domingo, 9 de agosto de 2015

Sobre el tiempo que perdemos refutando a los idiotas

Lo que jamás recuperaremos es el tiempo que perdemos refutando a idiotas. Hacer perder el tiempo es el mayor crimen que hay. Cuando tienes que frenar y explicar despacito las cosas y no es una situación en la que estás enseñando al que no sabe, sino una en la que estás refutando a un imbécil consagrado.


El imbécil de marca mayor, el tonto con pedigrí de tonto que se levanta por la mañana (o a mediodía) y descubre el Mediterráneo. Repitiendo incesantemente las mismas palabras y silogismos, ideas basdadas en el mito, el prejuicio y la superstición ante los que debemos enfrentar aporemas igualmente manidos, algunos empleados siglos antes de la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo.

Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma (de Ribera, creo que está en el Museo del Prado. Nótese la actitud funcionaril de los líctores).
Una repetición continua sólo alterada por ciertos componentes estéticos. La historia no se repite, pero rima con insistencia. Todas las horas perdidas que estarían mejor empleadas en la construcción de lo imperecedero e inmortal. Las grandes ideas, los grandes anhelos del hombre, que siguiendo la flecha temporal de nuestro universo físico apuntan a la conquista de las estrellas, se pierden en la lucha por el sometimiento de lo efímero. Y dejadme que os diga que lo efímero apesta.

Cuando contrapongo lo universal a lo efímero —suerte de dualidad probablemente herencia del universo referencial que nos rodea: un universo de imágenes e ideas orientales: nuestra religión, matemáticas, ciencias y cultos son esencialmente moros— no estoy emulando a Knut Hamsun ni a los neo-románticos. La nostalgia de lo universal precede al romanticismo: así la hallamos, por ejemplo en las Églogas de Virgilio. Es natural apelar a la casa de nuestros padres, nada extraño hay en ello.

"Oh vosotros que giráis el timón y miráis a barlovento,
Pensad en Flebas, que una vez fue apuesto y alto como vosotros" (en la imagen, monasterio de Santa María de Rioseco, Burgos).
Esta búsqueda de lo universal, este viaje hacia los principios últimos me gusta pensar que es el viento que empujó a la Santa María o el cálculo de la delta-v del Apolo 11. Es lo que decía Samsagaz Gamyi refiriéndose a las historias que realmente importan. Los protagonistas de esas historias, decía el mediano, no se rinden, siguen adelante porque pueden luchar para que el bien reine en el mundo. La búsqueda de lo universal tiene por tanto una faceta ética. ¿Arriesganos mucho si decimos que el mal es efímero? Supongo que no, pero como he señalado antes, el mal se escribe en verso. Rima.

El bien, sin embargo, no rima (o no rima tanto). El bien está escrito en prosa salpicada por ecuaciones que explican el comportamiento del universo. El bien suena al arranque de un motor espacial, huele a combustible quemado y destella como la explosión de una supernova. El traqueteo del tren, el empuje del motor a reacción y el haz de luz láser los encontramos prometidos en el libro del Génesis, capítulo dos versículo 19. Ponerles nombres a los animales es una de las cosas más serias que hay porque a partir de ahí el hombre se distingue de la naturaleza y la historia que realmente importa —la que decía el hobbit— puede comenzar.

Mural de la industria de Detroit (Diego Rivera).
Y tal como antes cuando hablaba de lo universal no apelaba a Knut Hamsum y los neo-románticos nórdicos, ahora, con el dominio del hombre sobre la naturaleza tampoco apelo a Marinetti y los futuristas italianos. Qué cansino es explicar lo que no se quiere decir. Cuánto tiempo perdido en los pies de página. ¿Véis a lo que me refiero? Uno camina dos pasos hacia adelante y aparece un tonto como una seta o como un pokemon y hay que recular un paso.

Y en éstas estamos, este es el espíritu de nuestro tiempo: la pérdida de tiempo que implica explicar lo innecesario que es responder a preguntas que nadie ha formulado. Ciñámonos a seguir preguntando y recetemos desprecio para los que bailan como indios alrededor de hogueras.

En resumen: como no vamos a recuperar el tiempo invertido en refutar a idiotas, al menos pasémoslo bien en el proceso.

El norte no olvida.

2 comentarios:

batlander 10 agosto, 2015  

Demasiadas alforjas para tan poco viaje no?

O sea, para decir que aguantar a los trolls es un coñazo y una perdida de tiempo no hacia falta tanto creo yo.

Elentir 10 agosto, 2015  

Muy buen artículo. Y sí, tal vez habría sido más económico decir que aguantar a los trolls es un coñazo, pero a Pablo le ha quedado mucho más elegante. Si lo hiciese de la otra forma, no merecía la pena leer este blog. ;-)

Últimos programas del podcast

Archivo

Se admite el debate

Blogorrollo