lunes, 24 de noviembre de 2014

Quién mató al siglo XX

A lo que Tony Judt —entre otros— llamó consenso socialdemócrata de la posguerra (Posguerra, Algo va mal, Pensar el siglo XX, etc. prácticamente se trata del fulcro político de toda la obra del inglés) se le pueden hacer algunas enmiendas. Enmiendas sin la pretensión de descartar la provechosa y trágicamente corta obra de Judt, sino enmiendas para reflexionar sobre el asunto.

Desde luego que Judt no inventa la pólvora y su presentación del siglo XX es muy común y académica. La movida es que este autor la presenta como un relato, como una narración —de ahí acaso su éxito editorial—, pero presentar la historia como una narración y pretender con ello algo más que entretener (objetivo loable, por lo demás), creo que se acerca peligrosamente al concepto de hacerse trampas al solitario.

Propongámonos por tanto alisar las arrugas de un relato histórico que me atrevo a calificar de leyenda dorada de la socialdemocracia del siglo XX.

Historia del consenso socialdemócrata o leyenda dorada del siglo XX

La revolución industrial y el progreso material del siglo XIX fueron injustos. La riqueza no se redistribuía y el operario fabril era un mero esclavo en manos de malvados plutócratas. El estado liberal del XIX era una cáscara vacía, sólo preocupado por la función militar, el orden público y en mantener los privilegios de la clase alta y de los nuevos ricos.

Un rico en su hábitat natural. Supongo.
Para Occidente la revolución de 1917 tuvo una utilidad muy bonita que fue la de tratar de compartir con las masas obreras parte de los frutos del progreso y de la nueva prosperidad. Así empieza a aparecer una renqueante clase media, por el temor a que una revolución de carácter internacionalista prendiera.

Parte de esta nueva clase media entra con desparpajo en lo que hasta entonces estaba reservado para una pequeña camarilla de plutócratas gordinflones: el mercado de valores. Compra y venta especulativa de pedacitos de industrias que daban onerosos beneficios a los que "jugaban" en bolsa. En 1929 cae la bolsa de tal modo que Estados Unidos entra en la llamada Gran Depresión y se lleva consigo buena parte de la riqueza acumulada durante el periodo de entreguerras.

Oooh, gran foto con mucho significado.
La crisis económica se extiende a Europa y casi todos sus países pierden la condición de democracias para caer en distintos grados de autoritarismo o totalitarismo. Aparece la salvífica figura del líder redentor y de las alternativas al Estado liberal hueco en forma de patria, raza o partido. Esto nos lleva a una horrorosa guerra.

Tras la guerra no está claro quién gana, si los comunistas o los demócratas. Esto hace que los países tradicionalmente democráticos del occidente europeo tengan "opciones" a elegir. El riesgo de que estos países caigan en la dictadura comunista era una posibilidad muy real que en el contexto de la posguerra significaría la preeminencia mundial para la URSS, cosa que EEUU no iba a permitir. Así que se diseña una solución que contenta a todos: los europeos tendrán comunismo light, despojado de la tiranía, a cambio de favorecer el liderazgo americano. La otra mitad de Europa no se le da a elegir porque bueno, ya estaba el Ejército Rojo para elegir por ellos.


Y empieza entonces lo que se llama consenso socialdemócrata. La primera función del estado será la de proveer a las masas de seguridad, empleo, sanidad, etc. Por aquellos años la idea de que la acción del estado podía interferir en el mercado era la lógica cotidiana. Nadie se podía tomar en serio que la intervención en el mercado podía ser mala. De hecho, se esperaba que el estado tuviera un papel predominante en la configuración de las sociedades occidentales de la posguerra. Los tipos de interés de la banca central jamás abrían las portadas de los periódicos. La política no se hacía en función de la economía.

Políticamente, la idea del estado benefactor era compartida por todos a izquierda y derecha. Tanto partidos a izquierda como a derecha compartían no sólo esa defensa del papel protagonista del estado sino que además compartían lo que podemos llamar "valores". Cosas como "patria", "defensa", "honor", "moral", eran indistinguibles tanto en partidos socialdemócratas como en liberales y conservadores. Las diferencias políticas por tanto, se expresaban en temas de carácter más prosaico como por dónde construir una nueva carretera o qué tipo de producción había que subvencionar ese año. Y así discurrieron las dos primeras décadas de la posguerra, que fueron testigo de las etapas de mayor crecimiento de la historia, de la conformación de una clase media que fortalecía el sistema democrático de gobierno y que dieron lugar a los milagros económicos europeos.

Vivienda pública. ¿Minsk, Bratislava? No, Glasgow. Apartamentos Red Road.
La movida es que en los años 60 los hijos de la generación de la posguerra llegan a la vida adulta y no comparten la horrible experiencia de sus padres y abuelos. Estando sólo a una generación de las bombas y el hambre, los hijos de la prosperidad dan los logros de la nueva sociedad por descontados. Y por eso comienzan a protestar por una serie de cuestiones que a nadie jamás le importaron nunca: el cuidado del planeta, la igualdad de derechos, el colonialismo, etc. Cuestiones que para cualquier adulto de la época eran bobadas de la juventud.

El discurso del cambio orbita en torno a estas cuestiones que ya no tienen que ver con el papel del estado en la prosperidad económica y en la cohesión social. Y por lo tanto, en el nuevo debate político se deja al estado al margen. Esta situación intelectual propicia que se empiece a replantear la importancia que tiene el estado en la vida pública. Por ello, tras la crisis del petróleo, el debate económico que había sido inexistente antes comienza a cobrar importancia. A finales de los 70 y principios de los 80 se cuela con notable éxito en el debate político el debate económico. Las élites se replantean el papel del estado en la economía.

¡Cambio de tercio!
Frente a una vieja élite de la izquierda que seguía hablando de viviendas sociales y subvenciones para las grandes industrias nacionales, la nueva izquierda habla de liberación sexual y de las malvadas guerras imperialistas. Esta crisis de la socialdemocracia es aprovechada por una nueva derecha que incorpora a su discurso la duda sobre el papel del estado. Hay que bajar los impuestos para crear riqueza y no importa si esa riqueza no se reparte, ya que todos son libres de emprender sus proyectos vitales, no como en la URSS donde la gente para el gobierno no son más que animales domésticos y esclavos.

Gente muy malvada como Thatcher y Reagan al volver a situar al estado donde estaba en el siglo XIX suenan frescos y novedosos. Su éxito hace retroceder al estado y la nueva riqueza parece darles la razón. Ah, pero el mercado desregulado sólo crea riqueza para algunos. La miseria y la desigualdad vuelven a ser rampantes y en esta nueva época de neoliberalismo ya no existe un consenso socialdemócrata sobre cómo mantener cerca al estado de la gente sino un consenso neoliberal sobre cómo mantener lejos al estado del mercado.

Frailecillos vagabundos, aww.
Las enmiendas

Es cierto que el estado liberal del XIX posibilitó la aparición de las grandes sagas familiares de la aristocracia capitalista-clientelar que llegan hasta nuestros días. Sectores en los que prácticamente había monopolios —carbón, petróleo, acero, ferrocarriles, navieras, etc.— propiciaron un inmenso poder para algunas élites que prosperaron al calor del BOE. Pero ese mismo estado liberal que levanta las cortapisas del viejo proteccionismo, es el que establece las primeras leyes antimonopolio para preservar, precisamente, el libre mercado. Fueron los liberales y no los socialistas los que sentaron a Rockefeller delante de un juez.

Malvados capitalistas que trocean empresas privadas... oh wait.
Antes de la revolución bolchevique ya algunos países habían comenzado a confiar en el estado para algo más que para hacer la mili y construir submarinos —todos estaremos de acuerdo en que lo que mejor se le da a los estados es matar a gente en grandes cantidades. El sector privado jamás construiría la bomba atómica ni los campos de concentración—, así tenemos pensiones de viudas de guerra en Alemania y las primeras subvenciones a la Kultur (del alemán "cultura", ya sabéis: la excusa de Bismarck para empujar a la Iglesia Católica y que cada dia vemos en los periódicos por razones que se escapan a mi comprensión). Pero serán los liberales ingleses —insisto, antes de que el comunismo fuera una amenaza creíble, ni mucho menos modelo para nadie— los primeros en sentar las bases de lo que hoy podemos entender como Estado del Bienestar. Igual el nombre de Lloyd George no os suena, pero el de Winston Churchill supongo que sí.

Resulta que los liberales, preocupados por las amenazas contra la libertad, se dieron cuenta de que esas amenazas tenían un amplio abanico de causas. Para entendernos, el consenso decimonónico sobre la pobreza decía que los pobres eran pobres porque eran vagos y sufrían de "flaqueza moral". Cualquier persona podía salir adelante con esfuerzo y trabajo duro. El caso es que hubo que investigar en las causas de la pobreza para romper ese consenso. Por ejemplo, se averiguó que los enfermos tenían más dificultades para salir adelante (y muchas enfermedades hoy curables, eran crónicas en aquella época). También se supo que ancianos y niños no escolarizados tenían más boletos para acabar debajo de un puente o formando parte del mundo criminal. Cosas que hoy fácilmente damos por sentadas, simplemente se desconocían en aquella época.

El Radical discute con el Filósofo en un suplemento dominical del NYT de 1910 y llegan a la cuestión de la distribución de la riqueza y el Radical le dice esto al Filósofo: «I don't mean to say we've set, right now, on solving it. But we've tackled some of the edges of it; and that is a cross-road in history itself. And in history there are only a few real cross-roads».
De ahí salen las primeras leyes que obligan a la escolarización de los astutos diablillos dickensianos, las primeras pensiones de vejez y programas de saneamiento de suburbios apestosos.  Lógicamente había otros motivos de carácter político: la influencia laborista en los sindicatos suponía una amenaza política. Los cruceros británicos de la batalla de Jutlandia serían útiles un lustro después, pero sobre el papel suponían reducir el número de pordioseros merodeadores.

El crash de Wall Street de 1929 no implica una inmediata crisis económica internacional. Ahora sabemos que al menos en parte, la Gran Depresión tuvo más que ver con la medicina que con la enfermedad. Cuando la administración Hoover decide comprar la producción agraria a precios garantizados es incapaz de prever que podrá sostener esta política durante muchos años, lo que finalmente lleva a la caída de precios y al paro en el mundo rural. La intervención en los salarios y la nueva competencia que el gobierno federal le hizo a las empresas que habían sobrevivido al crash, acabó por estancar una crisis que no sería resuelta hasta que en Estados Unidos empiezan a fabricar barcos, aviones y tanques para surtir al arsenal de la democracia.

El totalitarismo no es mejor fabricando material de guerra que la democracia, cuestión que por aquella época estaba en discusión.
La victoria sobre los Ejércitos de la Oscuridad dio al papel del estado otra perspectiva. El estado ya no era una cosa subsidiaria que llamaba a los muchachos a filas y hacía carreteras, el estado era una cosa en la que todos podían participar buscando objetivos comunes, creando una sociedad de individuos con cierta idea de que formaban parte de algo. Tras la guerra, en Europa estaba todo por hacer. Millones de personas sin casa, millones de niños sin escuela, etc. Fueron los estados a través del crédito gringo los que empezaron a construir casas y colegios porque no había nadie más para hacerlo. El problema es que una cosa es hacer casas cuando nadie más hace casas —se resuelve un fallo del mercado provocado por razones de causa mayor— y otra cosa es que viendo el éxito de las viviendas sociales, los políticos decidieran levantar campos de fútbol sociales, teatros sociales, piscinas sociales, etc. Nadie llamó al estado para hacer todo eso. Sin embargo a la gente le pareció bien. Y no había problema porque la nueva prosperidad y la confianza compartida en el futuro daban a entender que esa situación podía continuar hasta el infinito.

No existía tampoco la amenaza política del comunismo gracias a la invención por parte de la CIA de los nuevos partidos socialdemócratas europeos. La nueva "izquierda moderada" era tan o más anticomunista que la derecha. A su vez, el temor a una nueva guerra intraeuropea se disipó con otra de las grandes invenciones de la CIA: el europeísmo. El europeísmo y la creación de intereses compartidos por las naciones de Europa occidental conllevó una nueva hornada de instituciones internacionales en las que los intereses nacionales se mezclaban y confundían con intereses de agrupaciones de países que parecían ser la solución diplomática conveniente a los viejos problemas de rivalidades e intereses comerciales contrapuestos. Tras la crisis del petróleo serán estas nuevas instituciones internacionales las que comiencen a intervenir en países en situación crítica (ahí está el Reino Unido intervenido por el FMI en 1976).

Entendamos que los jipis necesitaban más dinero porque tenían más gasto: conciertos, viajes, etc.
Acerca de la llegada del llamado "neoliberalismo" es común hablar de Maggie y Ronald en términos despectivos. La acomplejada y bizca idea de lo que suponen estos personajes y su época no es algo compartido por todo el mundo. Quienes sufrieron en sus propias carnes el terror comunista —y en Europa hay unos cuantos... millones—, tienen a estos como campeones de la libertad cuyas contribuciones en el plano de las ideas y en el aumento de los presupuestos militares fueron imprescindibles para la caída del Imperio del Mal.

Aunque su discurso político suene a cómo entiende el liberalismo la Escuela Austriaca, para un liberal austriaco la labor de gobierno de estos dos es cualquier cosa menos liberal. Suena la canción pero no hay baile. Y esto lo comprobamos no sólo en el aumento de los presupuestos militares sino —sobre todo en EEUU— en la complacencia del poder político con el poder económico y en la doctrina intervencionista en el exterior. La política exterior de los líderes "neoliberales" es más propia de lo que harían gobiernos izquierdistas de lo que tradicionalmente venía defendiendo la derecha (básicamente, dejar al ejército en los cuarteles).

"Si se puede imaginar, se puede construir" es un espíritu que ya no existe en el mundo de hoy.
Entonces, si no surge lo que entendemos por neoliberalismo en los líderes anglosajones de la derecha, ¿de dónde viene ese nuevo consenso neoliberal? Pois se non é vaca é boi. Fueron laboristas y socialdemócratas los que pusieron las bases y aplicaron con mayor fruición lo que hoy llaman doctrina neoliberal y achacan a otros.

La preocupación por el déficit público, el control monetario de la inflación y la desregulación y liberalización de los mercados bancarios y financieros fueron el programa de gobierno del Partido Laborista de Nueva Zelanda allá a comienzos de los 80. El famoso modelo escandinavo socialdemócrata es por su parte el ejemplo de éxito de la mayor liberalización y apertura económica de las últimas décadas. Los casos de éxito tanto de Nueva Zelanda como de Suecia son modelos a imitar que explican más la inclinación académica por el neoliberalismo y el cambio del consenso sobre el rol del estado que los ejemplos de Reagan y Thatcher.

Glasgow hoy, apartamentos Red Road.
Claro que esto jamás lo reconocerá ningún socialdemócrata por su complejo de Edipo. Si quebró el consenso socialdemócrata y el nuevo consenso que aparta al estado aparece en la izquierda, se debe precisamente a que la izquierda dejó de explicar al estado y de explicarse en función del estado. Más preocupada por los osos polares, por el baile balinés, por las drogas, los juegos florales, las minorías sexuales y muchos otros temas tradicionalmente reservados al asociacionismo civil, la izquierda vació de contenido al estado, cosa que a la élite económica le vino al pelo ya que por su parte la derecha sólo tuvo que abandonar el consenso previo y regresar al favorecimiento de la élite que se cobija bajo el paraguas del BOE.

Y aquí estamos, en un mundo extraño en el que los tipos de interés o la prima de riesgo no se ocultan en las páginas de color salmón, sino que aparecen en las portadas de los periódicos. Un mundo en el que los animalistas se presentan a las elecciones y lo vemos como algo normal. Un mundo en el que el estado ya no es un instrumento para garantizar la libertad, sino más bien una agencia de excusas y favores. Excusas para unos y favores para otros.

 

3 comentarios:

Lino Moinelo 25 noviembre, 2014  

El artículo está bien, en serio, pero la conclusión final, lo siento, pero no cuela.

Que la socialdemocracia política, es decir, la casta nueva, la oligarquía advenediza, se subiera al carro de las ganancias fáciles, es un error que no hay que pasarlo por alto. Pero vamos, a nivel mundial es tan obvio que un par de casos, si me permites, ridículos, me temo que significan poco o nada.

Pablo Otero 25 noviembre, 2014  

No te acabo de entender.

Lino Moinelo 25 noviembre, 2014  

Parto de la suposición de que has dado a entender que Thatcher no provocó nada con su política en el UK ni Reagan con su desregulación de mercado y su política militar exterior, sino que la culpa del descontrol económico en todo el mundo es de un pequeño partido neozelandés y de Suecia.

Ahora que me leo, es tan estrambótico que en efecto, debo haber entendido algo mal. Lo siento.

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