viernes, 9 de agosto de 2013

Japoneses en Colombia durante la Segunda Guerra Mundial y política exterior española

Los inmigrantes de Fukuoka que se establecen en la finca El Jagual, en Corinto, no sólo eran solteros dispuestos a trabajar unos años y regresar a Japón. Había familias completas, que tras varios viajes establecieron una colonia agrícola. Estos viajes tuvieron lugar en las décadas de los 20 y 30 del siglo XX. En general se debe esta emigración a los trámites que Yuzo Takeshima hizo en representación de la Compañía Imperial de Emigración a Ultramar.

Hay que saber que por aquellos años había una importante colonia japonesa en Perú, pero de Colombia pocos nipones conocían nada. Es cuanto menos sorprendente que estas familias llegaran a un lugar desconocido, se asentaran y prosperaran. En Cauca (el departamento colombiano donde está Corinto) la gente se dedicaba principalmente al pastoreo. Los japoneses lo que hicieron fue dedicarse a la agricultura intensiva. La colonia no se relacionaba con sus vecinos si no era comerciando, así, se llegaron a extender los cultivos de frijoles por granjas colombianas (¡era un buen negocio!). A esta pequeña prosperidad de los años 30 le acompañó la general aceptación de los nuevos y extraños vecinos.

Familia Emura de la colonia Jagual en Corinto - Cauca. (Biblioteca Departamental Jorge Garces Borrero, 1942).
Comenzada la Guerra Mundial, el gobierno colombiano decidió echar un ojo a esta colonia de japoneses. Comenzaron las investigaciones de la Policía Nacional, en un contexto en el que los Estados Unidos estaban preocupados por el futuro del relativamente cercano canal de Panamá. Los debates en el Congreso colombiano de aquella época son testimonio del prejuicio y ojeriza puestas al servicio de los intereses norteamericanos. Así, las llanas plantaciones eran convertidas en pistas de aterrizaje en boca de ciertos diputados. Las trampas para mariposas, se convertían en balizas de posicionamiento. La contrainteligencia colombiana llegó a disfrazar a sus agentes de operarios de la compañía eléctrica y los metió en la embajada japonesa en busca de radiotransmisores.

Familia Kurathumi en Corinto - Cauca. (Biblioteca Departamental Jorge Garces Borrero, 1932).
Una vez que se produjo el ataque a Pearl Harbor, Colombia, como otros países americanos, colaboró en la rotura de relaciones diplomáticas con Japón y en la expulsión de sus diplomáticos. La repatriación de los diplomáticos japoneses que estaban en América es una historia digna de contar. Si los japoneses debían de volver al Imperio, los americanos que estaban en Japón a su vez debían de regresar a América. El intercambio parece que se produjo en la neutral tierra portuguesa de Mozambique.

Una vez que los súbditos del Eje se quedaron sin representación diplomática, al igual que el resto de países americanos (a excepción de Chile y Argentina), bajo petición norteamericana, Colombia los detuvo a todos y los concentró bajo vigilancia. En concreto a los casi 200 alemanes y japoneses los metió en el hotel La Sabaneta en la ciudad de Fusagasugá (Cundinamarca). Aquí viene lo bizarro. ¡Si no hubiera algo bizarro no os estaría contando esto!

Foto en La Sabaneta.
El ministerio de Exteriores del Imperio pidió al gobierno español que se encargara de velar por los intereses de sus súbditos. España, en aquel tiempo era un país no beligerante que tenía buenas relaciones con las potencias del Eje (División Azul, toma de Tánger) y cuyo obsesivo anticomunismo nunca llegó a ser mal visto por los occidentales. Así, Gonzalo de Ojeda y Brooke, un veterano diplomático encargado de los asuntos de España en Colombia, pasó a tomar posesión de los bienes de la embajada nipona y el gobierno japonés comenzó a enviar remesas al ministerio de Exteriores en el madrileño palacio de Santa Cruz para que se cuidara de sus súbditos retenidos.

ABC del 26 de junio de 1956.
Gonzalo de Ojeda, hijo de un ministro de Exteriores de la Primera Restauración (y padre de Jaime de Ojeda que también sería embajador en EE.UU.), había sido embajador durante la Segunda República. El fallido golpe del 36 le pilla en Costa Rica y toma partido por los sublevados. En el Archivo General de la Administración se guardan las cartas que durante su servicio por toda América envía a su hermana. En ellas se ve que es un profesional que cumple de forma escrupulosa con su deber. Apunta personalmente los gastos que ocasionan los japoneses y procura que no se meta la mano en la remesa que envía cada mes Tokio. Gonzalo, en sus visitas al hotel/campo de concentración entabla cierta relación de amistad con Yuzo Takeshima, que se había convertido en "el tío".

Un pequeño inciso para introduciros a mi teoría de "el tío". Cuando todo se derrumba, cuando la policía deja de estar de tu parte, cuando no es fácil conseguir alimentos, siempre aparece un tío. Con ese tío es con quien hay que hablar. Ese tío es el que arregla los asuntos, el que mira por ti, el que pone fin a los conflictos, etc. Continúo.

En 1942, el Imperio de Japón conquista las Filipinas. Ese país tenía una muy importante colonia de españoles y de chinos. Los japoneses les dan candela a los chinos, pero en principio dejan en paz a los españoles (un montón de misioneros, refugiados de la Guerra Civil y otros españoles que llevaban viviendo allí los últimos cinco siglos).

Moneda de las Filipinas ocupadas por los japoneses.
Con la campaña americana de conquista de las Filipinas a comienzos de 1945, los japoneses emplean el recurso de la tierra quemada y de los escudos humanos a lo bestia. No sólo eso, sino que como los españoles colaboraban con los americanos, a los nipones no se les ocurrió nada mejor que masacrar a la población civil: fusilamientos en masa, incendios de edificios con gente dentro, demolición de iglesias, etc. Al gobierno español esto no le gustó mucho: cortó relaciones con Japón e incluso se planteó una declaración de guerra. Algo que hubiera sido más que interesante porque la España que ya se inclinaba a favor de los aliados (cuando era evidente que estaban ganando la guerra), hubiera salido no sólo indemne de la guerra (era la primavera de 1945), sino que además, en el bando de los vencedores.

Ruinas del hotel La Sabaneta. En aquel entonces propiedad de un tal Joaquín Palou, español.
Total, que tenemos a Gonzalo de Ojeda delante de un hotel en medio de Colombia rascándose la cabeza y preguntándose qué demonios iba a hacer ahora con los japoneses. Por teléfono, Madrid le decía que pasara el muerto a los suecos. Los suecos, esa gente tan neutral como civilizada sin cuyo permiso de paso del hierro noruego la Alemania nazi hubiera durado dos semanas, dijeron que ya bastante tenían con aguantar el selvático calor y pasaron del tema. Así que Gonzalo llamó a los suizos, gente amable y neutral en cuyos depósitos bancarios todavía encuentras restos de encías de judíos. Estos aceptaron, Gonzalo echó cuentas y les dio el dinero japonés y las llaves de la antigua embajada japonesa. Hasta el fin de la guerra poco sabemos de lo que pasó con aquellos japoneses. Cuando fueron liberados, al regresar a su colonia en Corinto, lo vieron todo tan abandonado que dejaron de dedicarse a la agricultura y se repartieron por diversas ciudades.

Reunión de japoneses en 1954 (Biblioteca Departamental Jorge Garces Borrero).
A Gonzalo lo nombraron embajador en Tokio.

Hoy pervive una sorprendente comunidad colombojaponesa en Colombia.

Hollywood no hará ninguna película sobre esto.

Más:
  • Imágenes de los japoneses en Colombia - Universidad Icesi, Santiago de Cali.
  • José Ángel Hernández García - La colonia japonesa en Colombia durante la Segunda Guerra Mundial y la protección de sus intereses por la Embajada española. Revista de historia contemporánea nº 36. (PDF).


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