domingo, 3 de marzo de 2013

Capitalismo para la clase media

Echándole un poquito de imaginación al asunto, no cuesta ver cómo el libre mercado duró apenas unas décadas del siglo XIX. Para quienes gusten de concretar fechas, les daré dos: la reforma de la Ley de Pobres de 1834 y la Ley Antimonopolio de 1890. Entre esas dos leyes, hubo libre mercado en ciertos lugares.

En la noche de los tiempos ignotos, circa 1840, unos cuantos granjeros galeses, bestezuelas pardas, degollaron a unas cuantas docenas de recaudadores de impuestos británicos. El libre mercado no hace falta inventarlo de la forma en que lo hace el Estado.
Ahora bien, ¿lo que tenemos no es acaso libre mercado? Lo es, claro que sí, siempre y cuando se acepte que libertad no es lo mismo que libertinaje. Se suele presentar una dicotomía sencillísima entre Estado y Mercado. Como si el grado de libertad del mercado dependiera de dónde se coloca la muesca: un 20% de Estado es un 80% de Mercado, etc. Nada más lejos de la realidad.

David Lloyd George (1863-1945). Liberal,
nacionalista galés y
primer ministro británico.
Uno de los inventores
del Estado del Bienestar.
En general, quien más éxito tiene hoy en el mercado, suele ser uno de los siguientes dos tipos: alguien muy cerca del poder político que vive a expensas de ese poder político, o bien alguien que conoce los fallos del sistema y vive a expensas de esos fallos. Tanto uno como otro harán todo lo posible para que los políticos proporcionen un cliente seguro como es el Estado. No hará falta recordar que hoy la ley obliga al Estado a pagar antes a sus proveedores, que al soldado que tiene que vigilar el espacio aéreo. Ah, la función del Estado y tal.

Otra idea tan extendida como (a mi juicio) equivocada, es presentar al Mercado como una víctima. Es cierto que hay empresarios heroicos, pero no es menos cierto que otros empresarios son los primeros en clamar por medidas proteccionistas. Como si se tratara de cualquier sector de trabajadores, exigen que el Estado les proteja. Tienen miedo de competir, sí, pero también quieren justicia: ven a sectores muy cercanos al poder y se preguntan por qué a ellos no les van a mimar tanto.

#vivaantes
Hoy que hay tanto crítico del libre mercado de laissez-faire, convendría recordar cómo este dejó de existir hace más de cien años. Convendría recordar que es cierto que hubo desregulación del negocio bancario privado, pero al mismo tiempo esta desregulación convivió con el mayor poder que la banca central pública (o semi-pública) alcanzó en sus cien años de vida.

Y por encima del realmente inexistente debate Estado-Mercado, está la constatación de otra realidad histórica: el gran triunfo del capitalismo fue la creación de la clase media. Este hecho, por sí solo, justifica que se levanten grandes homenajes a este sistema económico. La clase media lo cambió todo. Desde la posguerra hasta la crisis del petróleo, el crecimiento económico y la prosperidad general en el mundo libre alcanzó a más gente que en cualquier otra época (incluida la actual). Si esas tres décadas en Europa y Estados Unidos a alguien le parecen un infierno comunista, que se lo haga mirar. Nadie discute los hechos objetivos que comprenden a cada estado en particular: España y Portugal eran países subdesarrollados que sobrevivían por las remesas de los emigrantes, Reino Unido dejó la cartilla de racionamiento más o menos al mismo tiempo que España. Ronald Reagan disparó el gasto militar para ganar la guerra. Aún con todo, en general, existía la extravagante idea de que el trabajo era bueno.


No sé cómo de aquella idea del capitalismo popular (trabajo, ahorro, consumo, en ese preciso orden), no se evolucionó a su consecuencia lógica: hacer participar a la clase media en el mercado financiero. Puedo especular sobre las causas de la aversión actual al capitalismo popular en España: hasta época recientísima, muy poca gente sabía cómo comprar una acción. España ha padecido grandes crisis de inflación, así, los pequeños ahorros del trabajador se perdían en cartillas de colorines de cajas rurales. No sé cuál es la inflación de España de 1950 a 1990, pero debe de estar cerca del 10% anual. Desde luego que por más de un 3.000% debe andar en esas décadas. Es decir, ingresar cuatro duros en 1950 y no tocar la cartilla hasta hoy, te daría nada. Así, el sitio lógico donde metes tu dinero es en el ladrillo: el desconocimiento del alquiler por la autoridad pública y la emancipación de los hijos del baby boom, hace que merezca más la pena enterrar dinero en ladrillo que hacerlo en fondos de inversión.

La clave de nuestra época es ver cómo puede ser posible recuperar el impulso de la clase media. Cuando la mayor parte de tu población no tiene miedo de caerse en un charco y no poder salir, cuando la mayor parte de las familias pueden esperar un mejor nivel de vida para sus hijos,... la delincuencia cae, la seguridad económica para la gran empresa industrial aumenta, las ciudades crecen, los ingresos públicos son más seguros, la presión fiscal sobre la renta familiar puede aliviarse...

Es decir, cuando todo va bien, todo va bien. Cuando las perspectivas futuras de millones de personas son positivas, el resto de la sociedad se ve recompensado. Este es el pequeño truco del capitalismo popular y, sospecho, de los Treinta Gloriosos.

Oh, no se trata de repetir la historia. Jamás volveremos a salir de una posguerra mundial (con lo que ello implica: una población especializada que demanda todo). Además, hoy tenemos alienígenas en el planeta que fabrican mierditas lo que nos obliga a fabricar algo mejor que mierditas.


1 comentarios:

Teseo 03 marzo, 2013  

Cuarenta Gloriosos, creo.

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