martes, 20 de enero de 2015

Sobre regeneracionistas en las próximas elecciones locales

En el funeral de UPyD yo me imagino a Gorriarán diciendo que la culpa fue de Albert Rivera. Y esta frase define, según mi parecer, en qué punto está el tema del partido rosa lepidóptero. Sospecho que no requiere un alto grado de sofisticación política apuntar a que tal vez, con la desafección que tenemos en España, no es una estrategia deseable dedicar energías a insultar a un partido que tiene tanto poder como mis zapatillas, esto es, a Ciudadanos. Y aún así, algunos de los diputados y caras más visibles de UPyD insisten en la estrategia.


No creo que Ciudadanos esté matando al proyecto rosa, eso es como decir que con cinco goles en contra la culpa es del árbitro. Existe un punto estético poco estudiado en lo que a preferencias políticas del público se refiere. Y UPyD pierde esa batalla no por ninguna conspiración, sino por ser peor. He ahí todo el misterio del asunto: si quieres ganar, sé mejor. ¡Qué manía de explicar los fracasos por lo que hacen los demás!

De la necesidad de algún tipo de pacto entre los dos partidos, se ha pasado a cierta impresión de que UPyD a día de hoy puede ser una rémora. Claro que ésa es una impresión subjetiva y se necesitan politólogos para analizar las fuentes de voto, las preferencias de los votantes, sus perfiles, las tendencias de opinión, etc. Pero vamos, no creo ser el único que piensa que atacar a Ciudadanos es una mala estrategia. Más aún, con la popularidad de Albert Rivera, llamarle corrupto como hace Gorriarán se parece a un suicidio político. No creo que el público tenga esa imagen de Albert Rivera y además Ciudadanos continúa siendo un partido minúsculo fuera de Cataluña. A nadie le gusta que se metan con los pequeños.


Y esto nos lleva a otro asunto. Con el partido regionalista andaluz, antes conocido como PSOE, fuera de combate, muchos tratan de vendernos el escenario electoral a día de hoy como una pugna entre el partido de la Gürtel y el partido de las productoras de televisión. Sin duda el PP hará todo lo posible por allanar el terreno en las próximas elecciones locales para coger impulso hacia las generales. Ya sabéis: la manida recuperación y el que vienen los rojos. Por su parte, el partido de los pijos defraudadores repetirá hasta la saciedad los aforismos de su librito de respuestas fáciles y llevará por los pueblos a sus famosos de la tele para explicar a campesinos desdentados su versión del artículo 231 del Tratado de Versalles.

No se cambian tendencias de voto consolidadas durante años sin causar algunas bajas por el camino y en este sentido a Ciudadanos le vienen muy mal los tiempos. Ciudadanos, como Pablemos, desearía que la primera cita electoral no fuera local, sino nacional (y darían un ojo y un pulmón por que esa cita fuera con circunscripción única). Las inminentes elecciones locales serán por lo tanto un espejismo de lo que pasará en las siguientes elecciones nacionales. Salvo en Madrid y Barcelona, no creo que la lectura en clave nacional vaya a ser la correcta. Pero ojo, eso no le quita interés al asunto local. Máxime en el Borde Exterior, donde Pablemos desestabiliza a quienes creen que el eje izquierda-derecha es más importante que el centro-periferia.

A favor del bien y en contra del mal.
Así, el primer experimento proto-pablémico lo tenemos en la cosa de Beiras: una extraña alianza entre IU y revenidos del BNG, en cuyas disputas internas (creo que de siete diputados han perdido a dos por el camino, no sé: yo, como el 99% de los gallegos no tengo ni puñetera idea de lo que hace el Parlamento de Galicia) se repiten los mismos ataques que veremos en campaña entre pablemitas redentores y nacionalistos redentores.

Y si pensáis que gente como Esperanza Aguirre o Jiménez Losantos se mete con los pablemitas, es que no habéis visto las palabras que les dedican los nacis. Por decirlo suavemente, la forma que tienen de hablar de Pablemos los estalinistas de la UPG hace que Losantos parezca un tío que piense en votar a Pablemos. Ah, la vieja contienda entre estalinistas y trotskistas. Qué pesadez, qué bucle.


Y lo mismo ocurrirá, supongo, en Cataloonia y el otro sitio (del que ya no se habla porque en la Corte lo dan por perdido).

El caso es que los regeneradores se ven obligados a hacer campaña en lugares donde esos partidos son partidos de famosos que salen por la tele. El día a día de una campaña implica pisar la calle con simpatizantes que llevan jerseys de rombos y aparato dental y en ese terreno mucho me temo que el Pepé —prietas las filas— todavía lleva las de ganar. Diría que el PSOE también, pero reconozcamos que tras las locales de 2011 el PSOE hizo un Lehman Brothers. Ni está ni se le espera, que diría el otro.

El día del PASOK.
Así que a cinco meses de las locales, mi pronóstico se resume en la frase "un montón de pollos sin cabeza". Con el paso del tiempo, es de prever que la situación se vaya decantando. Y si somos puristas y esperamos que los partidos tengan programas locales para las elecciones locales, podemos esperar sentados. Cada vez más los resultados de las elecciones de tu pueblo dependen más de lo que digan los famosos de la tele en Madrid. Eso sí que es transversal y les iguala a todos. No hay nadie —de momento— que diga cómo quiere ver a su ciudad para los próximos diez o quince años. Toda lectura se hace en clave "nominaciones de Gran Hermano" y la política se ha dejado de lado. En serio, yo todavía veo a partidos que dicen que los centros comerciales perjudican al pequeño comercio. Es alucinante, pero todavía hay gente así. O partidos como el PSOE coruñés que un día promete bajar las tasas y al día siguiente crear más empresas municipales. Muchachos, ou vaca ou boi. Y luego están las minicastas locales que son las que posibilitan el acceso al área de decisiones. Por mucho que nos moleste, nadie llega a María Pita (o a tu ayuntamiento), sin contar con los fulanos que llevan treinta años en ciertos puestos clave de la ciudad: asociaciones, colegios profesionales, sindicatos, etc.

Y ojo, que preguntas a la gente y a todo el mundo le parece mal que esto sea así, sin embargo, casi todo el mundo pertenece a algún grupo que se ve beneficiado por una situación que perjudica a todos. Es la paradoja de Abilene trasladada a la política. «Hay que cambiar las cosas, pero lo mío no me lo toques». En algún momento hay que romper ese círculo vicioso. Y como somos simios, lo de quitar el plátano no funciona: para que el mono suelte el plátano hay que ofrecerle otra cosa.


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