viernes, 22 de marzo de 2013

Neoliberalismo y Estado del Bienestar ¿quién los inventó?

Repasar las hemerotecas es un trabajo sucio, pero alguien lo tiene que hacer. El neoliberalismo, ese conjunto de políticas más o menos establecidas en el llamado Consenso de Washington (y que nadie ha leído), no fue obra de malvados grandes empresarios. Tampoco los primeros en ejecutarla fueron firmas de inversión oscuras y vampíricas. No, tampoco Reagan ni Thatcher se lo inventaron en una extraña conspiración anticomunista. Y por supuesto, no, no tiene nada que ver con el liberalismo (salvo por la aversión a la inflación, pero vamos, a nadie le gusta la inflación).


Esta última idea es necesario desarrollarla. Ante la propaganda comunista (hace nada, el comunismo tenía esclavizado a más de medio mundo y era necesario ofrecer una alternativa en el campo de las ideas), la respuesta liberal fue inventarse el Estado del Bienestar.

De cómo los liberales inventaron el Estado del Bienestar

David Lloyd en 1911
Empezaba el siglo XX, Teddy Roosevelt aprobaba leyes anti-trust y sentaba a Rockefeller en el banquillo, dando término al periodo de libre mercado en el que se basó la expansión de los grandes magnates americanos (Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie...), y de las grandes empresas coloniales británicas. En los suburbios, la propaganda levantisca de los nuevos sindicatos ganaba adeptos. La izquierda democrática era apenas indistinguible de los comunistas que trataban de prender la chispa de la revolución en todos los países desarrollados. Los anarquistas, que por aquella época todavía pintaban algo, se entretenían disparando a la gente, poniendo bombas y provocando las dos guerras mundiales.

Un tal David Lloyd George, nacionalista galés, del Partido Liberal británico, empezó a pensar en cómo resolver la cuestión social. Cómo diablos aplacar la amenaza revolucionaria sin derramamiento de sangre. El mundo cambiaba rápidamente, las viejas fórmulas no servían. David miraba los números. La tecnificación, la mejora de las comunicaciones, el aumento de la esperanza de vida iban de la mano de un estancamiento en las condiciones de vida de los obreros y un aumento sin precedentes de los beneficios de las grandes familias. Al tipo se le ocurrió una idea chispeante: poner impuestos a productos de lujo para pagar a los inválidos y los enfermos la consulta con el médico.
  • Reacción de los laboristas: otro engaño más de la oligarquía capitalista. Hay que socializar los medios de producción y castrar a los lores.
  • Reacción de los conservadores: aumentar los impuestos a los terratenientes y empresarios, aumentará el paro y será peor el remedio que la enfermedad.
El bueno de David tardó dos años en conseguir que aprobaran sus reformas. Inglaterra evitó la revolución, la gente que estaba en la miseria tuvo acceso a ciertos servicios básicos y la City continuó siendo el centro financiero del mundo. Los ricos igual de ricos y algunos pobres un poco menos miserables.

Es decir, ante la amenaza comunista la respuesta liberal no fue «desregular la economía», sino aumentar el gasto público y los impuestos. Eran otros tiempos, claro.

Vengamos un poco más p'acá.

De cómo los laboristas inventaron el neoliberalismo

Años 70, Reino Unido tiene pleno empleo y el gobierno mete al país en la Comunidad Europea. Surge cierto jaleo con los sindicatos y el gobierno laborista de Harold Wilson firma el llamado Contrato Social con los sindicatos: ciertas reducciones salariales a cambio de renegociar los convenios en las empresas públicas. Bueno, vale, todos contentos.

El caso es que el periodo conocido como posguerra europea está llegando a su término. La crisis del petróleo es más seria de lo que parecía y al Estado le empieza a faltar el dinero. ¿Qué hace? Tirar de inflación, pero no es suficiente. El gobierno tiene que empezar a recortar unos pocos gastos, nada importante: reducir la comida subsidiada, aumentar el precio del transporte y esas cosas que hace un gobierno cuando tiene muchas empresas públicas. Respuesta de los sindicatos: otro engaño más de la oligarquía capitalista. Hay que socializar los medios de producción y castrar a los lores. Fenomenal, genios.

«No VAT, no cuts». Mola QUERERLO TODO AL MISMO TIEMPO.
Aún con todo, los laboristas ganan las elecciones de 1976. Gobierno en minoría de James Callaghan, un veterano político bien considerado por todos. El Partido Laborista llega a un acuerdo con los liberales: no apoyeis las mociones de censura de los tories a cambio de hacer referendums en Gales y Escocia. Ok.

Pero como un tren que se oye a lo lejos, la inflación no paraba de subir y llegó un momento en que el Estado se encontró sin la forma de poder mantener el poder adquisitivo de los millones de empleados públicos británicos y con dentaduras descuidadas.

Pidieron un préstamo al FMI. Era el Reino Unido. Era un gobierno laborista y era la hiperbóera era de 1976.

Pidieron 2.300 millones de libras. El FMI no tenía tanto dinero. Eran otros tiempos. El FMI tuvo que pedir prestado para poder prestar. Y ahí fue el rescate, al reino de Isabel II. Claro, para que te presten hace falta tener algún aval o demostrar que eres capaz de devolver el préstamo. ¿Educación? ¿Sanidad? ¿Pensiones? ¡A tomar viento! ¿Trabajadores públicos? ¿Mineros? ¡Que les den! El consenso keynesiano tuvo un bonito entierro. Lo ofició el Partido Laborista británico.

We used to think you could spend your way out of recession and increase employment by boosting government spending, I tell you, in all candour, that that option no longer exists. And in so far as it ever did exist, it only worked on each occasion… by injecting a bigger dose of inflation into the economy, followed by a higher level of unemployment as the next step…

James Callaghan, Labour Party Conference 1976

La gente todavía llegaba con velitas a casa de James Callaghan y le decía que la austeridad iba a acabar con el país. Pero se trataba de una recesión provocada por el propio gasto público. No hubo ningún boom inmobiliario, ningún Pocero, ni ningún idiota al frente de Reyal Urbis o la CAM. El único culpable de recalentar la economía británica fue el propio Estado británico.

Imagen de contexto histórico.
En 1978, el sindicato de trabajadores públicos protagonizó el llamado «Invierno del descontento», allanó la campaña para los tories y hubo una moción de censura en la Cámara de los Comunes. El gobierno no la superó y la Thatcher, portavoz de la oposición conservadora, fue elegida primera primera ministra del Reino Unido.

Sutil cartel electoral de las elecciones de 1979. ¿Qué querrá decir?
Es cierto que la campaña conservadora se basó en dejar que las cifras del paro hablasen por ellos. Pero no es menos cierto que el paro no bajó rápidamente y que la situación continuó siendo lamentable para muchos. La Thatcher tenía todas las papeletas para que la echaran a patadas. Sin embargo, no la echaron. Al contrario, fue muy popular. Margaret Thatcher aportó algo más que cifras económicas. Tras la humillación al antiguo imperio que supuso el rescate soberano del FMI, la gente buscaba alguien que les dijera que no eran el último mono. Y Thatcher, antes y después de ser elegida, hablaba de valores. Por ejemplo, recadito a Moscú:

Ponen las armas antes de la mantequilla, mientras nosotros ponemos casi todo antes que las armas.

O:

Donde haya discordia, llevemos la armonía. Donde haya error, llevemos la verdad. Donde haya duda, llevemos la fe. Y donde haya desesperación, llevemos la esperanza.

Los conservadores hablaban de la Gran Sociedad —discurso que le había funcionado a Lloyd George setenta años antes— y de no dejar caer a la gente. Redujeron el hipertrofiado aparato público de posguerra y volvieron a situar al Reino Unido en el mapa. Luego vino el petróleo en Canarias Escocia y la guerra de las Malvinas y el empujoncito moral que supuso para un país gris y triste. Los laboristas no olieron el 10 de Downing Street en 18 años. Muy mal no lo debió hacer.

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