lunes, 2 de marzo de 2015

Por qué no queremos ganar en Irak

Es complicado determinar en qué momento Irak se fue a hacer puñetas. Si tomamos algún punto de referencia importante podemos establecer la retirada de las tropas internacionales que llegaron con la Segunda Guerra del Golfo. Durante un tiempo, en los meses que siguieron a nuestra victoria militar, se habló de construir algo parecido a un país en aquella tierra. Hoy las prioridades han cambiado.

La batalla de Najaf (James Dietz).
Cuando se habla de la guerra civil en Irak se pone el foco en el grupo terrorista conocido por Estado Islámico. Su rápida expansión por el desierto sirio y Mesopotamia superior, catalizada por la guerra civil siria se une a las imágenes de extrema crueldad y las informaciones de actos de genocidio contra minorías religiosas y étnicas. Pero el Estado Islámico parece sólo parte de un problema mucho mayor: Desde la caída del Imperio Otomano ese secarral jamás conoció algo remotamente parecido a una institucionalidad. Jamás operaron allí instituciones seculares, las disputas religiosas y tribales tan solo fueron controladas por tiranías que favorecían a unos grupos o a otros en función de sus intereses. No cuesta ver en la historia de la dictadura de Saddam Hussein el favorecimiento de la minoría sunita iraquí.

El tirano que gaseaba con unas inexistentes (¿?) armas de destrucción masiva a las minorías de su país fue atrapado, juzgado y ejecutado y el tradicional sistema de venganzas se puso a funcionar. La otrora minoría aplastada adquirió una mayor relevancia y pasó a cumplir tareas de gobierno. El gobierno iraquí de hoy no es menos efectivo que el gobierno dictatorial de Saddam: es exactamente la misma estructura criminal, corrupta, ineficaz e incapaz que la que había antes, con la diferencia de que antes todas las armas estaban en uno de los grupos de poder. Hoy las armas se reparten por varios grupos de poder y el enfrentamiento civil revela lo caro que les sale a los iraquíes carecer de un estado.

Sanhareib contra Akad Ainkawa. Liga femenina de baloncesto en el Kurdistán iraquí.
Resulta inevitable comparar la desaparición de Irak con el éxito de la región kurda del norte de Irak. El Kurdistán iraquí funciona de facto como un estado independiente y cosecha relativamente no pocos éxitos. Aunque mientras sus líderes políticos sigan siendo proamericanos y proisraelíes no vayamos a tener muchas noticias de ellos.

La estrella mediática del momento es, como apuntaba antes, el Estado Islámico. Un grupo cuya mera existencia nos recuerda que la narración progre de la guerra de Irak fue una sarta de estupideces mezcladas con mentiras. Decían que Al Qaeda no tenía nada que ver con Irak y precisamente fue Al Qaeda en Irak el grupo nuclear en torno al que se fraguó la alianza de bandas tribales y ex-miembros del ejército de Saddam que primero protagonizaron la llamada insurgencia contra las tropas de la Coalición y que después se aprovechó de la debilidad de la dictadura baathista en Siria para controlar terreno.

Es ese control del terreno lo que hace diferente al Estado Islámico si lo tratamos como un grupo terrorista más, pero no podemos olvidar que diferentes alianzas religiosas, partidistas y tribales de los chiítas iraquíes hacen exactamente lo mismo en otras partes del país. El actual gobierno iraquí —aunque sobre todo el anterior de al-Maliki— no solamente no dio la batalla por ganar la lealtad de los ciudadanos, sino que les cedió esa lealtad a los grupos chiítas.


La cesión de soberanía al débil gobierno iraquí significó el vaciamiento de soberanía. La ayuda militar y financiera al gobierno era al menos supervisada antes de la retirada de las tropas internacionales. Tras el repliegue, esa ayuda continuó sin nadie para fiscalizarla.

Millones de personas en occidente presionaron políticamente a sus gobiernos para "salir de Irak". El resultado es que Hezbolá en Irak tiene tanques Abrams. Y es importante mencionar a Hezbolá (uno de tantos grupos chiítas que controlan partes de Irak) porque nos recuerda a la estrategia que Irán lleva a cabo en Líbano y Siria. Hoy Irak es Líbano con esteroides. Qué gran cagada. Se diría que occidente nunca aprende de la historia, pero la moraleja es clara: la política exterior no puede decidirse de forma democrática.


Y mientras los chiítas apoyados por Irán —un estado patrocinador del terrorismo internacional— y occidente ganan terreno en Irak, y mientras en los telediarios de la hora de la cena vemos cosas horribles del Estado Islámico, Yemen ha desaparecido en esa guerra silenciosa que involucra a todo Oriente Medio, dando incentivos a los sectores más extremos de los países sunitas a no combatir con fiereza al Estado Islámico.

El problema de tener una perspectiva occidental sobre el asunto, es que hace que pensemos en términos occidentales. Aquí la guerra la vemos como parte de la dialéctica de estados. La guerra para nosotros es otra forma más que tienen los países de relacionarse. Pero cuando no existen países sino iniciativas religiosas de caracter universalista (el Califato Islámico que representa el Estado Islámico, la Revolución Islámica que promueve activamente Irán desde hace treinta años), la perspectiva tiene que cambiar.




Yo no difiero de los que piensan que es horrible asumir otras coordenadas políticas para Oriente Medio, pero en ausencia de alternativas me veo obligado a pensar que lo que sirve para occidente no sirve para una zona del mundo cuya última generación no ha conocido más que la guerra. Una generación horriblemente mutilada y dramáticamente joven cuya aspiración en la vida es matar al mayor número de enemigos que puedan.

Ante este escenario comprendo que las cancillerías occidentales se lo piensen muy bien antes de actuar contra el Estado Islámico. No hay que ser un lince para saber que una coalición internacional puede acabar con el Estado Islámico en cuestión de días. La pregunta nunca ha sido cómo acabar con el Estado Islámico sino qué hacer después. Un Irak en manos de las milicias chiítas no es algo deseable. Milicias, por cierto, mejor equipadas y más numerosas que el esquelético y corrupto ejército iraquí. Milicias que también cortan cabezas (una costumbre por aquellos pagos), que también exponen los cadáveres de sus enemigos en la calle y que los países sunitas del golfo no están dispuestos a aceptar en sus fronteras.

Miembros de Hezbolá marchan con un retrato del líder iraní por Bagdad.
La forma occidental de pensar nuevamente trabaja en nuestra contra. Aquí no existe un bando bueno. Ésa es una de las varias razones por las que no hubo intervención internacional en Siria: no nos podemos permitir que gane ningún bando. La aproximación limitada a esa terrible guerra fue la de proveer a algunos de armas y suministros de forma limitada. Esas armas, como ocurrió con el equipo del ejército de Saddam, están hoy en manos de todos los bandos de la guerra civil iraquí.

Dudo que dejar que la gente se mate sea una opción. La intervención exterior ha dado buenos resultados en el pasado y no creo que hayamos encontrado mejores alternativas. Pero antes de intervenir hace falta tener un plan y marcar objetivos. La situación ante bellum sencillamente se descarta: el gobierno iraquí no parece legítimo a ojos de los suníes y el aumento de poder de los chiítas en el sur aleja todavía más a los sunitas de confiar en el gobierno central.

Muchos países han propuesto tratar el asunto de la guerra civil iraquí en una cumbre internacional y ése sería un comienzo. Hay que ver qué es lo que funciona y qué es lo que no funciona. Siria debe dejar de ser una fuente de inestabilidad en la zona. Las provincias chiítas del sur de Irak parecen gozar de cierta estabilidad y los kurdos llevan años demostrando que son capaces de administrar territorio de una forma razonable para los estándares de esa zona del mundo. Así que en mitad del caos encontramos células de estabilidad, por ello tal vez haya que empezar a plantear una solución bosnia para Irak: la creación de zonas autónomas con homogeneidad étnico-religiosa.

Bueno, y luego está lo de Libia.

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