martes, 7 de octubre de 2014

La larga noche del dolor

La historia del hombre es una triste y pesarosa historia de dolor y muerte. Tan solo la luz de unos pocos audaces consiguió mitigar lo que constituía una horrible existencia. Sin quitar mérito a descubrimientos de diferente naturaleza, la anestesia y la asepsia constituyen hitos tan importantes como poco recordados cuando se trata de analizar los descubrimientos esenciales que hicieron más por mejorar la vida y la calidad de vida del hombre que ninguna otra cosa. El triunfo contra el dolor y la victoria contra el enemigo invisible marcan un antes y un después en la historia universal. Tristemente a esto le otorgamos poco mérito.

John Collins Warren (1778-1856).
Muchos conocéis cómo surge la anestesia moderna y sin duda la mayoría no ignoráis que los efectos analgésicos de ciertas sustancias son conocidos desde el amanecer de la civilización. El opio sin ir más lejos, probablemente junto al cannabis y el estramonio, sean de las sustancias más antes conocidas por el hombre que servían para paliar el sufrimiento. Si nos vamos a la historia de la medicina tradicional china, nos perderemos en un mar de compuestos y preparados tan inventivos como de dudosa eficacia. No es el objetivo de estas líneas mentar tampoco los descubrimientos en la luminosa época que para el conocimiento fue la Baja Edad Media, con su esponja soporífera y con el descubrimiento del vitriolo dulce. El Renacimiento se lleva la fama, pero la Baja Edad Media carda la lana.

Todo gran descubrimiento es deudor de los pasos dados antes. Quitando la medicina china, cuya influencia en el origen de la medicina científica es nula. En la historia de la anestesia sí es necesario mentar, aunque sea superficialmente, el estado de las cosas en el momento del descubrimiento. Para hacernos a una idea, y haciendo más hincapié en la descripción gráfica de la situación que en el rigor científico, se puede decir que en la primera mitad del XIX el cáncer no estaba todavía bien identificado no porque la gente no lo padeciera, sino porque los seres humanos solían morir demasiado pronto como para desarrollarlo y que se pudiera estudiar. Y esto pasaba con otras muchas enfermedades (anotad todas las que acompañan a la edad avanzada). Estoy hablando de una época donde no existía el concepto de "adolescencia". Los niños pasaban a ser hombres en el momento en que eran capaces de sostener una azada o un rifle.


En toda la parte del mundo que nos importa, la vida para la mayoría de la población era rápida, violenta, sucia y brutal. La insalubridad y el desconocimiento de la higiene eran un festín para los microorganismos malvados que de tan pequeños pasaban por inexistentes. La tasa de mortalidad infantil no se medía entre los menores de un año, sino entre los menores de cinco años. No merecía la pena ni siquiera ponerle nombre a los bebés recién nacidos. La tasa de mortalidad entre los menores de cinco años podía estar entre el 50% y el 60% a comienzos del XIX. Para que en una familia hubiera diez hijos, la señora tenía que parir unas veinte veces. Las propias mujeres que daban a luz, solían caer víctimas de infecciones y fiebres en más casos de los que hoy nos parecerían alarmantes en el Tercer Mundo.

Una vez que el niño se hacía hombre, a los siete u ocho años, su esperanza de vida no se extendía de media más allá de los 40 años (si bien una vez superados los 30 y no siendo ya aptos para trabajos pesados o el servicio militar, no era sorprendente alcanzar los 60 años). En el caso de las hembras, la esperanza de vida era —como hoy en día— un poco superior debido a causas que no tengo claras. En general, los mamíferos hembras tienen mayor esperanza de vida que los machos. Esta especie de reflejo del dimorfismo sexual tiene que ver, por lo que he leído, con el mayor tamaño de los varones respecto a las hembras. La naturaleza o Dios, como en un extraño juego compensatorio, hace que nazcan más bebés varones que hembras. De todas formas, la mayor esperanza de vida de las mujeres no sirve aquí de consuelo: la vida de la mujer era igualmente brutal y dolorosa. Recordad: parir veinte veces entre los catorce y los cuarenta. En contra del retrato habitual de Hollywood, las mujeres jóvenes estaban todo el tiempo embarazadas.


Hogares formados por una única estancia que servía de dormitorio, cocina y comedor. Iluminados por velas de sebo o por hogueras para cocinar. Ambientes inmundos en los que en la estación fría no se renovaba el aire. Las personas, desde siglos atrás, no solían beber agua por pura supervivencia. No se entendía de qué manera el agua hacía enfermar a la gente. Estaba comprobado que era más saludable beber vino aguado o en lugares menos soleados, cerveza aguada. La media de litros de alcohol que una persona bebía a lo largo de un año deja temblando las estadísticas contemporáneas. El consumo excesivo de alcohol, como podéis intuir, lleva aparejados otros problemas para la salud.

Este retrato de la miserable condición humana era la vida del hombre desde tiempos de Jesucristo. Y esta gran mayoría de las personas no dejó testimonio escrito, reduciéndose el don de la palabra escrita a una minoría que intuimos vivía en condiciones menos malas, con lo que su testimonio está viciado.

Anestesia

Se adjudica a unas cuantas personas el descubrimiento de la anestesia moderna. Sin quitar mérito a estos precursores, yo le atribuyo el mérito al cirujano que dio carta de verosimilitud al descubrimiento, el doctor Collins Warren de Boston. ¿Por qué? Porque fue el primero en operar a un paciente anestesiado y hacerlo en un hospital, rodeado de colegas. Y además, por publicar sus resultados. Esto es como lo del descubrimiento de América, y me explico.

No me importa que los vikingos llegaran a las costas americanas cuatrocientos años antes que Colón. Fue Colón el que regresó a España y explicó a los reyes más importantes de su época su descubrimiento. Por eso hay que atribuir a Colón el descubrimiento de América y no a unas fuentes secundarias que nos hablan de relatos semilegendarios sobre unos vikingos haciendo el vikingo. Lo que queda, lo que se registra, lo que tiene consecuencias y lo que continúa es lo que debemos reconocer.

A Raimundo Lulio se le suele adjudicar el descubrimiento del éter en el siglo XIII.
El descubrimiento de la anestesia bascula entre dos compuestos. Por una parte el éter y por la otra el óxido nitroso. El éter era un viejo conocido desde la Edad Media (oleum dulci vitrioli, aceite dulce de vitriolo). Se obtenía al destilar etanol y ácido sulfúrico y de ahí que en el XIX se llamara éter sulfúrico (hoy le llamaríamos éter etílico).

Se sabe que en 1842 el doctor Williamson Long fue el primero en operar a un paciente anestesiado con éter. Pero esto lo sabemos por haber publicado en 1849, en medio del litigio de los descubridores de la anestesia, sus resultados. Fue un dentista estafador llamado Morton el primero en anestesiar a un paciente con éter en un hospital (la famosa sesión del 16 de octubre de 1846 en el Massachusetts General Hospital). Hay que entender que el término "estafador" no tenía tanta carga negativa como hoy en día. Un estafador era algo parecido a un emprendedor. Los científicos de la época —y así lo atestigua el propio doctor Warren en sus escritos— no tenían más remedio que confiar de vez en cuando en la audacia de los estafadores por la sencilla razón de que a veces acertaban.

Y en efecto, fue Morton el primero en anestesiar en el hospital de Boston, el caso es que lo hizo al recomendarle Long que usara éter. Morton estaba convencido del uso del óxido nitroso, pero se decantó por el éter por recomendación de su colega. A su éter, Morton le añadió compuestos perfumados para que los médicos no identificaran qué sustancia era. Incluso quiso patentar su "invento". Evidentemente no pudo lograrlo.

Pero ¿por qué Morton al principio estaba convencido de usar óxido nitroso? Pues por un socio que tenía en un negocio de piezas dentales que era un dentista de Hartford, Connecticut, llamado Horace Wells. En cierta ocasión Wells fue en su pueblo a un espectáculo de "gas de la risa". El circo ambulante del señor Colton (un respetable estafador) había llegado a Hartford y ofrecía inhalar el gas descubierto por el famoso químico Humphry Davy que era una atracción famosa por aquella época. Mientras veía a sus paisanos reírse y bailar bajo los efectos de la intoxicación por óxido nitroso, observó que uno de ellos se daba un fuerte golpe en una tibia. Alarmado por el accidente Wells pregunta al afectado si se encuentra bien. Su vecino no sabe de qué le está hablando, pero finalmente acepta enseñarle la pierna... que tenía cubierta de sangre. Y no había notado dolor.

¡Viva antes!
Al día siguiente Wells convoca al señor Colton a su clínica dental (el comedor de su casa) y le pide a su asistente, el doctor Riggs (que llegaría a ser uno de los pioneros de la odontología moderna) que le extirpe una muela del juicio tras inhalar el gas. Sorprendentemente no nota dolor durante la extracción. En ese instante Horace Wells es perfectamente consciente de la importancia de tal hallazgo y logra ponerse en contacto con la facultad de Medicina de Harvard. El cirujano más importante del país, el doctor Warren, acepta hacer una demostración pública del efecto anestésico del gas en el hospital de Boston.

Hay que tener cierta idea de cómo era una operación en la década de 1840. Las salas de operaciones de los hospitales más modernos tenían gradas para estudiantes o para el público que pagaba entrada. Los cirujanos estrella eran personajes célebres y competían entre ellos por hacer las operaciones cuanto más rápido mejor. Esto tenía sentido pues no había nada que mitigara el dolor de los pacientes y así se entendía que cuanto más rápida era una operación, más humana era. Había casos en los que los pacientes ante una operación preferían el suicidio. Entre los ayudantes de los cirujanos se encontraban "forzudos" cuya misión era la de sujetar al paciente entre convulsiones de dolor. Otros, situados entre el público, tenían la misión de sacar de la sala a asistentes que se mareaban y empezaban a vomitar.

Darregotipo Daguerrotipo c. 1850. Warren posa las manos sobre la pierna de un paciente.
El cirujano ante su paciente se quitaba su chaqueta y se ponía la chaqueta de operar: una sucia chaqueta con durezas de sangre seca. Toda su preparación consistía en darse un par de vueltas a las mangas y emplear material que era lavado por el inefectivo método de pasarle un trapo a los escalpelos. Los hilos para la sutura se acumulaban en el asqueroso suelo como la cabeza de una vieja fregona. La sala de operaciones se situaba en la última planta del hospital para disponer de luz natural a través del techo acristalado y para evitar que los gritos de los condenados se escucharan en la calle. En los mejores hospitales morían la mitad de los pacientes de las operaciones más conocidas y estudiadas (básicamente amputaciones). Otras operaciones eran poco más que vivisecciones humanas con fines educativos en las que se daba por descontada la muerte del paciente.

El escocés Robert Liston fue el primer cirujano europeo en operar con anestesia el 20 de diciembre de 1846. Antes, ostentaba el récord de amputación de pierna en 28 segundos. En cierta ocasión su rapidez con el escalpelo se cobró la vida del paciente, de un asistente al que le cortó los dedos, y de una persona del público.
Por las revistas médicas de la época se deja traslucir la oscuridad con la que los cirujanos afrontaban un mundo lleno de dolor y muerte. Es además alucinante cómo a partir de la década de 1850 el tono cambia completamente.

Y ahí tenemos al doctor John Collins Warren, con sus cejas pobladas, su rostro marcado por patillas de moda, rodeado de otros cirujanos como Bigelow y Townsend ante un publico expectante por ver fracasar al dentista de Hartford. Horace Wells, aferrando contra el pecho su globo de óxido nitroso pide un voluntario para sacarle una muela y tras los murmullos de las gradas finalmente aparece un voluntario.

El voluntario era un tío gordo de rostro enrojecido y abotagado.

Wells le coloca el inhalador sobre la cara y le pide que respire profundamente. Tras un par de toses, coge su instrumental para agarrar y tirar de la muela. Cuando le arranca la muela, el paciente, aparentemente relajado profiere un juramento y un grito de dolor. La sala estalla en carcajadas.

Este fracaso del óxido nitroso (gas que sin embargo será posteriormente utilizado con éxito en anestesia) tiene que ver con la falta de comprensión de cómo actúa el gas en el organismo y con las características del paciente. Según la descripción del episodio, al tío gordo sería complicado anestesiarlo incluso hoy en día.

Horace Wells (1815-1848).
El fracaso de Wells fue necesario para que Morton aceptara la recomendación de Long de utilizar éter. En la misma sala de operaciones y bajo la autoridad de Warren, la fría mañana del 16 de octubre de 1846, Morton hace inhalar a un paciente (un tal Abbott) su éter perfumado y que llamaba "letheon". Cuando al paciente se le ponen azules los labios y los ojos vidriosos, Warren coge su escalpelo y le saca en cuestión de segundos un tumor que tenía en el cuello. Supongo que Warren se esperaba que en algún momento el paciente comenzara a chillar, pero para su sorpresa no lo hizo. Una vez suturada la herida y después de que un forzudo despertara al paciente con un cubo de agua gélida y asquerosa, le preguntó al paciente si había sentido dolor. El paciente respondió que sólo notaba como si le rascaran el cuello, que era una molestia soportable. Y ahí fue cuando Warren, el mejor cirujano de Nueva Inglaterra le dijo al público asistente: "esto no es superchería". Naturalmente continuó con las operaciones de la mañana mientras a Morton le quedaba éter. A otro de los pacientes, por alguna razón que no entiendo, tuvo que abrasarle la espalda y lo hizo sin dolor.

William T. G. Morton (1819-1868).
Es por esto que digo que realmente fue Warren el descubridor de la anestesia. En el siguiente número de la New England Journal of Medicine, publicó sus resultados. Y tras lograr que Morton dijera en qué consistía el "letheon", el descubrimiento corrió como la pólvora. A partir de entonces el cirujano no tenía que ser una figura temida. Desde ese momento se dejó de competir en rapidez y la ciencia quirúrgica pudo adentrarse más en las causas y soluciones de numerosas afecciones.

Eso cuando no morían por infecciones, pero lo de las infecciones lo dejamos para otra ocasión.

Adenda: Horace Wells se suicidó en prisión. Morton murió arruinado. Los dos y otros más pasaron los últimos años de su vida litigando por llevarse el mérito del descubrimiento que hoy se entiende es compartido por todos ellos.

Últimos programas del podcast

Archivo

Se admite el debate

Blogorrollo