domingo, 26 de enero de 2014

Una historia de la derecha española

La llamada Cultura de la Transición logra que la Transición política española esté de permanente actualidad. Esto es de esas cosas difíciles de definir pero que explican en buena medida la parte de anormal o subnormal que tiene nuestro país, que en otras muchas cosas es un país bien y homologable a cualquiera de su entorno. Es más, en muchas cosas podemos ir con la cabeza bien alta. Otro tema es que nuestros cancilleres no muestren esa actitud. Me estoy enrollando.

Seat 131, Coche del año en España. Importante, no importado.
Con el sistema de partidos de los últimos treinta y cinco años haciéndose pedazos a cámara lenta, conviene tratar de separarnos del presentismo de la Transición chiclosa y pegajosa y observarla como quien observa a Pepe Botella o a Fernando VII (el subconsciente me hace poner estos ejemplos). Al decir «chiclosa y pegajosa» parece que me sitúo del lado de los jipis que quieren prenderle fuego a cosas y no es así. Con la Transición me pasa como con la UE, mantengo distancias y una actitud crítica no dejando de reconocer alguna cosa buena que tienen. Pero como apologistas hay muchos, prefiero acentuar la crítica, que es algo muy sano cuando quieres curar una enfermedad (ups, otra vez el subconsciente).

Hoy hablaremos de ese maravilloso mundo en blanco y negro de gente sin sentido de la estética que hizo aparecer la derecha actual en España. Esta historia la empiezo en la guerra del 36 pero podría empezarla en la guerra de Cuba o cien años antes. El caso es que tras la guerra, la oposición a Franco, aparte de versos sueltos en el exilio, la monopoliza el PCE con la insurgencia en los montes. Tras la Segunda Guerra Mundial, el PCE recibe órdenes de Moscú de dejar la lucha armada y practicar el llamado «entrismo». Años antes de morir Franco, el PCE mediante Comisiones Obreras ya controlaba el Sindicato Vertical, una de las instituciones más importantes del régimen. Como digo, palma Franco y el PCE parte con la principal infraestructura, militancia, conocimiento del país y recursos para ser la oposición a los burócratas del régimen (que se suele dividir entre búnker y reformistas, para darles una pátina de respetabilidad a unos y condenar a otros). Mientras en el PSOE unos bachilleres son aupados por sus colegas alemanes y franceses, los del PCE empiezan a recibir a los cuadros del exilio, que vienen con la movida nostálgica de la Segunda República en la cabeza. Quienes llevaban en el PCE 20 años trabajando para Franco ya han reunido un buen capital, se compran una corbata y dejan la dirigencia a los revolucionarios. Así, tenemos en la izquierda a un PSOE en ascenso y a un PCE en descenso liderando lo que se conocerá como Coordinación Democrática, que era el nombre bajo el que la oposición al ya régimen del general Juan Carlos (ups) negociaba con el gobierno. Con este párrafo os acabo de ahorrar miles de páginas de sesuda basura romántica literaria. De nada.

Aquella casa común de aquella jaula de grillos

Menos conocida es la historia de la derecha a partir de la muerte de Franco cuando empiezan los movimientos políticos para dar respuesta a la voluntad del general Juan Carlos y su valido Adolfo Suárez de que se establezca algo parecido a una democracia en España para así poder entrar en el Mercado Común, que era el principal objetivo político perseguido por España desde el Tratado de Roma (¿veis? cuando se saca el presentismo de la ecuación de la Transición, se puede hablar en términos históricos). La historia de la derecha en España a partir de 1975 es una historia que se escribe en los restaurantes más caros de Madrid. Restaurantes en los que todo el mundo se conoce y los camareros cobran un doble sueldo como confidentes de Fraga primero y de Martín Villa después.


Restaurante La Criolla, a la hora en la que empieza a hacer rasca. Ruiz Giménez y Gil Robles cenan con Garrigues Walker y FernándezOrdóñez. Ante la posibilidad de que haya elecciones en España, los dos primeros comunican su intención de formar un grupo demócrata-cristiano que vaya por libre. Así, obligan a los otros dos a definirse de forma negativa respecto a ellos.
  • Garrigues forma la Alianza Liberal, constituida por la Federación de Partidos Demócratas que él mismo dirige, por la Unión Española del liberal monárquico Joaquín Satrústegui y por el Partido Liberal de Enrique Larroque.
  • Francisco Fernández Ordóñez junto a José Ramón Lasuén forma la Federación Socialdemócrata y le ponen ojitos al PSP de Tierno Galván, quien pasa bastante de su rollo.
Estos tres grupos buscaban crear partidos que sin tener mucho que ver con la oposición de la izquierda, tampoco estuvieran relacionados con un gobierno que consideraban ilegítimo. Pero el propio gobierno tampoco se quedó quieto. Con Arias Navarro todavía en la presidencia, se produjeron múltiples reuniones para tratar de llevar a la gente de ese gobierno a un partido que ganara las elecciones de calle. Cuando el rey le da a Suárez la presidencia, estas reuniones continuarían. Políticamente se trataba de mantener el régimen franquista con un cambio electoral en las Cortes que en lugar de tener tercios, tuviera partidos políticos.

Suárez, Fraga, Cabanillas, Areilza, Calvo Sotelo, Martin Villa y Rosón contaban ya con el esquema de un Partido Popular que empezó a funcionar y hasta realizaría un congreso en febrero del 77. Este Partido Popular aunaría al gobierno de Suárez con la Unión del Pueblo Español de Francisco Abella, el Grupo Parlamentario Independiente de David Pérez Puga, la Unión Nacional Española de Fernández de la Mora y Calvo Sotelo, la Asociación para el Estudio de Problemas Actuales (me mola el nombre) de Enrique Tomás de Carranza entre otros.

Fraga dice no

Para finiquitar ya la formación del Partido Popular, Cabanillas y Areilza quedan a cenar con Fraga en el restaurante El Bodegón. Y allí Fraga, en lugar de decirles que sí, les dice que él va a fundar una cosa que se llamará Alianza Popular y que los pimientos de Padrón uns pican e outros non. Es más, tiene la intención de fundar Alianza Popular con la gente con la que los de Suárez habían hablado previamente y con tecnócratas del régimen como López Rodó. En ese momento Suárez no sólo se queda sin el apoyo de Fraga, sino sin el apoyo de la mitad de la gente con la que había establecido contacto. Y encima tendrá de competidor a un grupo fuertemente establecido en el régimen, con lo que ello supone. Para acabar la broma, es Fraga quien propone a la gente del gobierno que se incorpore a su grupo político.

Fraga, fragueando.
¿Qué tenían en mente Suárez, Cabanillas y los demás? Difícil saberlo pero sin duda cogitarían varias ideas: por una parte, era de prever que Fraga arrasara, por otra parte, esa Alianza Popular era la que representaba el franquismo del que se querían deshacer. Distinguirse del equipo de Fraga políticamente les alejaría de una derecha llamada a encontrarse pero a corto plazo les posibilitaría una oportunidad de acercarse a grupos progresistas. Eligieron la segunda opción y se fueron a hablar con demócrata-cristianos, liberales y socialdemócratas.

La invención del centro

Pero estas familias se llevaban aparentemente como perros y gatos. No ya entre ellas sino dentro de esos mismos grupos. Así que la fórmula que eligen los enviados de Suárez es la de hacer un conjunto disjunto. Un grupo en el que las diversas corrientes disjuntas se presenten juntas. Así, Pío Cabanillas va de restaurante en restaurante entrevistándose sucesivamente con Garrigues, Areilza, Marcelino Oreja, Fernández Ordóñez, etc.

Durante el otoño del 76 se van presentando sucesivamente los partiditos de cada uno y el 1 de diciembre se presenta el Partido Popular. Ante la definición explícita de AP, PSOE y PCE, existe un espacio que dan en llamar «centro», palabra que por si no queda suficientemente penosa la empiezan a apellidar «democrático». En la presentación del Partido Liberal de Enrique Larroque, Satrústegui es la nota discordante y clarividente al reclamar una unión entre liberales para no verse disminuidos por socialdemócratas y democristianos. Pero ya estaba todo firmado. Cabanillas en la presentación del Partido Popular habla de hacer una Constitución en la que «quepan todos» y añadirá que gastarán «todo el dinero que haga falta para ganar las elecciones». He aquí la clave del sistema de gobierno en España.

En las Navidades de 1976, los «tácitos» de Cabanillas, los liberales de Garrigues y los socialdemócratas de Fernández Ordóñez se unen en un pastiche que llaman Centro Democrático. Durante el invierno del 77 los democristianos estarán en un tira y afloja ante la decisión de unirse o no al pastiche. Leo que la principal reticencia provenía de Gil Robles que quería ver constituirse un grupo democristiano homologable a los de otros países. En caso de formarse la Democracia Cristiana, muchos de los incorporados a Centro Democrático se desbandarían (incluso alguno de sus principales impulsores como Álvarez de Miranda), esto podía provocar un efecto en cadena que también separara a los socialdemócratas de Ordóñez de los liberales de Garrigues. El proto-partido que en tres meses ganaría las elecciones estaba unido literalmente con chicles y alambres.

Citroën CX. Coche del año en España en 1977.
Y de ahí la campaña en prensa durante el invierno y la primavera del 77. Todos los esfuerzos se centraron en impedir la aparición de un partido demócrata-cristiano: la distinción entre voto católico y voto de los católicos, el llamado «taranconazo», etc. El catolicismo deja a la conciencia particular de cada cual la elección del voto y además la Iglesia no está para meterse en política. Gil Robles acabaría presentándose por Salamanca, obteniendo menos del mínimo electoral y lleno de deudas por la campaña. A esas alturas, en España, los fusilamientos ya eran democráticos.

Se llama "encuesta"

Día de San José de 1977, cena con copa y puro en casa de Ruiz Navarro, asisten los tácitos y los hombres de Suárez para informarse de las encuestas electorales que organiza la presidencia del Gobierno y para hablar del pulso de Areilza que no ocultaba su intención de establecer un gobierno de coalición en España junto al PSOE. Las encuestas son claramente favorables a Fraga y sus nostálgicos con un 40% para Alianza Popular, un grupo que aceptaba ciertos formalismos democráticos pero que nunca tuvo intención de elaborar una constitución ni mucho menos aceptar la legalización de grupos con obediencia extranjera o secreta. Después estaba Centro Democrático con un 20% y el restante 40% se lo repartían el resto (los partidos de Coordinación Democrática todavía reclamaban la legalización del PCE y ninguno aparecía en las encuestas). La correlación de fuerzas en la derecha pintaba dos a uno a favor de Fraga y en contra de Suárez. Adolfo Suárez por su parte tenía dos motivos para sacarse de encima a Areilza. El primero, él era la única persona capaz de mantener cohesionada aquella derecha democrática que llamaban «centro», el segundo, pactar un gobierno con el PSOE era tragar demasiado para la mayoría. A los cuatro días de aquella reunión, el 23, Areilza dimitía de vicepresidente del Partido Popular y por tanto abandonaba Centro Democrático. A partir de entonces Suárez sería cabeza de lista por Madrid sin discusiones y líder del «centro» sin que nadie le chistara, a cambio, el presidente del gobierno pondría todos los recursos del estado a fin de darle la vuelta a aquella encuesta que apuntaba a Fraga como líder indiscutible de una derecha no homologable a la europea y tal vez de todo el país.

Nuestro voto a Cataluña.
Centro Democrático empieza el 3 de abril la precampaña. Pío Cabanillas, candidato por Orense, es recibido en Alicante con gritos de «fascista». Dudo que la gente que gritaba aquello conociera las encuestas que manejaban los políticos. Sea como fuere, la estrategia de mítines abiertos al público cambió totalmente. Luego estaba el problema de las listas. Cada presidente de cada mini-partido integrado en CD quería que le colocaran en una posición que según las encuestas le garantizara un sueldo. La respuesta de los hombres de Suárez era casi siempre la misma: «tú no, que tú fuiste ministro de Franco, ya cuando ganemos te damos algo». Los de Alianza Popular nunca tuvieron ese problema con las listas.

Calvo-Sotelo como el Alfonso Guerra de la derecha

Hoy esas gafas vuelven a estar de moda.
A finales de abril Leopoldo Calvo Sotelo dimite de la cartera de Obras Públicas para organizar la campaña y las listas. Reúne a los principales dirigentes de CD y les plantea en el Centro Serrano un ultimátum: hay que ganar a Fraga y para ganar a Fraga vamos a usar la imagen del presidente. Les enseña a Miranda, Garrigues, Ordóñez y los demás un plan de campaña con un nuevo nombre para Centro Democrático: «Unión de Centro». Quienes allí estaban y se encuentran con todo el percal montado, los créditos concedidos y las promesas firmadas, tan solo logran obtener como contrapartida que el partido se llame «Unión de Centro Democrático». Quien más alzó la voz debió de ser Enrique Larroque, del Partido Liberal, que se quedó fuera del proyecto, ninguneado por la apisonadora mediática de Suárez y que acabaría siendo fagocitado por la AP de Fraga un lustro después. A aquella reunión que lo cambió todo, asistieron los llamados «alienígenas», paracaidistas de provincias sin cuya presencia la UCD no podría presentarse en todo el país: Manuel Clavero del Partido Social Liberal Andaluz, Federico Olarte de Unión Canaria, Antonio Pérez Crespo de la Unión Demócrata de Murcia, Enrique Sánchez de León de Acción Regional Extremeña y José Luis Meilán del Partido Gallego Independiente entre otros. Todos o casi todos los alienígenas si bien no fueron ministros de Franco, sí secretarios de sus ministros, subsecretarios o directores de negociados.

Una semana después, el 3 de mayo, Adolfo Suárez se autoconcede más de media hora en el único canal de televisión del país —que además trabajaba para él— para presentar formalmente su candidatura a  las elecciones del 15 de junio del 77. Se estima que aquella campaña de la UCD reunió entre donaciones y créditos bancarios tres mil millones de pesetas ¡de las de 1977! Al final las listas las elaboraron Calvo Sotelo, Suárez y pocos más (en algunas provincias iba de cabeza de lista personas que iban en otros puestos de las listas del PSOE). El resultado de las elecciones cogió a no pocos por sorpresa: AP y el poso franquista eran minoritarios en España (cosa que tal vez es una mala interpretación política cuando se piensa en aquellos tres mil millones de la campaña), el gran partido de la izquierda no sería el PSP de Tierno Galván, sino el PSOE y los comunistas se quedaron muy por debajo de lo que su actividad hacía prever.

Hay varias lecciones fundamentales de esta historia que habrán de ser desarrolladas en su momento: la importancia del dinero en campaña, lo decisivo del liderazgo y la importancia para la derecha española de contar con presencia regionalista. En resumen: dejarse de cenitas en restaurantes de Madrid.


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