martes, 2 de julio de 2013

Concierto contra la libertad

Hace unos días tuvo lugar en el campo del Barça un macroconcierto singular. Un evento similar a aquellos que recaudaban fondos para combatir el Sida en África o a esos aquelarres que hacen los iluminados para salvar a las ballenas. En este caso, el concierto no tenía por objetivo recaudar dinero para ninguna causa (sí aprovecharon para recaudar alimentos cosa curiosa porque los del Observatorio del Paisaje podrían organizar partidas de caza para comer). Ni tan siquiera se rifó un jamón.


El tema del concierto era ir contra España, ese país del sur de Europa lleno de ignaros malvados. Las tertulias de la oprimida televisión catalana dejaron bien claro que el concierto no se organizó en contra de nadie. ¿Entonces por qué digo lo contrario que los patriotas-tertulianos? Por algo que se puede explicar con diagramas de Venn. Pero no entraré en un debate sobre la secesión. Mis argumentos tienen fáciles contraargumentos. No he venido, pues, a debatir, he venido a jugar. Como Ramoncín.

Noventa mil fulanos enfundados en trapos de colores asistieron sencillamente a un acto de afirmación patriótica. Gente que quiere tanto a su terruño que arde en deseos de demostrarlo, juntándose con sus homólogos y dando vivas a su pueblo que, según parece, mola un montón. Tengo la imagen mental del Papa arrodillándose y besando el suelo cuando visita un país. Esa misma imagen la traslado a los fervientes patriotas. Supongo que cada día, cuando se levantan a las doce para ir a la oficina del paro, llenan sus pulmones con espíritu nacional y besan el felpudo de su casa pensando «mi pueblo mola mucho».


¿Qué puede ser más alimenticio para el alma que coger un puñado de tierra y meterlo en la boca? ¿Qué otra cosa, aparte de que tu equipo gane la liga de fútbol, pone más los pelos como escarpias que escuchar a miles de personas corear como una sola voz vivas a tu pueblo? Si al cuadro le ponemos colores de banderas, como que te pone más palote.

Además, para que ningún malpensado pueda insistir con acusaciones de autoritarismo, se deja bien claro que en ese tipo de conciábulos todos son demócratas. Todo el mundo tiene que participar de la fiesta de la democracia. Todas las opiniones valen (que unas opiniones tengan más minutos de antena y más páginas en la prensa que otras, es una mera casualidad). Lo bello de la democracia es que sirve para cualquier cosa, pero eso no se dice, lo que se dice es que la democracia es un objetivo en sí mismo. Votar y elegir, sin que se escuchen todas las ideas porque vamos mal de tiempo. El resto caerá del cielo.


Es como en esas películas de los Osos Amorosos: si deseas algo con mucha fuerza, se hará realidad, las piedras del camino se irán apartando solas. Bueno, a veces hay que empujarlas un poco: nadie en su sano juicio, en este concierto por el derecho a decidir, cogería el micrófono para dar razones para decidir lo contrario de lo que los organizadores pretenden. Curiosa vuelta de tuerca de doscientos años de democracia en Occidente: el derecho a decidir se ha transformado en derecho a decidir lo que te digan que decidas. O, en palabras de la organizadora, doña Muriel Casals:

Tenim un objectiu comú, més important que cadascun dels nostres interessos particulars.

Cada vez que hay algo que requiera de una gran masa para aparecer en la tele (y que así los políticos de turno sean más libres para opinar cosas, ejem), los egoísmos particulares deben desaparecer. Esto es lo que tradicionalmente los espadones hispanoamericanos pedían a su pueblo, y por extensión, todos los tocados por la mano de Dios para cumplir una misión histórica. Mientras sea en nombre del pueblo, la tierra, los espíritus, la libertad, la democracia, la justicia, todo está justificado. Máxime cuando existen precedentes históricos de luchas que relacionaban libertad con secesión. Que aquellas luchas fueran efectivamente luchas frente a una tiranía que no está hoy presente, es lo mismo. Nimio detalle.


Aquí nadie va en contra de nadie, pero los cabrones de Madrid están llenos de autovías y los gallegos comemos marisco muy barato (en serio, este argumento lo vi en un video independentista). Si el mundo de nuestras fantasías lo mezclamos con cosas discutibles que no nos parecen bien, la solución no es corregir estos problemas con las herramientas disponibles. La solución es pasar por encima de los problemas y plantear directamente un escenario fantástico. Este problema psicológico lo enfundamos de jerga política y tenemos una cuestión política que debe resolverse democráticamente.

La equiparación entre secesión catalana y libertad no resiste ningún análisis político mínimamente serio. Que aquellos lugares del mundo donde las libertades civiles sí se persiguen no puedan organizar macroconciertos ni muchísimo menos aparecer las 24 horas en la tele, es indicativo de que algo hace aguas en el argumento. Comparar la persecución de los cristianos en Pakistán con la presencia de los independentistas catalanes en las instituciones públicas y en los medios de comunicación, hace que inmediatamente cualquiera con un mínimo sentido de la vergüenza se eche las manos a la cabeza. Eh, pero no pasa nada, han venido Ramoncín y Peret.


Fiesta de la democracia:





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