sábado, 7 de junio de 2014

Hacer nuestra la lucha contra la discriminación

Una de las cosas más complicadas de comprender para quienes rechazamos la discriminación de nuestros congéneres por cualquier circunstancia personal es la imposibilidad de mucha gente de aprender. De que les entre en la cabeza que la tortura, la esclavitud, el insulto, la difamación, las injurias, el secuestro, la persecución y la carencia dirigidos contra grupos humanos por razones excusas específicas nos denigra a todos.

Los partidarios de la libertad sí entendemos que haya que continuar peleando. Si algo demuestra la historia, es la capacidad infinita del ser humano para provocar daño a sus semejantes. La característica esencial de la batalla por ganar la dignidad de todos los seres humanos es que nos compete a todos. Yo lamento profundamente que por el interés de unos y la desidia de otros, la lucha contra la discriminación sea bandera de grupos concretos y no de todos. Por eso de vez en cuando está bien recordar que el fin es compartido y que no puede significar redención propia, sino alivio para nuestros descendientes.

Uh.
Es un error que quienes nos sigan hereden nuestros conflictos. Cada día trae su afán, y a los problemas que nuestros hijos y nietos tendrán que enfrentar no debemos sumarles los nuestros. Esto no es sencillo. Nadie dice que lo sea, aunque algunos proclamen entre humo de marihuana y sonido de bongos, que es tan sencillo como amarnos los unos a los otros. Nunca ni "el peso de la historia", ni la fuerza de la gravedad, ni el "buen rollo" sirvió para erradicar focos de discriminación. La lucha contra la discriminación y la persecución implicó en el pasado una larga acción pedagógica y en inevitables ocasiones el empleo de las armas.

Una de esas ocasiones fue la Guerra de Secesión americana. Tras esa guerra, la abolición de la esclavitud fue un hecho jurídico, pero la discriminación y la esclavitud —encubierta por innumerables métodos— continuó cien años más. La discriminación racial pegó tan fuerte que era cotidiano aceptar un racismo de fondo. Un racismo mínimo. Un "yo no soy racista, pero". En las expresiones de cultura popular, nos llegan a nuestros días ecos de aquel tiempo.

Rastus, tía Jemima y tío Ben

A finales del XIX, con el nacimiento de la publicidad moderna, algunas marcas utilizan como reclamo la nostalgia del viejo sur. Una nostalgia romántica, cálida y rural, que nos evoca un pasado en el que nada cambiaba, en el que todo estaba en orden, en el que no había prisas. Esta publicidad utilizó personajes estereotipados de la legalmente extinta sociedad esclavista.


Rastus, el estereotipo de joven negro que come sandías y roba gallinas, era la imagen de "Crema de trigo", una marca de gachas aparecida en 1893 en Estados Unidos. ¿Era? No, sigue siendo. Hoy en día esa marca continúa en B&G Foods, gran empresa del sector de la alimentación que endulza los desayunos de los hogares cristianos americanos desde hace la tira de años.

Anuncio en la revista Woman's Day del 1-III-1948

Portada de disco en 1899.
Tía Jemima, estereotipo de mammy en los minstrels americanos. El minstrel es un género de variedades que intercala comedia musical y gags interpretados originalmente por actores blancos con la cara pintada de betún. Tía Jemima se convirtió en una marca registrada por Quaker Oats Co. en 1937. La primera actriz en poner su cara para vender estos pancakes y gofres fue una mujer que nació esclava. Hoy en día esa marca está en propiedad de PepsiCo, conglomerado de la alimentación que incluye otros productos divertidos y para toda la familia como Pepsi, Lay's, Ruffles, Doritos, Cheetos, etc.

El viejo y fiable tío Ben con un campo plantado detrás.
El tío Ben, recuerda a la forma en que se denominaba al mayordomo negro de los hogares esclavistas. Un apelativo familiar que colocaba a esa persona en la cima de la jerarquía de los esclavos de la casa. La marca "tío Ben" acompañada de la cara de un afable anciano, sirvió durante los últimos 80 años para vender arroz vaporizado. Hoy en día esa marca continua bajo la propiedad de Mars Inc., conglomerado de la alimentación conocido por vender barritas de chocolate como Twix y comida para animales como Whiskas.

Como nota curiosa, como vivimos en la rápida y astuta modernidad, al viejo mayordomo la compañía lo quitó de servir la mesa de los señores y le dio un despacho:

Me gustaría haber asistido a la reunión de marketing que actualizó al tío Ben. Con un lanzallamas.
Una larga y triste historia

En Estados Unidos mucha gente sigue este tema. Y no me extraña. Multitud de asociaciones y una gran cantidad de estudios académicos sobre racismo y discriminación tienen trabajo hasta el infinito. Y más allá de la discriminación racial, por supuesto: existe una triste historia de discriminación contra la mujer, los homosexuales, las minorías religiosas, los discapacitados, los enfermos mentales, etc.

Dejando a un lado las reclamaciones políticas o los intereses partidarios que acompañan la labor de estas asociaciones, creo que es saludable poner sobre el tapete la explicación del origen de ciertas empresas y de ciertas fortunas personales. Por ejemplo, todo banco americano creado antes de la Guerra de Secesión se benefició del comercio de seres humanos. Toda agencia de seguros con origen en el XIX pagó compensaciones a los amos por perder esclavos. Todo el tema de comercio de esclavos fue más allá de las fronteras de Estados Unidos. Cuando a los ingleses se les llena la boca señalando el trabajo esclavo en las fábricas alemanas durante la SGM, bien podrían mirar hacia sus propios bancos y empresas de transporte que desarrollaron un papel esencial en el tráfico de seres humanos durante la primera mitad del XIX y que iniciaron gracias a los beneficios de ese comercio, su historia financiera de éxito.

Cuando esto te toca, deja de ser gracioso.
También es necesario, creo, poner sobre la mesa lo equivocado de una visión simplemente maniquea. Durante el tiempo de la esclavitud en el Viejo Sur, los negros libres también eran en gran proporción dueños de esclavos (del 43% en Carolina del Sur al 20% de Alabama). A su vez, entre las tribus indias, principalmente los Cherokees eran dueños de esclavos tanto indios como negros. Y una cosa por la que suele pasar de puntillas la literatura americana cuando trata el tema: muchos esclavos escapaban al norte, sí, pero otros tantos lo hacían a territorio español (y después a México).

Hay gente que dice que el racismo es la expresión de un grupo dominante hacia un grupo sin poder. Esta gente suele tratar el tema desde una perspectiva esencialmente política e inspirada por principios marxistas (la lucha racial vendría a ser otra faceta de la lucha de clases). Esto no me cuadra porque nunca las luchas del hombre han sido luchas entre grupos disjuntos. En In the name of hate, Barbara Perry nos cuenta cómo hoy en día existe racismo entre población no blanca dirigido a grupos no blancos. Así, negros, hispanos y asiáticos tienen peor visión de los otros dos grupos que de los blancos. Sirva esto para introducir lo complicado de tratar el tema y lo equivocado de calcar la lucha de clases.

Guerras raciales 

Campamento de refugiados en Chad. Desde lejos no parecen personas, y si en otro canal ponen una peli buena ya ni te cuento.
Hace cincuenta años Occidente trató de despejar la cuestión del racismo aplicando el principio de igualdad y haciendo que las leyes trataran a todos por igual. En los últimos años hay profesores como Glenn Loury que apuntan a que esto tan solo tapa el problema, pero no lo soluciona. Esto es lo que ocurre cuando en el mundo árabe se trata del tema. Ningún país árabe reconoce la existencia del racismo, al fin y al cabo, siempre ha habido minorías en esos países, tanto raciales como religiosas. Desde Occidente vemos los conflictos de esos países como expresión del fundamentalismo religioso o como expresión de la miseria. Sin embargo Saddam apuntó directamente a los kurdos, los negros fueron los primeros en caer en la guerra civil libia, los no árabes son los que mueren levantando rascacielos en Dubai y el conflicto sudanés (que se está llevando por delante Chad y República Centroafricana, y que ya se ha llevado por delante a medio millón de personas) no es precisamente un conflicto religioso, sino una guerra racial. Pero como todos somos iguales, como Occidente se siente mal en el tema racial y como además la excusa religiosa la entendemos mejor, ignoramos que estos conflictos están basados en la discriminación racial.

We still curse each other using "you’re Jewish" or "you’re Kurdish", this is also racial and religious discrimination. Watch any Egyptian sitcom and tell me about the image of the Sudanese character. Listen to the Tunisian jokes about the Libyans or jokes about people from Hums in Greater Syria. We are racists to the bones. Attempting to hide or silence this fact will not help with the matter because we are a sick society which still suffers from the complexes of color and race.

Si Occidente empieza a ver las atrocidades del mundo árabe como conflictos raciales, la pelota volverá a nuestro tejado. Y eso se está evitando por todos los medios. A mí lo de "ocultar la raza" en el tema de la discriminación me toca muy de lejos: Galicia tiene un 0,2% de población de origen africano. Vemos por la calle a un negro y todavía nos parece novedoso. El caso es que esto está muy a flor de piel en gran parte del mundo (no menciono Extremo Oriente porque aquello es, generalizando, un diario plebiscito hitleriano).

Yo me pregunto si tratar de ocultar el tema es útil. Todos sabemos que si las niñas secuestradas por Boko Haram fueran rubias de ojos azules el tema ya estaría resuelto. La lucha por los derechos civiles y la labor pedagógica de las asociaciones contra el racismo han conseguido que cuando vemos en una película al KKK a todos nos produzca aversión. Sin embargo, vemos en youtube a un fulano de Boko Haram y nos volvemos locos con conflictos religiosos extraños, conspiraciones de multinacionales malvadas, explicaciones muy locas sobre estados fallidos, etc. Pues qué queréis que os diga, a lo mejor hay que darle un par de vueltas al tema.

Conclusión

Campaña de la ONU contra la discriminación contra la mujer.
No hay conclusión. Solamente algún apunte: la discriminación como excusa para medrar, el peligro de dejar captar el discurso anti-discriminación por grupos concretos, la errónea consideración de que lo que pase a tres mil kilómetros no es cosa nuestra, la facilidad con la que en Europa el discurso discriminatorio encuentra asiento, el bajar la guardia. El flaco favor que nos hacemos al enarbolar la bandera de "son sus costumbres y hay que respetarlas". No, no hay que respetarlas, hay que combatirlas y hay que educar a la gente. No toda consideración sobre el ser humano es igual.

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