad", la "posmodernidad" se caracteriza por un pesimismo en el que ya no hay lugar para la utopía. El cuestionamiento contínuo del liderazgo, de las ideas y valores occidentales y la sustitución de la ideología por mercadotecnia completan el cuadro.

De estos escombros humeantes que deja el retroceso de la socialdemocracia surgen estos fantasmas posmarxistas como los cenobitas de Hellraiser surgen de la Caja de los Lamentos.

Los típicos posmarxistas.
La pregunta que tratan de resolver es "¿cómo podemos seguir quejándonos de todo y vender libros para no dar palo al agua si la democracia liberal se revela como el sistema político-económico que más libertades, prosperidad y seguridad proporciona más rápidamente a más gente del mundo?". Y como la pregunta no tiene respuesta, se la inventan.

Es entonces cuando aparecen las explicaciones extraordinarias, los irracionales relatos pesimistas y las herramientas para ganar a quienes no se avergüenzan de los logros sin parangón del impresionante mundo libre en el que todos pueden salir adelante y si no pueden, se les ayuda.


Uno de los instrumentos clave para armar ideológicamente el relato pesimista e irracional contra la realidad de las sociedades abiertas es la idea de hegemonía de Gramsci. La hegemonía gramsciana vendría a ser el poder adicional del grupo dominante para hacer coincidir los intereses generales con los suyos (es decir, para que Paco Pérez piense y opine como la señora Botín). Un ejemplo de hegemonía operando a toda pastilla es cuando el pago de la deuda pública adquiere una dimensión moral. La hegemonía se ve operando cuando una decisión de naturaleza política no se discute (aunque sea política, es decir, materia de discusión). Hegemonía tiene que ver con "sentido común", con "lo lógico", con "lo razonable". Digamos que la hegemonía es coerción no coercitiva.

Esta idea de hegemonía como véis cuadra muy bien con el mundo posmoderno que mencionaba antes: las marquesinas de las paradas de buses muestran a señoras que no vas a conocer en tu puñetera vida como vecinitas de al lado accesibles, los anuncios de televisión te enseñan coches que con una flexible financiación puede tener cualquier pepito (aunque le valga tres salarios anuales); sobre todo en el mundo publicitario aparece una idea hegemónica: querer es poder. Esta idea es muy criticada por la extrema izquierda porque no todo el mundo puede, como sabemos. Sin embargo —y esto es lo que no te cuentan— si cambias ese Audi por un Seat y a Charlize Theron por la cuñada de tu colega, tampoco lo vas a pasar mal. La alternativa empírica es esperar 15 años por un Trabi (y siempre que no estés en una lista negra).

Discurso

La obsesión por tanto es cambiar la hegemonía y esto se hace empleando la Teoría del discurso (otra de estas herramientas chanantes que usa esta élite extremista). La Teoría del discurso es una herramienta de análisis político según la cual sobre los fenómenos operan diferentes interpretaciones. En antropología tenemos las interpretaciones emic y etic de Pike que desarrolló su teoría unos años antes que la Escuela de Essex la Teoría del discurso. Cuando bebes de distintas fuentes ves que las cosas se van mezclando. La antropología cultural es también una disciplina hija de la posmodernidad.

¿El análisis del discurso es sinónimo de relativismo? No. El análisis del discurso es una herramienta de interpretación política y allá cada cual con su pan se lo coma (sin duda la orientación metodológica de este tipo de aproximación al análisis político sí es relativista, pero una cosa es la metodología y otra cosa es el análisis). Y entonces ¿qué diantres es el discurso? El discurso es el relato permanente que crea adscripción de carácter político. Discurso es lo que hace Beiras cuando dice que Galicia se parece a una colonia. Discurso es lo que hace Rajoy cuando atribuye a su gobierno la salida de la crisis que se comió con patatas el sector privado. Discurso es lo que dicen los altramuces cuando corean al unísono que X personas son tan ricas como el Z% de la población. Discurso es lo que hacía Manuel Fraga al reunir a miles de gaiteros en el Obradoiro en sus tomas de posesión.

¿Discurso es sinónimo de mentira? No. El discurso es un relato explicativo que tiene una intención política (buscada o no. Puede haber un discurso sin intención política que pueda ser interpretado políticamente, v.g. las muestras de "arte degenerado" de los nazis, aquellos artistas no tenían la intención de crear una identidad política, pero se la crearon los nazis a posteriori).

El discurso, como herramienta política, puede ser —es— empleado sobre fenómenos, en principio, no políticos. El naufragio del Prestige creó discursos políticos que poco tenían que ver con la resistencia de los materiales, la eslora del barco, el puerto de partida (descripciones objetivas) y mucho con el responsable de Salvamento Marítimo, el ministro de Fomento, el seguro del barco, el ahorro de costes del armador, la disponibilidad y medios de los servicios de emergencia, etc. Se construye un relato con intencionalidad política cuando la gente puede señalar con el dedo y decir "esos son unos cabrones" o "esos tienen razón, los cabrones son otros". Cuando aparece la palabra "cabrón", aparece la agrupación de carácter político y con la agrupación se identifica a quien se opone e incluso a quien no está agrupado ("pasar" de un tema político o politizado, es una forma de participar en política. El silencio es dejar hablar a otros. El silencio es tomar partido). Estas agrupaciones políticas respecto al conflicto se pueden llamar "posiciones".


Ante un conflicto y distintas posiciones se pueden medir e identificar diferentes relaciones de fuerzas. Estas relaciones de fuerzas son cambiantes, heterogéneas y al final del día crean un sujeto político que define la frontera del grupo y su posición en el espacio político (su distancia al poder). El problema de esto es que pese a que la Teoría del discurso y la actualización gramsciana tratan de superar el problema de la "falsa conciencia" que decía Carlos Marx, sigue tratándose de una explicación totalizante del poder (de la política), atribuyendo a las sociedades abiertas una característica como mínimo discutible. El análisis del discurso hegemónico en la sociedad abierta, participativa e inclusiva necesitará de vez en cuando acudir a manos negras y conspiraciones (curiosamente esta forma de análisis creo que sí puede funcionar muy bien en una sociedad totalitaria, donde no hay inclusividad, hay unicidad del poder y las fronteras políticas están muy marcadas).

Hegemonía


Aquí enlazamos con Gramsci que es el autor al que "actualizan" los postuladores de la Teoría del discurso: los conflictos en torno a los que se mueven las posiciones están presididos por la tensión entre lo particular y lo universal. Cada posición política trata de llevar su reclamación al plano de lo universal, del interés general. Ahí es cuando aparece la hegemonía de una posición y la subordinación del resto de posiciones. Una posición es hegemónica cuando encarne la voluntad general.

¿Y cómo lograr que la posición, el discurso, de tu grupito de colegas encarne la voluntad general, es decir, se vuelva hegemónica? Gramsci, viendo los acontecimientos de la revolución bolchevique (que no fue una revolución, sino una larga guerra civil (la tercera guerra europea del siglo XX en número de muertos)) identificó dos formas de hacer política. La primera en los estados orientales (Rusia), atrasados, campesinos, sin clases menestrales, sin herramientas de canalización del descontento, sin instituciones inclusivas. Ahí la lucha por la hegemonía podía darse como conflicto militar directo: asaltar el poder por la fuerza. La segunda forma en los estados occidentales (Italia) donde existe una sociedad civil que canaliza el descontento, donde el poder se comparte en alguna medida con los demás, en los que existe cierta inclusividad, el poder se toma mediante la guerra de posiciones, la disputa por las lealtades, ir construyendo la hegemonía paso a paso hasta que se aísla al anterior poder y se minoriza (y entonces es cuando no necesitas al Ejército Rojo, sino que te basta la Cheka).

Ruptura

A ver si estos niños respiran un poco más de pintura. ¡La revolución de los pijos no puede esperar!
Discursos subordinados al discurso hegemónico sostienen diferentes demandas en un principio aisladas entre sí. Quien está en el poder puede bregar con algunas de estas demandas usando la lógica de la diferencia: satisface alguna demanda particular y se reduce el nivel de riesgo. Ahora bien, las demandas subordinadas pueden utilizar la lógica de la equivalencia y agruparse por la frustración común que plantean.

Si la lógica de equivalencias se extiende a un número suficiente de discursos subordinados y estos discursos pasan a poner en primer plano la frustración contra el poder entonces lo que prima no es la reclamación particular de cada grupo sino una reclamación universal. ¿Y cómo articular la reclamación universal susceptible de ser compartida por grupos que más allá de la frustración no tienen nada en común? Mediante el uso de significantes vacíos. Aquellos conceptos esencialmente discutidos que se han ido vaciando de contenido por su uso sobrecargado pasan a estar disponibles para su nuevo relleno con nuevos significados. Esos significantes vacíos que construyen el discurso contrahegemónico son los habituales de "democracia", "pueblo", "patria", etc.

Laclau al enlazar todo esto con el populismo afirma que el significante vacío supremo es el nombre del líder. Gente con reclamos dispares puede hacer política unidos por la identificación con el líder. Esto es terrorífico pero es a lo que se dedican nuestros chavistas y los gobiernos subdesarrollados.

Pues en el extranjero no veas.
Significantes vacíos exitosos son "pueblo", "gente" y "nación". Las mismas palabras indican "una gran cantidad de personas" y esto es esencial para quienes en principio son minoritarios. El populismo y el nacionalismo no serían por tanto ideologías sino construcciones de identidades políticas. Esto es, el pueblo o la nación no preexisten, son construcciones para alcanzar el poder. La intencionalidad de estos términos también aparece cristalina cuando sirven para expulsar al otro.

El intelectual orgánico


Hegemonía y —en caso de haberla— contrahegemonía no sólo necesitan tener un discurso sino que en las sociedades abiertas necesitan trasladarlo a la opinión pública. La hegemonía parte con ventaja porque el "sentido común" ya es suyo. Un director de cine hace una película que refuerza el discurso hegemónico sin pretenderlo. Infinidad de maestros de escuela transmiten el discurso hegemónico a sus alumnos incluso sin percibirlo. Aunque la hegemonía necesita emitir de forma constante su relato del mundo puede caer en la autocomplacencia, ser estúpida y cometer errores, no calcular su correlación de fuerzas interna (la hegemonía no es una sustancia homogénea ni mucho menos, el conflicto es permanente). Una forma de evitar el desmoronamiento es emplear a intelectuales orgánicos: gente que traduzca y transmita el discurso hegemónico al lenguaje "llano" (imágenes, símbolos, juegos de palabras reconocibles para todo el mundo).

La contrahegemonía —ya aquí como bloque opositor pero no confundir con bloque opositor electoral— necesita igualmente un universo de imágenes, símbolos, palabras "llanas" y su emisión permanente para no desmoronarse. La contrahegemonía lo tiene más complicado porque no dispone de los recursos hegemónicos. Un ejemplo muy claro de esto se ve con Ciudadanos en Cataluña. Aunque Ciudadanos no es el bloque contrahegemónico, su discurso opuesto a la hegemonía nacionalista (significante vacío "nación") tiene que competir con el universo de símbolos hegemónicos: actos públicos, programación de televisión, declaraciones de equipos de fútbol (!), etc. Para Gramsci la contrahegemonía tiene que producir intelectuales orgánicos que "infecten" a los intelectuales "tradicionales" para reproducir su discurso.

Utilidad


Todo esto sirve para que gente muy vaga mate arbolitos y rellene páginas de libros. También sirve para que alumnos vagos de ciencias políticas rellenen créditos de libre elección en seminarios que se parecen a monólogos del Club de la Comedia.

Más allá, la actualización posmarxista de Gramsci puede servir para explicar la contienda política como la sucesión de movimientos entre grupos enfrentados por alcanzar el poder. ¿Por qué en los estados débiles puede triunfar el populismo? ¿Por qué un cambio electoral en un estado fuerte no produce una ruptura con lo anterior?

Si aceptamos que esta sea la aproximación política de los chavistas españoles, entonces tenemos que tener presente que se trata de un plan a largo plazo. Un plan que no llega a su fin con una posible victoria electoral (no se trata sólo de llegar al poder, sino de ejercerlo y para ejercerlo es precisa una nueva hegemonía). También esto es útil para renovar la idea posmoderna de la política como espectáculo. El político tiene que seducir a la masa igual que un cantante. Esto no es nada nuevo, lo vimos en las primeras elecciones que gana Reagan.

Plaza de San Pedro, ¿ahora qué, podemita?
Lo que me pregunto ahora es qué tipo de plan a largo plazo tiene el sistema para perpetuarse. Probablemente una sociedad abierta como la nuestra sea la forma más perfecta de convivencia política que haya en la historia, el problema es que en política dar por sentadas las cosas significa dejar que otro te coma la tostada. Los datos crudos de avance sin par en calidad de vida, poder adquisitivo, libertades públicas parece que nunca van a contentar a los grupos de odio. Es por eso que aun ganando hay que defender la victoria: la política nunca es estática. (Y luego están las pequeñas derrotas, pero ese es otro tema). La lección que quizás tenga que aprender la hegemonía es que la libertad, seguridad y prosperidad aceptadas como algo "bueno" por "todo el mundo" no se defienden solas (y también que ahí la palabra "bueno" es una afirmación política). 

Referencias:
  • Reseña de William Leiss de Towards a New Society de Ulrich Beck.
  • Luis Enrique Concepción Montiel, El análisis del discurso y su relevancia en la teoría y en la práctica política (2009) [PDF], Universidad Autónoma de Baja California. 
  • Íñigo Errejón, Sobre el populismo y la negación de la política, Rebelion.org.
  • Íñigo Errejón, El 15M como discurso contra-hegemónico (2011) [PDF], Universidad Complutense de Madrid.
  • Seminario Discurso y hegemonía, Universidad de Gerona.

4 comentarios:

Asertus 25 enero, 2016  

Post realmente interesante, yo lo resumiría en "Y si hace falta, hundimos otro barco", por Antonio Carmona, posible próximo alcalde de Madrid apoyado por el PP :)

Pablo Otero 25 enero, 2016  

Ese sería un ejemplo atrabiliario de táctica política con falta de tacto.

Gesualdo 25 enero, 2016  

Cuántas verdades y cuánto pesimismo me causa tu texto.

etrusk etrusk 26 enero, 2016  

http://etrusk.blogspot.com.es/2008/07/citas-de-algunos-famosos-socialistas.html
http://etrusk.blogspot.com.es/2013/08/la-constitucion-radical-del-siglo-xxi.html
http://etrusk.blogspot.com.es/2016/01/el-origen-del-camino-de-servidumbre.html

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