viernes, 22 de febrero de 2013

De paisanos a ciudadanos

Buñuel hizo famosa la comarca de Las Hurdes por filmar en 1932 un documental, Las Hurdes, Terre sans pain. Que en pleno siglo XX, en el corazón de Europa occidental la gente viviera en la subsistencia fue una revelación desagradable. Sobre todo en una época en que el progreso tecnológico parecía llevarnos a toda velocidad a un futuro prometedor.

Oh la la
En el mismo subgénero que mezcla el sentido de la irrealidad de la ciencia ficción y el realismo de así-son-las-cosas, podemos meter Peasants into Frenchmen: Modernization of Rural France, 1870-1914 de Eugen Weber. El bueno de Weber nos cuenta cómo en pleno siglo XIX, la población rural del mediodía francés vivía en condiciones salvajes no muy diferentes a las que vemos en las tribus del Pacífico o de la América prehispánica. No es que los niños no fueran a la escuela, ese no era el problema: por aquella época, los niños de los suburbios urbanos no iban a la escuela, pero más o menos trabajaban en una fábrica sus diez o doce horitas y antes de cruzar la calle miraban para advertir un carro a excesiva velocidad y no ser atropellados. También, no lo olvidemos, los domingos las familias iban a misa y allí más mal que bien, atendían a historias fantásticas ocurridas en Próximo Oriente durante el Imperio Romano. Y aprendían ciertas normas muy básicas para no arrancarles los ojos a los vecinos ni abalanzarse sobre la bayoneta de un chaval que hacía la mili.

La diferencia entre los niños de la ciudad y los niños del campo era abismal no por la diferencia de dietas o de vestido, sino por la idea del mundo de unos y otros. Tal es así, que Weber cita a diversos autores franceses que describen la forma de vida preindustrial de "franceses" que no sabían que eran franceses ni que estaban en Francia. Me parece muy importante tener esto presente porque influye en la organización social y en las relaciones con los demás. Así por ejemplo, la miseria de los rurales conllevaba no solamente vidas cortas y violentas, sino además, desconfianza, odio, crimen, abusos,... Que a mediados del siglo XIX, soldados de la Guardia Nacional llevaran collares con orejas y narices de los rurales, da una idea del nivel de civilización de lugares como Bretaña o los Pirineos.
Le baguette.
Es cierto que en la Asamblea, los contratos para tender vías férreas se hacían con el único afán de que unos poquísimos industriales y caciques ganaran más dinero (como en todas las asambleas de la época), sin embargo, los intelectuales veían en la gloria tecnológica del acero y el carbón, el medio ideal para que la civilización llegara por primera vez a muchas regiones del país al que amaban.

Mientras Phineas Fogg daba la vuelta al mundo en 80 días, miles de personas que vivían como animales en Francia, tenían contactos esporádicos con la civilización. Normalmente el contacto se establecía por medio de los consabidos culatazos de mosquetes o bien por los incendios controlados para expulsar a los animales salvajes de los pequeños propietarios agrarios. Estos pequeños propietarios —cultivateurs— eran el modelo de hombre civilizado que los aborígenes tenían. Olvidaos de tipos que fuman en pipa al calor de la chimenea mientras los jornaleros trabajan sus tierras. Olvidaos de gente que lleva sus cuentas y va al casino a jugar al dominó con el farmacéutico y el cura del pueblo. Esos campesinos conocían solamente un poquito más el mundo que los salvajes, desde luego que ninguno sabía leer. Y hablar francés, pues muy poquito. Lo necesario para pasar el día. Y eran el modelo de los otros... 


Jules Ferry
Para la gente de ciudad (gente que pertenecía a otro universo, distante unas decenas de kilómetros del Mad Max premedieval del que hablamos), deslumbrada con los logros de las artes y las ciencias, todos los rurales no sólo eran atrasados, sino una vergüenza para la construcción nacional, un palo en la rueda del progreso. ¿Cómo es posible que no conozcan la tricolor ni hablen el francés? ¿Por qué no van sus niños en fila india a la instrucción pública y sus mozos cantarines a incorporarse en el glorioso Ejército Nacional? Son unos atrasados, unos salvajes y encima, unos traidores. Esta imagen llegaba a los pequeños propietarios que, sin ganas, sin capacidad y sin necesidad de discutir, asumían para sí el discurso urbano y avanzado. A nosotros no nos mezcléis con la purrela, decía la purrela. La vergüenza y el oprobio que caían sobre las regiones rurales, la sentían estos franceses que la pagaban con los salvajes. Hasta tal punto se incorporó esa vergüenza en sus usos, que trataban de distinguirse mucho de los salvajes, aplicando la palabra cultivateur para ellos y relegando la de paysan para los otros. Así, no resulta difícil pensar que cualquier cosa que llegara de París fuera bueno y deseable, a imitar e incorporar en la vida diaria.

Como los testimonios nos llegan de los propios estudiosos de aquella época, es necesario, para tener una visión más aproximada de cómo estaba el patio, saber a qué se dedicaban esos estudiosos. Llama la atención la pobreza de estudios etnográficos sobre la población rural francesa (en 1900 era aproximadamente la mitad de la población). Los etnógrafos encontraban más estimulante viajar a África o a Cochinchina. En las universidades se veía más útil aprender latín que francés. En general todos imitaban la moda parisina. La aparición del estado moderno francés, le debe mucho a la imitación de costumbres sofisticadas. Pero es necesario introducir que este proceso de construcción nacional y de grandes aspiraciones compartidas por el estado-nación, pasó por alto a un montón de gente que ni hablaba francés ni sabía lo que era la ropa interior.

Adolphe Blanqui, en 1851, comentaba con sorpresa y amargura: «Parece que dos mundos completamente diferentes conviven bajo el paraguas de la más fuerte centralización», «dos pueblos que comparten la misma tierra viven vidas totalmente distintas, hasta tal punto, que se ven como extranjeros unos y otros». Esos dos pueblos eran el campo y la ciudad. Más aún se puede hurgar aquí, ya que el «campo» eran muchos «campos». Gentes de un lugar u otro podían compartir una vida de miseria, pero no podían compartir un idioma. 


El famoso hexágono gabacho. Nótese a la izquierda cómo de franceses pasan a belgas y suizos. Ejem.
Creo que la invención de la nación francesa fue un proceso civilizatorio, propio de lo que Bueno llama «imperios generadores». La civilización es algo más que abrir escuelas y tribunales. La civilización supone un cambio de la idea del mundo y de la imagen que se tiene sobre lo desconocido cotidiano. Civilización supone que no se te pase por la cabeza arrancarle los ojos a alguien para comer un mendrugo de pan. Civilización supone salir de la aldea primordial en la que los incivilizados habitan. Civilización, en Francia, fue crear una memoria compartida a través de la mili y la enseñanza obligatoria del francés. Ah, y el sistema métrico, que no se me olvide, también ayudó.

Bien, pues teniendo presente la Francia del cambio de siglo, y el documental de Buñuel, no estaría mal hablar de la Galicia de la Unión Europea y las autopistas. Concretamente de los Ancares, notable cadena montañosa que separa la Meseta Central del Macizo Galaico. Pueblos sin caminos, luz eléctrica vergonzosamente reciente, incomunicación durante demasiados días del año. En estudios realizados en épocas que se pierden en la noche de los tiempos (como los años 1980), se ofrecía a la gente abandonar sus pallozas e ir a vivir a sitios más civilizados. No ignoro el mecanismo mental por el que alguien que vive en unas condiciones durísimas, se niega a «mejorar su vida». ¿Quién en su sano juicio querría abandonar una casa rodeada de los espíritus que conoce? ¿Cómo dejarte arrancar parte de tu propia historia cotidiana? ¿Cómo aceptar el desarraigo, para tener calefacción central en lugar de una buena lareira donde observar las llamas?


Galicia es un poquito la Alabama de España. Mucho redneck.
Estos lugares no vivieron el proceso civilizatorio francés que Buñuel pedía para Las Hurdes. Tanto es así, que incluso el gallego que hablaban nos costaría entenderlo a los orgullosos habitantes de la ciudad. El imperativo biológico se encargó de hacer lo que los despachos no supieron o no pudieron o simplemente pasaron de hacer.

Es cierto que hoy en día, una extraña mezcla de socialistas hippies y ecologistas, tratan de «ayudar» a que las viejas costumbres no mueran. Sería un ejercicio de grato interés si no fuera porque esas viejas costumbres tienen más que ver con relatos y mitos, que con las formas de vida que tuvieron lugar en la realidad. Así, la idealización del pasado se vuelve un arma de doble filo: por un lado, supone un acto de hipocresía y por otro, una herramienta de construcción política. Dios me libre de indicar a nadie que el concejo abierto, como órgano primario de organización social en las aldeas premodernas, es una costumbre más leonesa que gallega. Jamás se me ocurriría que la forma en que la civilización efectiva entraba en esos mundos era mediante la Iglesia. En la cabeza de estos maquetistas mentales, la Iglesia es el Mal. Nada diré pues de cómo la educación cristiana no fue un invento del fascismo. Ni de que era la única forma posible de poner en contacto aldeas remotas con cierta idea del mundo que las alejara de la barbarie.

Sería desde luego un abuso por mi parte recordar a ningún bienintencionado constructor del mañana (y del ayer), cómo la prohibición de pisar terreno sagrado armado propició un lugar de reunión, intercambio e incluso una escuela para los niños (¿os acordáis de cuando había niños en Galicia? los sonidos de la aldea tenían que ser diferentes, me cuesta imaginarlo). 


No sé de dónde sale la costumbre de levantar cruceiros. Supongo que de Roma (todo viene de Roma), pero no estoy seguro.
Igual que en el libro de Eugen Weber, cuesta pensar que la gente de los Ancares (y de otros lugares antes), tuvieran la más ligera noción de pertenecer no ya a algo parecido a Galicia, sino incluso a España. No sería extraño, que con una orografía más dura que la francesa y con una división del trabajo más pobre, cientos de miles de personas en toda España y particularmente en Galicia, no tuvieran la más mínima noción de eso de «nación de ciudadanos libres e iguales». No estaría de más, que esta lección calara en tanto amante del Buen Rollo™ que hoy se dedica a construir historias fantásticas como las que se leen en los preámbulos de las leyes de grandes ciudades o en los preámbulos de proyectos de Estatutos muy imaginativos.

Two nations; between whom there is no intercourse and no sympathy; who are as ignorant of each other's habits, thoughts, and feelings, as if they were dwellers in different zones, or inhabitants of different planets; who are formed by a different breeding, are fed by a different food, are ordered by different manners, and are not governed by the same laws.

Más:
  • Weber, Eugen. Peasants Into Frenchmen: The Modernization of Rural France, 1870-1914. Stanford University Press. 1976.
  • Casaseca Hernández, Salustiano. Los Ancares: educación y subdesarrollo. Universidad de Salamanca. 1990.
  • Leyes de Jules Ferry
Delicioso:






1 comentarios:

Teseo 23 febrero, 2013  

Los cruceiros empezaron a levantarse algo después de los romanos en torno al siglo XIV después de la Peste Negra, aunque la mayoría de los que quedan son del XVI-XVII.

Yo no me fiaría de Buñuel.

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