lunes, 30 de junio de 2014

La lealtad de la clase media en 1914

Nos habíamos quedado en que fue en las clases medias donde con más fuerza arraigó ese nacionalismo separado de la institucionalidad estatal. Un nacionalismo que surge como vía de escape ante un mundo que cambia muy rápidamente y como contención ante amenazas reales o impostadas que en última instancia están relacionadas con el miedo a no tener un plato que llevarse a la boca. Un nacionalismo además, que en aquellos lugares donde hay una importante minoría judía —sobre todo Europa central—, tendrá un poso antisemita no poco irrelevante.

"El germen-huno".
El gran cambio tiene que ver con el complejo proceso de transición del patriotismo de estado —todos somos iguales en una república de ciudadanos— al nacionalismo chauvinista —solamente algunos somos los verdaderos miembros de la nación—. La apología de la diferencia de la que hacen gala los nacionalistas tendrá fuertes componentes reaccionarios frente al carácter internacionalista del movimiento obrero y fuertes componentes conservadores frente al carácter ateo de esos movimientos de clase. En los imprecisos términos políticos habituales, podríamos decir que el nacionalismo se "derechiza".

La lealtad nacional precisa de una continua propaganda.
Eran los tiempos de la Segunda Internacional. Los comunistas, a través de los partidos llamados socialdemócratas, tratan de alcanzar el poder participando en elecciones y volcándose en el juego de los parlamentos burgueses que querían hacer desaparecer. Esto por un lado. Por otro lado, los gobiernos ante las veleidades revolucionarias de las organizaciones de clase, veían con mejores ojos el discurso nacionalista de grupos organizados que al fin y al cabo deseaban lo mejor para el país. Unos y otros trataban de ganarse a ese estrato social en alza formado por la clase media urbana.

¡Que somos enemigos de la patria! Sí; queremos sustituir el mezquino sentimiento de la patria con el inmenso amor a la humanidad, las estrechas y artificiales fronteras por la gran patria del trabajo, por el mundo. No hay otro medio de evitar guerras como la de Francia y Prusia, aunque nos privemos así de héroes como Daoiz y Velarde.

Manifiesto del Consejo Federal de la F.R.E.-A.I.T. de Madrid (17-X-1871)

Pese a que en aquel momento ser comunista y ser nacionalista eran cosas que no se mezclaban (el comunismo era internacionalista), la gente no lleva un libro en la cabeza. Las personas se adscriben a múltiples lealtades al mismo tiempo y así uno podía ser comunista de misa diaria, o militar en un sindicato revolucionario pero odiar con fuerza la "amenaza extranjera".

La charla leal no vencerá al Káiser, a Krupp ni a la cultura, hombres entrenados lo harán. Alístate ahora. (Cartel canadiense de la PMG). Quiero camisetas con este póster.
El estallido de la Primera Guerra Mundial evidencia el fracaso de la idea internacionalista en Europa. Son obreros y miembros de sindicatos los que corren en Francia, Alemania, Austria, Reino Unido e Italia a la llamada a las armas para defender su país. Pese a los continuos llamamientos de los partidos socialdemócratas a no participar en una guerra "burguesa" y pese a los llamamientos de los sindicatos a hacer huelgas en la industria de guerra, estos no obtienen el éxito esperado. No sorprende que para los ideólogos comunistas el choque entre la cuestión social y la cuestión nacional fuera un asunto capital.

Se puede decir que en la guerra del 14 los comunistas fracasan al centrarse en la cuestión social y dejar a un lado la cuestión nacional. Sin embargo, los nacionalistas que pretendían crecer montando movimientos de masa a imitación de los comunistas, sí incorporarán la cuestión social a su programa. Y tienen mayor éxito. La cuestión nacional será resuelta en muchos países de Europa a través de los partidos nacionalistas que incorporaban la agenda social a sus programas. Así, tenemos la Polonia de Józef Pilsduski, líder del Partido Socialista Polaco, que liga la independencia de Polonia al voto de la mujer y la jornada de ocho horas. ERC lo funda Jaime Aguadé, que venía de una escisión del PSOE. Pieter Troelstra, líder del Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Holanda, que falló un poquito al llamar a la revolución socialista en Rotterdam en 1918, venía del movimiento nacionalista frisio.

Mapa de 1914 editado por la Cruz Roja alemana para recaudar fondos.
Para el partido comunista más importante de Europa en 1914, el Partido Socialdemócrata alemán, la guerra era una oportunidad para resolver la cuestión social. El partido, que llevaba años siendo el más votado —aunque por la ley electoral nunca pudo aspirar a mayorías en el Reichstag— controlaba la industria alemana a través de los sindicatos. Sin su apoyo en lo que se conocería como Burgfriedenspolitik, el Imperio Alemán no podría haber participado en la guerra. August Bebel, la figura más destacada en los primeros años del SPD llegó a decir más o menos que estaba en contra de todas las guerras, excepto de la guerra contra Rusia, ya que el Imperio Ruso representaba la peor cara de la explotación al trabajador y de las viejas costumbres (Bebel era un revolucionario en el sentido clásico del término: pionero en la defensa de los hotentotes de las colonias e incluso estaba en contra del matrimonio). Cuando el SPD dio la orden de no hacer huelgas y aprobó en el parlamento la emisión de deuda de guerra —«en este momento de necesidad no podemos dejar a la patria de lado», diría Hugo Haase, líder de una facción del SPD—, el emperador Guillermo II comentaría: «ya no veo partidos políticos, sólo alemanes».

El problema para los comunistas europeos vino con el "triunfo" de la revolución bolchevique. Pongo "triunfo" entre comillas, por que los bolcheviques tan solo aprovecharon el vacío dejado por la pérdida de poder del gobierno sobre el ejército. Es más, hasta bien entrada la década de 1920, no existió en Rusia algo parecido a un gobierno. Digo que esto supuso un problema porque ahora la revolución parecía que podía hacerse. Las consecuencias se vieron en toda Europa, con proclamaciones de repúblicas soviéticas por toda la geografía, pero de forma más importante en Alemania, con el cambio de parecer del SPD y el triunfo de las tesis espartaquistas (contra la guerra y a favor de la revolución). ¿Por qué esto es importante en el tema que nos ocupa? Porque quiero destacar que los comunistas no proclamaban la revolución internacional, sino estados revolucionarios en cada nación.

La "Europa de Wilson" trató de hacer coincidir las fronteras de las lenguas con las fronteras de los nuevos estados. Es decir, el mayor triunfo del nacionalismo se alcanzó con los 14 puntos de Wilson. Los 50 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial apuntan a que tal vez el nacionalismo no sirva para resolver los problemas políticos.
Ah, pero estas proclamaciones no se dieron en todas partes, sino solamente en los estados que perdieron la guerra. Los ganadores de la guerra dividieron los imperios perdedores y trazaron nuevas fronteras que coincidían con las reivindicaciones de las minorías nacionales (Polonia, Checoslovaquia, países balcánicos, países bálticos, etc). Estas minorías nacionalistas, al ver colmadas sus aspiraciones, crearon un muro de contención frente a la revolución. Sin embargo la revolución apareció (principalmente) en Alemania, Austria, Hungría e Italia. Países que no vieron resueltas ni la cuestión social, ni la cuestión nacional y donde esa clase media perdedora fue más perdedora que nunca (reparaciones de guerra, crisis del 29, etc).

Pero del re-dibujo de las fronteras hablaré en otra ocasión.

Vaya, tenemos un muchachito nuevo en el vecindario (Munich, 2-VIII-1914).
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