jueves, 4 de julio de 2013

Renglones torcidos sobre el reino del junco y de la abeja

Viajar por el mundo te da la perspectiva de lo alienígena que es la gente que hay por ahí fuera. Lo terrible del asunto es que probablemente otros homo sapiens piensen que tú eres el raro, con tu pulpo a la gallega, tus pimientos de Padrón y tus fiestas populares. Es lo que tiene la resistencia al multiculturalismo: un McDonalds o un Comité Central no pueden cambiar lo que cientos de años de historia y la comida de la abuela han ayudado a pulir.

También esta el tema de analizar los datos con una amplia perspectiva (cruce de variables como la escolarización femenina y la tasa de mortalidad infantil, cómo estas cosas hacen que cambien las costumbres y las relaciones entre las personas y a su vez cómo este cambio en la calle va significando un cambio en las instituciones). Y por supuesto tampoco podemos dejar a un lado cómo la singularidad tecnológica puede dar la vuelta a cosas que se dan por hechas.

Si hay algo que ha hecho daño de verdad al análisis de los fenómenos políticos, es esa escuela de pensamiento que dice que los cambios son hacia un sitio, que tienen un rumbo concreto. No hay cosa más absurda que ver tras la tramoya de la historia un director de escena. En este sentido, la historia es casi como la evolución biológica: una continua adaptación al medio y fortuitas mutaciones. Sí es cierto que, en conjunto, el terráqueo parece que vive más años y mejor, pero regionalmente puede haber pasos hacia atrás (y ninguna región del mundo está a salvo).


También me gustaría recordar la manía de algunos con no meterse en asuntos ajenos. Son sus costumbres y hay que respetarlas o hay que respetar los tiempos y las formas de otras soberanías, etc. Paparruchas. Cuando puedes intervenir, es tu deber intervenir. Pensar de otra forma es de tiesos y pusilánimes. Además que es un error lógico inmediato: no intervenir es una forma de intervenir. No hacer nada tiene consecuencias.

Dicho esto hablaré del reino del junco y de la abeja. Ante el último golpe de Estado, desde un Occidente a la deriva, que muy poquitas lecciones de paz y justicia puede dar al mundo (y aún así alguna todavía puede dar), se ven los cambios bruscos en otros países como alteraciones de un orden que, por ser inimaginables en sus patios traseros, son juzgados desde su punto de vista moral. Es horrible la visión de blindados en las calles. Es lamentable que unas Fuerzas Armadas sean un poder fáctico con capacidad de influir en las decisiones civiles hasta el punto de derrocar gobiernos superdemocráticos. Todo eso lo sabemos y lo compartimos. Mi punto es que no debemos de olvidar que somos alienígenas. Cuando hablamos de países tan diferentes, no debemos de olvidar que nosotros somos los raros, nuestros valores y nuestra moral no operan allá.


No sé cómo será hoy en día en esos países del sur del Mediterráneo, pero me acuerdo de una cosa que me llamaba la atención cuando pasé de visita: en las aulas de los colegios tenían el retrato del presidente-rey-propietario del país. Esto lo digo con la boca pequeña, al fin y al cabo vivo en un país donde hay un rey cuyo retrato preside no pocas aulas y salones oficiales (estamos en un reino pero no veo justas ni castillos, ya les vale). Otra cosa que me llamaba la atención (y esto también lo vi en el sudeste asiático, pero parece que es el caso egipcio) es que las Fuerzas Armadas eran propietarias de un banco. Un banco que siempre es de los más importantes del país (no estoy seguro, pero supongo que tener el dinero en el banco del ejército da una seguridad extra). De tener a un fulano gritando a horas intempestivas y de vivir en el siglo XXVI, ya ni hablo.

Hay quien quiere analizar las cosas con seriedad y egipcios que saben idiomas informan a los periódicos alienígenas de sus impresiones: que si los Hermanos Musulmanes llevaban año y medio rascándosela, que si hay un debate sobre el papel de la religión en el estado, que si existen oscuros intereses sobre el canal de Suez, que si los americanos son los que en última instancia mantienen la estabilidad a golpe de talonario (creo recordar que los EEUU pagan anualmente 1.500 millones de dólares al ejército egipcio). Todo esto está muy bien y puede ser interesante (en realidad no lo es). Pero sin acudir a conspiraciones raras, lo que tenemos es un país cuya esperanza de vida es la europea de los años 70 y cuya renta per cápita es la europea de posguerra. Echad cuentas.


Existe un proceso de occidentalización que choca contra quienes echan de menos a Solimán el Magnífico. Esta frase es el resumen de brocha gorda con el que nos sentimos a gusto. Tendemos a favorecer a quienes se quieren parecer a nosotros, porque nosotros molamos. El caso es que pongo en duda que los fundamentalistas sean idiotas. Son malvados, sí, pero esto no les convierte en idiotas. A un dictador islámico muy loco le das a elegir entre dominar un pueblo pre-medieval o dominar una próspera nación comercial y te dirá que te tragues los camellos.

Si algo tienen en común todos los grupos para-políticos árabes, es que son asociaciones proveedoras: alimentan a los hijos de las viudas, dan clase a los huérfanos (más o menos), son un pilar de su comunidad, etc. Si alguien roba en tu tenderete de chilabas, no vas a la policía, preguntas por el tito Alí, si un mes no puedes pagar la renta, preguntas por tito Alí, si unos vándalos han tocado a tu hija, preguntas por tito Alí. A cambio tito Alí algún día te pedirá algún favor. Desde nuestro punto de vista sabemos que de esta forma nunca vas a desarrollar vacunas o inventar el vuelo espacial. Pero no porque no quieras, sino porque en esos barrios el mundo es muy pequeño.


Ahora imaginaos que llega un científico social con unas gráficas, se sube a una caja de Mirinda en la plaza del barrio (los barrios tienen plazas donde se reúne la gente a cotillear, recordad que estoy hablando de mediterráneos) y comenta al pueblo inculto cómo podrían ser sus vidas mejores. La gente se reirá un poco y pasará del tema. Ahora imaginemos que en un segundo intento, nuestro científico social, que tiene un posgrado en la Universidad del Arcoiris Supremo, reparte porros y dólares entre los paisanos para que le escuchen. Lo que consigue es que le den un par de guantazos y tenga que huir desnudo. Mala idea repartir porros en el territorio de Habibi (poco se habla de la droga en estos países, que es como el pan de menú). Por tercera vez llega nuestro científico social, ahora con fuerzas de interposición de la ONU (y pongamos que los cascos azules no sean carne de cañón pakistaní o nigeriana, sino chavales que hacen la mili de Bosnia o Turquía). Nuestro héroe quiere imponer sus mejoras, ¿qué consigue? Algo parecido a Blackhawk derribado.


Cuando los lazos de una comunidad son tan fuertes, cuando la madeja social lleva generaciones urdiéndose complicadamente en un lugar donde el imperio de la ley no está de moda y a Robespierre no se le conoce porque todo el mundo es Robespierre, solamente hay un plato en el menú: lomo a la vara salteado con higadillos rotos. Esta es una conclusión muy bestia. Es algo que desde Occidente rechazamos, pero es el lenguaje que la gentuza entiende.

No, no estoy llamando gentuza a todo el mundo, sólo a la gentuza. La gentuza, las bandas, los camellos, son los que dominan esos sitios que no aparecen en las guías turísticas. Y esta gente solamente entiende un lenguaje. El problema es el mismo en medio mundo. En el próspero Occidente esto pasaba anteayer ¿o alguien piensa que hace un siglo en París todo el mundo comía baguettes y hablaba de fútbol? ¿Alguien cree que antes de la guerra todos los londinenses vestían como Philleas Fogg y discutían sobre qué té era el mejor? Hace un siglo, el parisino medio se arrastraba por un mendrugo y Philleas Fogg cosía suelas de zapatos por dos reales para poder emborracharse.

La clave del asunto, que me estoy enrollando: en Europa tuvimos millones de muertos hasta que se nos quitaron las ganas de darles la razón a los matones del pueblo. Estados Unidos era un país vacío que se inventaron de la noche a la mañana unos tipos con pelucas. A Japón le cayeron dos tollinas atómicas para que se les bajaran los humos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de resolver la cuestión árabe?

Volviendo a Egipto, creo que si el ejército aprende la lección de no permitir mezclar la religión con el estado, una parte del problema se resolvería. Pero otros problemas continuarían. Es el fulano del tenderete de chilabas el que tiene que colgar de una farola al tito Alí, y después, de alguna forma, no convertirse en un nuevo tito Alí. Quebrar el círculo vicioso en algún punto. Complicado pero posible. Como decía San Francisco de Asís: piedra tras piedra, día tras día.






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