jueves, 21 de marzo de 2013

Viajar en tren

Ahora que volvemos a llevar bolsa de la compra o carrito, que devolvemos los cascos vacíos de las botellas, que cruzamos España en un renqueante tren que va a paso de tortuga, que vemos anuncios de elixires en la prensa y que en lugar de alcaldes tenemos caciques; parece inexcusable recuperar a los clásicos.

LAV Galicia-Madrid.
Algo que me llama la atención es cómo cuando peor están las cosas, más agudizamos el ingenio. Supongo que todavía hay que tirar a más gente al arroyo para que veamos buena literatura en los escaparates de las librerías. Todo se andará. De momento, las librerías están en la red y nosotros volvemos a ese Viaje a la Alcarria que escribió mi paisano hace setenta años. Para los que son más veteranos, podemos decir que volvemos a Santa Teresa: «ándese vuecencia con cuidado, que andan los tiempos recios, no vayan a levantarle algo y llevarlo a la Inquisición».

Lubián.
Lo normal es no salir de tu pueblo o de tu barrio en toda tu vida. Puedes cambiar de localización geográfica, pero el mundo que te rodea es una copia idéntica de ese mundo del que procedes. A los caballos les ponen unas cosas que tapan su visión periférica (no sé qué nombre tienen), a los viandantes no les hace falta. Es el progreso, supongo. O Europa, o yo qué sé.

El caso es que hoy como hace setenta años, cruzar media España en tren es una pequeña ventana a un mundo ignoto y desconocido. La de pueblos que cruzas y la de tierras y ríos que hay es impresionante. Los estereotipos humanos con los que compartes vagón, se repiten en cada viaje, como los pueblos que ves pasar a paso de tortuga en el renqueante tren de última generación y velocidad decimonónica.

Algunos tipos

El trabajador frustrado de la RENFE: es aquel individuo que, siguiendo el método de prueba y error, aprende algún truquito y luego se pasa el viaje enseñándoselo a los demás, como demostrando su know-how ferroviario para unas oposiciones que jamás tendrán lugar. Por ejemplo:
  • Encender la luz de lectura sobre el asiento. Es un gran botón que hay sobre el asiento y su función es bastante obvia.
  • Abrir las puertas de los vagones. Son puertas automáticas como las de la Enterprise. Para abrirlas hay que pulsar el botón "ABRIR" y no tratar de abrirlas golpeándolas o insultándolas como hacen algunos (nota: esos métodos también funcionan).
  • Pasear. Más o menos se puede pasear por el pasillo, pero si no se sufre ninguna circunstancia hemodinámica, no hace falta hacerlo cada dos minutos. Ya sabemos que eres capaz de mantener el equilibrio cuando el tren modernísimo del siglo XXI atropella una oveja y provoca una turbulencia. Vamos, fijo que te contrata el Circo del Sol.
  • Estar en la cafetería. Se disculpa bastante el abuso de este truquito, ya que todos sabemos que es esencial que el hombre esté en el bar con sus amigotes hablando de Mourinho y las señoras haciendo el equivalente cotilleando con gente que conoce vagamente (y si embargo sacándoles el Libro de Familia a los cinco minutos).
  • Levantarse 10 minutos antes de la parada, recoger los bártulos y plantarse delante de la puerta. Este truquito es idéntico al que vemos en los aviones. Gente muy lista que consigue apelotonar la salida. Existe una relación directa entre premura por salir y torpeza/lentitud al salir.
Camareros: quienes trabajan en la cafetería del tren. Son indistinguibles del trabajador estándar de un bar cualquiera. Acaso una mayor indolencia se abata sobre ellos. El espectro es variado: desde el veterano perro viejo que cuando te sirve un café parece que te está haciendo un favor, hasta la poligonera que reproduce punto por punto la etología propia del aparcamiento de la Fabrik los días de rave. Ellos no lo saben, pero tanto el barman de 60 palos como la choni, son la misma persona. Los dos tienen que ser interrumpidos de sus funciones esenciales (una ligar con alguien, el otro hacer pasatiempos en un periódico grasiento) para reaccionar de algún modo con esos pasajeros tan pesados que piden café o cerveza. Como sucede en todas partes, el pasajero (por cierto, RENFE llama a los pasajeros, «clientes», como si un tren fuera un burdel cualquiera o una sucursal bancaria) acude a ellos para resolver dudas: cuándo llegaremos, qué retraso llevamos, cómo se reclama tras un retraso. Claro, como el barman no tiene ni idea, cada vez inventa una respuesta diferente. Lo que sea con tal de que dejen de molestarle. En cierta ocasión me quedé comiendo un bocata en la barra y pude oír hasta tres respuestas distintas a la misma pregunta. Qué más dará. Peor iban los judíos a los hornos. Venga, vamos a hacer unas olimpiadas. Hala. Qué más dará. Este cacho del mostrador está mojado, pero qué más dará, ya secará solo. Todo así. Ah, con la bola extra de no saber los productos que tienen (detrás suelen tener un cartel enorme, pero los camareros jamás lo miran).

Cafetería de un Alvia.
Los hermanos López: siempre hay un grupito de cuñaos. Yo creo que los pone la propia RENFE para que te den el viaje. Gente que lleva muy mal los cuarenta. Alopecia, barriga, hijos de la retórica, infantil sentido del humor y cero normas de urbanidad.



La pareja mayor entrañable: entrañable hasta que se ponen pesados. Normalmente es la mujer la más pesada, quedándose el marido entre cactus y espectro.

El miembro de generación joven inseguro de su futuro estatus social: también llamado «moderno de mierda». Una vez me tocó al lado una chica que iba como disfrazada de submarinista y leía un libro amarillento de alguien japonés. Zapatones de color estridente, gafas de pasta y lo que debía de ser un mundo interior muy rico, condimentado por una bebida isotónica (o su primer orín de la mañana). Este tipo de gente que no puede vestir normal, peinarse de forma normal, leer cosas normales y actuar de forma normal. Lo tiene que hacer todo especialito antes de que el tiempo pase y lo transforme en uno de los hermanos López.

Terra incognita

Tierra situada entre dos puntos de civilización, donde los mapas marcan «aquí hay dragones». Más o menos lo que va de los alrededores de La Coruña (Santiago) hasta las afueras de Madrid (Segovia). En esos sitios donde el tren pasa de 300 a 30 por hora, se ven pueblos maravillosos. Casitas, campanario, plaza. De 600 km de viaje, hay 300 km donde vuelves al siglo XIX. La foresta, los niños-mono, costumbres ancestrales... y un desconocimiento total y absoluto de lo que sucede por ahí. Menos mal que hay internet, veamos qué pasa por la terra incognita:
Encuentro la toponimia de esos lugares muy superior a las buenas traducciones de Canción de Hielo y Fuego. No entiendo cómo no hay cuatrocientas sagas de literatura fantástica inspirada en la Vieja Castilla, coparían la lista de bestsellers del New York Times.

Embalse de As Portas.
Lo que veo mal es esa modernidad que entra con calzador y subvención. Jornadas tecnológicas muy raras, electrolineras para que vayan los ratoncitos a morder los cables... y mientras tanto, lo importante, la gente, ante el inapelable hecho biológico: despoblación, envejecimiento y vaciamiento. Una lástima. En Galicia pasa igual: lo urgente tapa lo importante. Puedes inaugurar los museos de la lechuza moteada que quieras, pero la gente se te sigue marchando, por emigración o por muerte. ¿Cuál es la solución de nuestras fuerzas vivas? Abrir guarderías. Una auténtica lástima, porque no hablo de un proceso natural que responde a las expectativas de la gente. Está bien que si la gente se traslada del campo a la ciudad, fuera porque libremente así lo deciden. Se trata de que no hay alternativas. Y sin alternativa, no puede haber decisiones libres. Pero venga, hagamos más olimpiadas y más electrolineras. Hasta reventar.

El tramo del INFIERNO.
Como decía, cuando llegas al Cuello, el tren pasa a ir a 30 por hora. La bienvenida a Galicia te la da un graffiti gigante que pone «FARLOPA», justo en medio de las obras del AVE. Obras que por cierto llevan una década de retraso. El primer plan que contemplaba esta obra es de antes del Prestige. Con el famoso y olvidado Plan Galicia (aquel New Deal del gobierno Aznar para aliviar el subdesarrollo galaico) se le cambió de nombre al Plan, pero la cosa siguió igual. Luego llegó la que se perdía en Barajas y Pepe «el gasolineras». En serio, dan ganas de bajarte del tren y coger una pala, ayudar un poquito y volverte a subir.

El cambio de vías

Es gracioso que haya que cambiar de vía. Un gran método para ralentizar el movimiento de tropas enemigas (otro gran método es que no haya 3G durante cien kilómetros de trayecto). El caso es que también ralentiza el movimiento de tropas amigas.

El baño

Un poco más grande que el de los aviones. Lo importante es: ¿cómo diablos consigue la gente ir en manada al baño a los cinco minutos de salir? ¿Cómo puede ser que esté todo guarro constantemente? ¿Por qué, con los precios europeos de la cafetería, hay que aguantar que falte papel o jabón? ¿Por qué es el único lugar donde la clase turista puede recargar el teléfono? Se lo preguntaré a Iker Jiménez, ya que si se lo pregunto al barman igual me suelta un leñazo.

¿Conclusión?

Para viajar unos cientos de kilómetros, un tren a 300 por hora intuitivamente tiene que ser capaz de ganar —comercialmente— al avión. No hay (muchos) retrasos, lleva a más gente y se viaja más cómodo. Claro que, como pasa con todo, si se sigue eternizando el viaje, el tren perderá su oportunidad. Ahora que los aeropuertos tienen problemas y las aerolíneas se han vuelto una especie de tabernáculo oscuro y degradante, el tren tiene que aprovechar la oportunidad de hacerse un sitio. Si no, lo perderá para siempre.



1 comentarios:

Teseo 22 marzo, 2013  

Tapa ojos o anteojeras, creo.

Je, otra vez te tocó ir en tren.

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