domingo, 28 de julio de 2013

Sentimiento nacional como cortina de humo

En su célebre Canción del pirata, Espronceda dice que la patria del marino es el mar. La gente de tierra lo tiene más complicado. Hasta hace nada, la patria de una persona era su casa, el huerto, el campanario y la plaza del pueblo. Una patria reducida que respondía a un conocimiento reducido del mundo. Todo lo que necesitaba una persona lo encontraba en su parroquia. La llegada de buhoneros los días de feria ampliaban la imagen del mundo.

Todo sabe a pollo.
Ah, pero el mundo cambió. Con la extensión de la educación reglada y la traducción de obras extranjeras, se pusieron de moda conceptos que pasaron a ser de uso ordinario. Que nadie sea capaz de definir estos conceptos sólo los hace más atractivos para el indocto. Cuanto más hermético sea el conocimiento, menos gente lo dominará y su manejo —dentro del desconocimiento— será muestra de inteligencia y de vivir en un plano superior. Este intento de suplir carencias, este orgullo malsano y la cotidiana hipocresía tejen una madeja de conceptos y sintagmas que por sí mismos crean toda suerte de ingenierías mentales y requiebros encefálicos.

Así, una señora se sube a un estrado, agarra un micrófono y dice «no podrán con la voluntad de ser del pueblo». La gente, en lugar de levantar la mano y preguntar qué quiere decir, aplaude. Como en el traje nuevo del emperador, nadie quiere aparentar ser idiota. Todo el mundo da por supuesto que el de al lado sabe de lo que habla. Yo os aseguro que nadie sabe qué se dice por la sencilla razón de que lo que dice la señora es pura charlatanería metafísica, trazos que dan vueltas en torno a un vanidoso intento de identificación en el mundo y en la historia.

No sé si esas pinturas significan algo. Tampoco me importa.
Este éxito de la charlatanería es relativamente reciente. Antes de mediados del XIX, nadie tenía problemas en definirse en relación a un grupo. Por ejemplo, Paco Pérez podía ser un tipo de Burgos, castellano, español, europeo, de la comunidad hispanohablante, del gremio de telegrafistas y conocido en su barrio como Paco el Largo. Que Paco sea de Burgos y telegrafista no crea ningún conflicto identitario. Que Paco sea español y europeo tampoco. Estos círculos de identidad o referencias identificativas de su persona no son excluyentes. Sí sería excluyente por ejemplo que un japonés diga que es europeo. Japón está en Asia, así que por mucho que nuestro amigo nipón quiera ser europeo, no lo podrá ser, a no ser que adquiera carta de naturaleza en un país europeo. Es decir, existen procesos legales que cambian la identidad de una persona. Paco puede ir al Registro Civil y cambiarse el nombre por Pepe, puede empadronarse en Segovia y ser segoviano. Paco puede vivir en Segovia, ser segoviano pero decir que se siente de Burgos. Muy bien. El caso es que el día que viene la recaudación del ayuntamiento de Segovia, Paco no puede decir que como se siente de Burgos él no paga.

El sentimiento

Paco ya puede sentirse muy de Burgos, sentirse capitán de barco y sentirse fan del color amarillo. A la normativa municipal le importa tres pimientos cómo se sienta Paco. Al resto del mundo también. Paco es lo que pone en sus documentos. Un documento oficial no es un estado de Facebook. En el carnet de conducir —que yo sepa— no hay emoticonos: «me siento triste», «me siento ciudadano del mundo», «me siento más salido que la esquina de una mesa».

Lola Flores ponía sentimiento en sus canciones.
El sentimiento personal pasa a ser colectivo con el invento de los sujetos colectivos (esta cosa tan alemana de tratar a un pueblo como un sujeto en una historia viva). Así, aparece por ejemplo el sentimiento nacional o el sentimiento de clase. Cuando la gente que no ha entendido a Marx dice que el proletariado se siente oprimido, tenemos la idea de malas condiciones para el trabajador por cuenta ajena. Si preguntamos puerta por puerta en un barrio considerado (!) proletario, el sentimiento de cada individuo es diferente: unos querrán más vacaciones, otros estarán preocupados por la seguridad en su trabajo, etc.

Más hermético todavía es eso que llaman sentimiento nacional. Leo en la prensa: «Galicia se siente querida por España». Dejemos a un lado que a veces se emplea un topónimo para hacer referencia a una población mayoritaria de ese lugar. Galicia y España aparecen aquí como sujetos con voluntad, como personas. Una vez que personificas lo que tan solo es un hecho arbitrario que no depende de ti (nacer en un sitio y no en otro) ya puedes discriminar ese sitio del resto de sitios del mundo. Si hablamos de Colombia esto no provoca ninguna complicación. Los rasgos de identidad de un colombiano no son excluyentes: Iván es de Santa Marta, Colombia, hispanoamérica, etc. Es cuando se le otorga calidad de exclusión a un rasgo fortuito de la identificación de una persona cuando surgen los problemas. Así, Ramón puede sentirse catalán y no español. O incluso catalán, europeo y no español.

El vecino sintió cerrarse una puerta.
Que la gente se sienta como le dé la gana no es problema para nadie porque a nadie le importa. Sin embargo, cuando los sentimientos son creados por posiciones políticas concretas, entonces el tema ya es susceptible de ser politizado. Así, Ramón, porque se siente de una manera y no de otra, se junta con afines que han leído los mismos libros y hace presión para que la esfera legal que le rodea pase a coincidir con su sentimiento. El problema es que su sentimiento nacional choca con el sentimiento nacional de otras personas, por ejemplo, sus vecinos. Es más, a gente que el tema ni le va ni le viene (hola) puede interesarle cómo operan estos mecanismos de manipulación (en uno y otro sentido) y meter baza por ejemplo contra los argumentos historicistas (¿a quiénes degollaron en el Corpus de Sangre?), contra los argumentos económicos (ah, la oligarquía) y contra los argumentos étnicos (la gente puede hablar varios idiomas).

Y es que se produce aquí un fenómeno muy curioso: el sentimiento nacional es la espita de un proceso mental que busca argumentos científicos. Retruécano similar sólo lo encontramos en alquimistas, homeópatas y psicólogos. Como aquellos buhoneros que vendían elixires en su carromato: decían conceptos que sonaban a ciencia para convencer a los rústicos, pero debajo de aquella cháchara no había nada sustantivo.

La identidad

Pongamos que Ramón logra que España no le soporte hasta el punto de que se cambia la constitución y por fin consigue romper a España en dos cachos. El caso es que el vecino de Ramón se sigue sintiendo catalán y español. Ramón le puede decir que tal como pone en la constitución, el que es español de origen jamás puede perder su nacionalidad. Así que todos contentos. El problema es que si este argumento es válido para el vecino, también lo es para Ramón. Así, Ramón, aunque independizado, continúa siendo español. Ah, pero a Ramón esto le da igual ya que lo importante para Ramón es lo que pone en su Kennkarte. Es decir, una vez conseguido el objetivo, el sentimiento de las personas ya no cuenta.

Recapitulo: unos tipos comparten un sentimiento, de ahí pasan a una acción política y una vez conseguido el objetivo político el sentimiento deja de importar. Es el mismo diagnóstico que la gente que va en silla de ruedas porque quiere ser parapléjica. Hasta que no lo consiguen no paran y en lugar de ser tratados de la cabeza, se les provoca una paraplejia real.



En una Cataluña independiente (o tan dependiente como lo es hoy Portugal), una de las esferas de identidad que envuelve a una persona desaparecería. Ramón y su banda pueden creer a día de hoy que eso no significa nada, al fin y al cabo la identidad nacional es arbitraria. Lo que quizás no sepa Ramón es que la esfera de lo español que antes identificaba a Ramón no pasa a ser sustituida por la esfera de lo catalán. La hispanidad y la catalanidad no juegan en la misma liga igual que no juegan en la misma liga la alemanidad y la eslovaquidad. Al no jugar en la misma liga, a la hora de encontrar un lugar en el plano de los estados soberanos, lo que antes era hispanidad no se sustituye por catalanidad, sino por otra cosa. Está por ver por qué otra cosa, pero no sería extraño que en un escenario de rechazo a la hispanidad, Cataluña cayera en una órbita francesa de influencia. Si nos atenemos a la evolución demográfica, tampoco se puede descartar una influencia islámica. En este sentido es oportuno eso que se cuenta de que en Cataluña la autoridad ha preferido inmigración magrebí o rumana antes que inmigración hispana: el tipo que viene de Ecuador o de Nuevo México viene mamando hispanidad y eso es lo que la autoridad catalana tiene que borrar de su identidad a toda costa con el fin de "integrarle".


Para que vean que no estoy loco, les remito a las declaraciones que en este sentido hacen los secesionistas. Ellos equiparan el idioma español a cualquier otro idioma en una futurible Cataluña separada. Carod-Rovira:
el conocimiento del español es muy positivo y no se puede perder, como también debería serlo el del inglés y el francés, hoy tan abandonado. Junto a estos idiomas, hay otros con miles de hablantes procedentes de la inmigración y que también deberíamos ser capaces de incorporar al paisaje lingüístico del futuro, con algún tipo de reconocimiento. Hablo del amazigh, el árabe, el rumano, el chino y el urdu.


Albergar la imaginativa idea de que el español está operando en el plano diplomático, comercial, turístico, literario y científico al mismo nivel que el amazigh, es indicativo de hasta qué punto está dispuesto a llegar un secesionista no ya para afirmar su catalanidad, sino para negar su españolidad. Son por cosas como ésta por las que suelo pensar que más que crear una nueva identidad catalana, de lo que se trata es de borrar la identidad española. Claro, a lo mejor hay gente que se siente española y que esto no le parece bien. Todavía no conozco a nadie así, pero puede existir escondido en alguna cueva. Vuelta la burra al trigo.

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