domingo, 29 de junio de 2014

Nacionalismo en Europa hacia 1900

De la segunda mitad del XIX hasta la Primera Guerra Mundial va tomando forma el nacionalismo político que más o menos conocemos hoy. Qué tendrá el agua para que la bendigan, qué tendrá el nacionalismo para sobrevivir, pese a causar las dos guerras mundiales, más de un siglo.

Mapa "étnico" de Europa central de 1900.
Del primer nacionalismo, digamos, liberal, de los estados nación que cumplían con el principio del umbral y que nadie ponía en cuestión su justificación, se va pasando a nacionalismos basados en costumbres, lenguas y razas. Del "patriotismo de estado" o "patriotismo constitucional", plasmado en las banderitas que ondeaban en la inauguración de una estación de tren, se pasa a un nacionalismo no estatal que en un primer momento no apelaba a la lengua, sino a una nebulosa teórica de coincidencias en grupos de población. Evidentemente, construcciones teóricas como las tesis nacionalistas, requerían el esfuerzo de una élite.

Se puede trazar una línea de pensamiento perfectamente definida desde los idealistas alemanes hasta todos los movimientos nacionalistas que en Europa había y hay (y algunos que Europa ha exportado por imitación, nacionalismo indio por ejemplo). A ningún campesino que no habla la lengua mayoritaria de su país se le ocurre pensar que está siendo afectado por el centralismo propio de la burocracia decimonónica. Son las élites en pugna por el poder quienes instrumentalizarán lo que a finales del XIX se conocerá como nacionalismo.

"Carnicería pangermana".
Este nacionalismo rudimentario no tenía nada que ver con la política al principio. Ninguna élite "no estatal" podía tener ambiciones políticas muy diferentes a las de la élite estatal. Es más, a mediados del XIX, sólo había una élite. Esta idea sería desarrollada posteriormente por autores marxistas: tienen más en común un burgués irlandés y un burgués inglés, que un burgués irlandés y un obrero irlandés. La cuestión a plantear es por qué aparece el nacionalismo no estatal como agenda política organizada. Algo tenía que estar ocurriendo para que diversas élites tan opacas como reducidas se tomaran la molestia de inventar comunidades "nacionales" y todo el aparataje que ellos veían necesario para sus fines: historia, lengua, costumbres, raza, etc.

Para acercarnos a la respuesta a esta complejísima pregunta —os aviso que aquí no encontraréis una respuesta concreta ni una fórmula mágica, sino ideas que orbitan en torno a la respuesta—, es deseable conocer en qué se puede diferenciar este nuevo nacionalismo no estatal, del nacionalismo liberal o patriotismo de estado.

  1. La primera diferencia tiene que ver con el principio del umbral: el nuevo nacionalismo no establece razones objetivas para definir al estado y por lo tanto diferencia estado y nación. El nacionalista paraestatal dirá que cualquier comunidad que se reivindica como nación es una nación y por lo tanto "tiene derecho" a constituir un estado soberano. En otras palabras, ya no es necesario ser una comunidad de un imperio "condenado por la historia" ni una comunidad política surgida de la crisis del Antiguo Régimen en estados previamente constituidos y definidos políticamente.
  2. La segunda diferencia es que al contrario de lo que sucedía con el nacionalismo liberal, que se basaba en la ley compartida para definir a la comunidad política, el nuevo nacionalismo se basará en criterios definidos de forma arbitraria: lengua, raza, etnia… En función del interés de cada grupo, los nacionalismos irán escogiendo aquellos criterios que más les interesen.
  3. La tercera diferencia es el cambio sufrido por el "patriotismo de estado". A partir de 1848 surgen movimientos políticos que relacionan al estado con un poder de clase y por lo tanto se va extendiendo la idea de que la nación política no significa lo mismo para todos. Se erosiona la idea liberal de nación —el pueblo en armas— cuando la gente ve que la policía carga contra huelguistas de su ciudad.

Es evidente que hay cuestiones de carácter técnico que explican por qué este nacionalismo aparece a finales del XIX. Frente a las explicaciones un tanto cogidas por los pelos sobre la subyugación de las nuevas naciones por parte del malvado estado central que muy tardíamente se pondrán de moda, hay explicaciones prosaicas que tienen que ver con la tasa de alfabetización. En ausencia de un estado que vaya cumpliendo sus objetivos de nacionalizar o civilizar a una población principalmente rural y analfabeta, no puede surgir competencia que reclame un estado dentro de ese estado. Paradójicamente los nacionalismos paraestatales nacen en Europa como consecuencia del éxito del estado-nación. En aquellos lugares donde ese éxito es más tardío, esos nacionalismos surgirán de forma más tardía (Albania, Macedonia, países bálticos, etc).

Normalmente se escucha que estos nacionalismos tienen su origen en la aplicación de la filosofía alemana en cada comunidad inventada: no sólo se produce la extensión de los términos e ideas del idealismo, sino que estos los casan con estudios folclóricos, lingüísticos que tienen su lejano origen en la labor de los ilustrados del XVIII. Sorprende que incluso en ausencia de esta tradición intelectual también aparezcan nacionalismos paraestatales. Ahí está el caso vasco, por ejemplo, cuya razón fundamental de existir es el trabajo de propaganda que se puede atribuir en exclusiva a Sabino Arana. Este nacionalismo comparte con el resto su racismo, su historia inventada, sus costumbres imitadas y la reivindicación de una lengua no estatal; pero en ausencia de símbolos nacionales y de incluso nombre para definir a esa comunidad imaginada, este autor se los inventa (ikurriña, Euzkadi). Para el aficionado al estudio del nacionalismo, Sabino Arana es oro puro. Trágica figura que, como Simón Bolívar, en su lecho de muerte acabaría rechazando sus propios postulados.

1894, boceto de bandera de Vizcaya.
Al no existir un conjunto objetivo de normas que establecen la aparición del nacionalismo, su surgimiento es tan plural como movimientos nacionalistas hubo en Europa. Así por ejemplo, el nacionalismo finlandés comienza a ser defendido por la Sociedad de Literatura Finlandesa, grupo formado por una élite sueca que publica en 1835 el Kalevala, que es una antología de la tradición oral de algunas aldeas finlandesas que sus autores consiguieron reunir y adaptar y que hoy pasa por testimonio de una larga tradición lírica que se pierde en la noche de los tiempos.

En las décadas anteriores a 1914, el nacionalismo como fenómeno político tiene carácter explosivo. Según nos vamos acercando al siglo XX, van surgiendo cada vez más y más movimientos de carácter nacionalista. En el Cáucaso, en el Báltico, en los Balcanes, en la costa dálmata… pero también en Francia, en España, en Bélgica, en Arabia y Reino Unido. Sorprende que pese a tratarse de un fenómeno que "mira hacia dentro", sea visto desde fuera como una moda profundamente internacional. Una moda que ni siquiera requería de una élite mayoritaria en un territorio: por esta época también nace el nacionalismo hebreo o sionismo. El sionismo en su evolución no se distinguirá de otros movimientos nacionalistas europeos: así, inventan su bandera, crean un idioma  moderno pese a que los judíos europeos utilizaban mayoritariamente el yidish, etc.


Cualquier repaso a las fuentes primarias de los ideólogos nacionalistas de finales del XIX y comienzos del XX llamará la atención al lector por sus continuas referencias a la cuestión racial. Y no hablo de alemanes, ingleses o escandinavos malvados, los nacionalistas paraestatales españoles que hoy ponen su nombre a institutos de secundaria, a premios literarios y a "centros culturales" dedican páginas y páginas a tratar sobre la peliaguda cuestión del perímetro craneal y el color del pelo. Con esto no quiero decir que quienes hoy reivindiquen aquella herencia política sean nazis. De hecho, el nacionalismo racial aparece antes que los nazis. En la Primera Guerra Mundial eran comunes las apelaciones del gobierno francés para defender la raza francesa de los bárbaros alemanes. Había científicos raciales que incluso explicaban que los alemanes desprendían un olor corporal característico, diferente al de los franceses.

Índice cefálico en "Las razas de Europa" de William Ripley.
La división racial de la humanidad, que nunca fue un tema importante para los ilustrados del XVIII, fue adquiriendo mayor relevancia según avanzaba el siglo XIX. Se trataba de buscar una explicación "natural" de las diferencias entre los pueblos. Incluso entre gente con el mismo tono de piel se desarrollaron complejas jerarquías y categorizaciones de grupos y subgrupos humanos. A partir de la década de los 60, el pobre Darwin llegó para ser usado por estos científicos locos. El nacionalismo pasó así a tener una excusa "científica" de por qué en nuestra aldea somos más guapos y más listos.

Razas europeas en "Las razas del hombre" de Joseph Deniker.
El nacionalismo encontró en el racismo presuntamente científico la excusa perfecta para hacer su triste, lamentable y malvada apología de la diferencia. Hay que decir que seguía habiendo gente seria que rechazaba estas ideas. Pero para la gente menos brillante estas ideas daban una "explicación total" que casaba con los prejuicios que traían de casa. No se tardó nada en aplicar la correlación entre lengua y raza. Y de ahí entre nación y raza. Incluso podemos ver similitudes entre la búsqueda de la pureza racial y la búsqueda de una lengua "nacional" libre de extranjerismos.

Es ésta una época de grandes migraciones, de competencia entre grandes potencias (Triple Alianza en 1882, Entente Cordiale en 1904) y de grandes cambios sociales que se encuentran con la resistencia de grupos tradicionales. Es ésta también una época en que los estados se van democratizando y en que la política se abre paso en la vida de la gente. Todos estos cambios van dejando perdedores en las cunetas, que verán en el nacionalismo la explicación cómoda y total de todo cuanto malo les pasa. Aquí es curiosa una diferencia de España frente a Europa. Los movimientos nacionalistas europeos no estatales adquieren más fuerza en lugares pobres, menos desarrollados, "olvidados" por el gobierno central (fijaos en Austria-Hungría o el Imperio Otomano), sin embargo en España el nacionalismo paraestatal se radica con fuerza en los lugares más industrializados y con mayor renta. Esto se debe a que —en el caso catalán al menos— eran lugares donde había otra lengua (mejor dicho: un conjunto dialectal amorfo, diferente de la lengua mayoritaria del país o nacional, en este caso, del español).

Poder coger un conjunto de dialectos y estandarizarlos para transformarlos en una lengua consistente es uno de los pasos más importantes a la hora de construir una comunidad nacional. Por eso el nacionalismo instrumentaliza el idioma desde el principio: se trata de convertir algo tan íntimo y cotidiano como la lengua en una herramienta que haga apología de la diferencia, que construya un "nosotros" frente a un "ellos". Reivindicar el uso de esa lengua para poder estandarizarla y que se enseñe en las escuelas es lo mismo que reivindicar un estado soberano que pueda administrarse en esa lengua. Es fácil ver que no se trata aquí de un problema de comunicación, sino de una agenda política. En España y en Europa se empezó incluso a inventar topónimos nuevos en lenguas minoritarias para lugares que jamás habían tenido esos topónimos.

Lenguas de Austria-Hungría. Obsérvense las fronteras post-1918.
No era un problema que la gente en su día a día empleara una lengua y no otra. El problema estaba en la oficialidad de la lengua y en la promesa de ascenso social que daba usar una lengua antes que otra. Así, Lloyd George, primer ministro británico, hablaba galés fuera de Westminster y los venecianos seguían usando el véneto en el mercado. Pero para ascender había que usar la lengua relacionada con el poder. Los galeses el inglés, los venecianos el italiano y los finlandeses el sueco. Es más, la interminable masa de analfabetos que poblaba Europa a finales del XIX usaba docenas de idiomas y dialectos diferentes de las  lenguas nacionales. Cuando sus hijos que empezaban a ir a la escuela aprendían el único idioma estandarizado que había en el país, solía ser además la lengua a la que se traducían obras en otras lenguas. El servicio militar obligatorio operó también en este sentido. Era la gente sin medios económicos para poder librarse de ir a filas la que menos alfabetizada estaba y a la que el cuartel le servía de escuela. Las ventajas de aprender la lengua nacional eran obvias para todo el mundo. La gente no sentía un conflicto entre emplear una lengua familiar en casa y en la taberna y emplear una lengua nacional en el ayuntamiento o la comisaría. La lengua nacional daba mayor capacidad de movimiento y por tanto de encontrar trabajo en la ciudad. Podemos descartar que el nacionalismo lingüístico sea algo que "surja del pueblo".

No hace falta rascar mucho para descartar también que ese nacionalismo lingüístico estuviera en la agenda de la alta burguesía. Tanto los industriales polacos que hacían sus negocios en alemán, como los escoceses que los hacían en inglés, podían ver en las lenguas minoritarias una curiosidad sin importancia. ¿En qué estrato social fue entonces donde se acogió el nacionalismo lingüístico con mayor receptividad? Una pista la tenemos en Austria-Hungría. Cuando el conde Badeni le otorgó al checo la misma consideración que al alemán en el gobierno bohemio (1897), las rotativas comenzaron a echar humo. El Casino Alemán de Praga apuntó que hablar checo era cosa de traidores. Y mola que dijeran eso pues en Praga el checo era empleado por el 93% de los ciudadanos. Es decir, los alemanes de Praga —los germanófonos de Praga— se volvieron más alemanes que el bigote de Bismarck. A partir de 1907 se produce la magiarización del reino de Hungría por un decreto educativo que pedía a los alumnos de secundaria dominar el húngaro. Innumerables escuelas eslovacas, serbias, rutenas y rumanas tuvieron que cerrar. Cosa que no agradó a una parte considerable de las clases menestrales de aquellos lugares afectados por la medida.

"Vers la paix universelle". Uh.
Fueron los oficinistas, los abogados, los maestros de escuela, los editores de periódicos provinciales, los telegrafistas y los encargados de las oficinas de correos los que de pronto sintieron como muy importante la lengua de sus padres. Es decir, gente alfabetizada en su lengua minoritaria. Gente que no necesitaba de la lengua nacional para ascender socialmente pues sus relaciones, su mundo de experiencias ya estaba construido en su lengua materna. Entre estas clases medias podía existir un sentimiento de inseguridad o inferioridad pues podían perder su posición ante otros funcionarios foráneos que sabiendo únicamente la lengua nacional realizaran igualmente su labor. Era necesario para estos operarios provinciales proteger de algún modo su medio de vida. En aquellas provincias donde la lengua nacional era minoritaria (Silesia, Rumanía, Croacia, Eslovaquia, Carintia, etc.) el nacionalismo lingüístico prosperó. Todavía no podían saber que esos lugares fueron precisamente los que más movimientos forzosos de población tuvieron que sufrir tras la Primera Guerra Mundial.

¿Qué ocurrió en aquellos lugares donde la lengua minoritaria era tan minoritaria que ni existía una franja demográfica relevante alfabetizada en esa lengua? Las motivaciones de los maestros, telegrafistas y abogados vascos y flamencos no podían ser muy distintas de las de los eslovacos y croatas. Sin embargo, las lenguas que vascos y flamencos empleaban eran las nacionales (español y francés). Entonces, ¿cómo es posible que arraigue el nacionalismo vasco y flamenco? Aquí entra el concepto de resistencia al cambio. En un mundo cambiante, inseguro y poco claro, es reconfortante que algunas cosas no cambien y permanezcan puras y robustas. Como nuestra fe católica.


Ante la inexistencia de un idioma minoritario, la religión puede ser el instrumento que mejor defina a una comunidad nacional. El flujo migratorio se une al proceso de industrialización y al incipiente poder obrero que lleva ligado ideas ateas. Por lo tanto, existe una relación íntima entre que yo pierda el trabajo, que la gente vaya menos a misa y que haya gente venida de fuera (¡el paquete completo, amigos!). Es más, religión, xenofobia e inseguridad en el trabajo serán características de un nacionalismo transversal europeo que empezará a hablar con fuerza de los judíos. Los judíos eran fáciles de culpar de los males de la clase media baja: se les suponía manejando los hilos del nuevo capitalismo internacional, habían matado a Cristo y además, no acababan de "integrarse" (seguían siendo vistos como extranjeros en muchas capitales europeas pese a llevar siglos radicados ahí).

Esto ya es demasiado largo, paro aquí y sigo otro día.

2 comentarios:

David MuGaR 30 junio, 2014  

No hay que olvidar que muchos nacionalismos fueron azuzados y apoyados por potencias extranjeras, fundamentalmente desde Gran Bretaña, para socavar los imperios otomano y austro-húngaro. Es evidente que existía el caldo de cultivo apropiado pero conviene enmarcarlo en la lucha entre imperios que caracterizó el panorama europeo hasta 1945. De las desastrosas consecuencias de las caídas de los dos imperios mencionados no hace falta hablar porque son recientes (balcanes) o rabiosamente actuales (oriente próximo). Y es que pareciera que allí por donde pasan ingleses y franceses crece una hibera muy mala.

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