sábado, 27 de septiembre de 2014

El pecado original del PP y la secesión a cámara lenta

En los numerosos encuentros que han tenido el presidente Rajoy y el presidente regional de Cataluña, una y otra vez mi paisano le ha dicho al señor Mas lo que el gobierno hará si él sigue adelante con su plan de robarnos derechos políticos a todos los españoles. Aun así el presidente Mas ha decidido llevar hasta la última casilla su programa político de robo de derechos.


No evitaré cierto reconocimiento al presidente Mas: con la convocatoria del referéndum separatista, ya ha cumplido más puntos de su programa electoral que el de Pontevedra. En concreto, Artur Mas ha cumplido uno, frente a ninguno de Rajoy.


A partir de este momento la cosa pierde emoción porque el gobierno nos ha revelado los spoilers de esta película: informe del Consejo de Estado, Consejo de Ministros aprobando un recurso al Tribunal Constitucional y el Constitucional paralizando de forma cautelar la aplicación de la Ley de Consultas y el Decreto de convocatoria del 9N que se firma bajo esa ley. Fin.

Bueno, fin de una parte al menos. Hay otra parte que queda en suspense. El adelanto electoral en Cataluña una vez frenado el referéndum de robo de nuestros derechos políticos, es más que previsible. Del nuevo escenario electoral dependerá la trama de la siguiente parte de este culebrón. Tras constatar que el gobierno de CiU sólo ha servido para cumplir una promesa que no parece muy legal y que el "padre de la patria" se parece más a Vito Corleone que a otra cosa, todo hace pensar que no será un buen momento para CiU. Por sondeos, se apunta a un crecimiento de ERC en un escenario muy dividido en bandas partidistas. Sí, todavía con predominio independentista.

Los de ERC, que son todavía más pijos que los de CiU, están acostumbrados a decir unas barbaridades enormes. Habrá que ver hasta qué punto Ciudadanos puede rentabilizar su previsible crecimiento para convertirse de facto en líderes de la oposición y si ERC necesita o no del apoyo de CiU para formar gobierno y que sus consejeros juren la Constitución española. Son todavía muchas incógnitas que según nos alejamos del momento presente hacen aparecer todavía más incógnitas.


Y como hay tantas incógnitas y tantas especulaciones, esto ya no es serio (si es que alguna vez lo fue). Esto se ha convertido en una juerga. Yo no quiero ni imaginarme los últimos años que están sufriendo los catalanes con un momento histórico cada dos días. Un sinvivir. Una pretendida secesión a cámara lenta mientras cada mes algunos cobran por calentar butaca en el parlamento.

No soy el más adecuado para hablar del problema de las farmacias catalanas o del cierre de quirófanos. Tan solo constato que mientras los focos se los lleva el asunto de la secesión, hay otros asuntos que no parecen recibir la atención que necesitan. Eso ya es cosa de los propios catalanes pues entra en el ámbito de sus competencias políticas. Y la política es el debate constante de las prioridades. A día de hoy a una mayoría de políticos y ciudadanos catalanes, les importa más hablar de unicornios y metafísicas que de las cosas del comer. Yo eso no lo aceptaría en mi casa. Ellos parecen felices con sus banderolas y sus desfiles con antorchas. Producen cierto sentimiento de solidaridad aquellos catalanes que se sienten prisioneros de una deriva unicórnica que les está secuestrando "la política de las cosas del comer".

Pero este viaje a Nunca Jamás tiene consecuencias reales, hechas de materia bariónica. No se trata de tertulias de café ni de juegos de rol en vivo. El movimiento hacia el precipicio que apoya buena parte de la sociedad catalana y en el que un pedazo de su clase política tan solo hace de altavoz, tiene implicaciones que afectan a la vida de todos. A eso que se llama convivencia civil. Sin consulta y sin salida al balcón ya se han roto cosas en este viaje de sombrereros locos.


No es el momento procesal de la ruptura política el que rompe a una sociedad, es el camino que lleva a esa ruptura el que la rompe. Si coges una hoja de papel y la rompes en dos, no se rompe cuando tienes los dos pedazos separados, se rompe en el momento del primer tirón.

Y con la perspectiva que da no vivir en Madrid (perspectiva, que no conocimiento, ojo) no puedo sino insistir en una idea que tiene pocas novias: existe una tendencia política de signo contrario a la separación que en el plano estético (el más importante) es el horror absoluto. Sin ser independentista me produce tanto rechazo el unicornio de los ladrones de derechos que vienen de Cataluña, como el unicornio del centralismo mágico que se supone resolverá todos los problemas relacionados con la cuestión competencial y/o territorial.


El monotema catalán, de tan infantil, lleva a la política a decidir entre máximos. Y aquí reduzco la marcha para explicarme: yo creo en los máximos. Yo defiendo el no rotundo o el sí rotundo en algunas cuestiones. Yo defiendo que hay cosas que no aceptan discusión. Yo defiendo que no hay diálogo posible con el mal y que el mal existe. Yo no creo en el diálogo como en un fin en sí mismo. Creo que en los últimos tiempos el diálogo ha devenido en una suerte de elixir mágico que tan solo da alas al mal que existe en la tierra. Sé que algún listo me dirá que el mal es relativo. No, el mal no es relativo. No hace falta montar un grupo de debate para saber que el mal es colgar a la peña de grúas en el centro de Teherán, vender a niñas en Nigeria o cortar cabezas en Siria. Los responsables de esos actos tienen que pagar. Pero.

Volviendo al monotema catalán y en general al problema territorial español, no estamos tratando con tipos con turbantes y por lo tanto los máximos no deben de entrar en juego. Los hechos que nos han llevado a este punto en que unos caciques locales ponen en cuestión la igualdad de derechos políticos de todos los españoles no han aparecido por casualidad. Existe un consenso sobre que los gobiernos tienen potestad para legislar sobre lenguas, sobre que las televisiones autonómicas son imprescindibles y sobre que hace falta invertir dinero público, controlado por políticos, en Kultur.


Sin estas herramientas, no se podría producir esta moda de la ruptura. Pero no olvidemos que es Madrid el que permite que existan estas herramientas de suicidio. Y podemos señalar lo más básico: los regímenes forales. En el momento en que no todos somos iguales, se les está proporcionando la excusa perfecta a los más mimosos del patio. Y como esto del independentismo funciona como con niños de siete años, ahora tenemos que aguantar las mismas frases que se escuchan en el Emirato Cleptocrático, en las diócesis gallegas.

Ha llegado el lodo a tal punto que hoy ya no existe nacionalismo en Galicia. Todos los grupos identificados con la etiqueta nacionalista han aprobado la defensa del supuesto derecho de autodeterminación. Allá ellos, que vayan al Avante a pedirse copas los amantes de las antorchas, la Kultur y las banderas. Y en el proceso de desaparición de este nacionalismo —y sustitución por independentismo—, es el PP de Galicia —en este ejemplo— el que recoge el guante y con su doble discurso cumple el programa que haría el BNG en los años 80. Ahí es donde aparece el daño.

Eso es la cultura gallega.
Con glosas a la unidad de España desde la Villa y Corte mientras en la periferia se mantienen leyes lingüísticas, medios públicos de comunicación y una costosa construcción política de los elementos que constituyen la identidad nacional a través de la manida cultura, PP y PSOE son los principales responsables de esta tendencia a la ruptura. Los mismos elementos de nation building que tuvieron un éxito a medias hace ciento veinte años, hoy los reproducen los partidos "estatales" en regiones del país. Hoy Feijoo da coba al santoral del nacionalismo gallego y personifica a Galicia en sus discursos. ¿Pero no habíamos quedado en que son las personas y no los territorios los poseedores de derechos, historia, inteligencia, etc? Por lo que se ve, si lo dices en Madrid, sí, si lo dices en Santiago, no.

¿Hasta cuándo pretenden continuar con su nation building de chichinabo? ¿Nadie les ha dicho que varias generaciones viviendo en un contexto de mini-nación van a terminar reclamando la maxi-nación? Yo no sé si esto no lo ven en el PP a largo plazo o si realmente el PP no puede ocultar su pecado original: el de ser una reunión de muchos grupos distintos, tanto políticos como territoriales.

Me gusta el .gal. Igual registro felipegonzalez.gal o psoe.gal :)
Y como toda acción provoca una reacción opuesta de la misma fuerza, las alas que se da a este proceso incentivan el surgimiento de opciones políticas de máximos en una tierra sin turbantes. Quede claro que yo no quiero turbantes ni máximos. El límite lo marca la ley y la ley... es perfectamente ambigua en este sentido. Harán falta otros discursos acompañados de otras estéticas políticas para derribar esa torre de marfil que es el Título VIII y que genera tantos unicornios.


1 comentarios:

Enrique 28 septiembre, 2014  

"Y con la perspectiva que da no vivir en Madrid (perspectiva, que no conocimiento, ojo) no puedo sino insistir en una idea que tiene pocas novias: existe una tendencia política de signo contrario a la separación que en el plano estético (el más importante) es el horror absoluto."

Ojo, estando de acuerdo y considerando eso una de las claves ¿qué parte le corresponde al centralismo y qué parte a la derecha en el horror estético?

Quiero decir con esto que la balanza centralismo-independentismo está mucho más equilibrada que derecha-izquierda en cuestiones estéticas. Ahí la derecha no es que sea un horror cósmico, es que va más allá. Y aunque por supuesto hay un contagio, es mayor la aportación de la horrible imagen de la derecha al centralismo que al contrario.

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