jueves, 31 de enero de 2013

Tangentopolis castiza

El Mundo Libre tuvo que trucar un poquito las elecciones italianas de 1948, porque existía el peligro inminente de una victoria del PCI. Los comunistas, recibiendo el generoso apoyo financiero de la URSS suponían un riesgo para el equilibrio de fuerzas europeo.


Equilibrio que casi quiebra en Grecia (hubo que permutar Grecia por Checoslovaquia. Así, Checoslovaquia, un país que siempre estuvo integrado en las corrientes centrales y occidentales europeas, acabó siendo prácticamente arrancado de su historia al caer en las avariciosas garras de la plutocracia comunista. Como contrapartida, Grecia, un país no occidental, se metió en todos los foros occidentales y en la dinámica transatlántica, cosa extraña para su historia). Como resultado, Italia cae en la órbita occidental y disfruta de un régimen de libertades.

Pero disfrutar de un régimen de libertades no lo es todo. Es muy importante, qué duda cabe, pero no lo es todo. Los sucesivos gobiernos italianos estuvieron utilizando el poder para enriquecerse. Políticos y partidos acordaron discretamente repartirse el poder. Una especie de alternancia similar a la española de la Restauración. Los políticos del PCI tenían el apoyo soviético, así que los partidos gobernantes, especialmente la Democracia Cristiana, buscaron vías de financiación al margen de la ley.


Hablamos de décadas de poder opaco. Sobres y maletines corriendo por los despachos. Empresarios y constructores sobornando a los cargos públicos de un modo que haría enrojecerse a la corte bizantina. Llegamos a los años 80, el sistema se institucionaliza. Hay una estructura de poder paralela al poder legal. Todo el mundo lo sabe. Si quieres que la autoridad te apruebe algo, llevas el maletín, si quieres hacer política, aceptas el maletín. El sistema se institucionaliza hasta tal punto que las empresas tienen que tener una contabilidad B para llevar cuenta de los pagos ordinarios a los políticos de Democracia Cristiana, Partido Socialista Italiano, Partido Socialista Democrático Italiano, Partido Republicano Italiano y Partido Liberal Italiano.

En los Consejos de Ministros, el llamado Pentapartito se reparte las carteras, patrimonializando oficinas públicas. A comienzos del 92, un empresario que no puede hacer frente a la contabilidad paralela llama a un juez, el juez le pone un micrófono y en unos meses revienta la política italiana. No sólo desaparece el sistema de partidos que gobernó Italia durante casi cincuenta años, sino que numerosos empresarios y políticos acabaron en la cárcel. Se descubrieron contactos con la Mafia, hubo atentados contra jueces, suicidios de políticos... Y es que cuando se empezó a tirar de la manta, algunos políticos prefirieron colaborar con la justicia antes que pringar solos. Si quiebra la omertá, quiebra el sistema.


Lo triste del caso es que en Italia falló todo. No se medio-resolvió la cosa por la actuación de los contrapesos. No hubiera sido posible el final de la I República si algunos imputados no le vieran las orejas al lobo, sin un gran apoyo social al proceso de «Manos Limpias», ni a muchos empresarios que actuaron por su cuenta al margen de del sistema B (tangentopoli).

Llegamos a un punto en España en que estamos en una situación similar. El sistema de alternancia de partidos, unido a una situación económica propia de un país arrasado por la guerra, los excesivos y humillantes casos de corrupción y los vericuetos empleados por las mayores empresas del país para medrar bajo el ala del poder, tienen a la gente hasta las narices.

Una vergonzosa actuación en el Congreso hace poco, nos llega como un estertor de este enfermo que no da más de sí. Rubalcaba y Rajoy hablando de corrupción como si la gente fuera imbécil. La gente aguanta mucho, en particular porque tiene otras cosas importantes a las que prestar atención, pero llega un punto en que se nota que el tejido social (?), menestrales, comunes, plebe en general, no puede seguir con este chorreo.

¿Y entonces qué?

Tan ciegos hemos estado, que ahora que nos mandan recomendaciones de Bruselas, empiezas a rascar y asoma el pus. Este es un detalle que no me gusta de esta crisis de régimen. Los españoles no sabemos gobernarnos, dicen. Cuando dejamos de ser un país pintoresco de paellas y flamenco, sale Némesis al campo.

Me niego a creer esta versión. En este país hay gente muy válida y con ganas de cambiar las cosas. Que las barreras parezcan imposibles de superar no es razón para desistir. Si no hay una presión constante, si los malos no se sienten acorralados, nos mereceremos lo que nos pase y daremos la razón a quienes dicen que no nos podemos gobernar. Hay que quitarles la razón a esos.


Resulta evidente que aquí entran en juego toda una serie de factores que van más allá de nuestros banqueros y políticos. Están los medios de comunicación, funcionarios, clase media protegida y forma de hacer las cosas. Me detengo en esto último. El caso de los ERE de Andalucía, por ejemplo: un sistema basado en subvenciones públicas fomenta que ocurran estos robos.

Se puede y se debe mejorar los sistemas de transparencia, el funcionamiento de las instituciones y la asunción de responsabilidades; pero si ya partes de la base de un sistema de flujos de dinero que responde a intereses que poco tienen que ver con la eficiencia económica o la protección a quienes están en el arroyo, no te llevas las manos a la cabeza. Es cuestión de tiempo que se robe en una oficina cuya única razón de ser es repartir la pitanza.

Es por esto que no me fío de la alternativa de la izquierda extravagante: no veo en qué momento pone su discurso cortapisas a la corrupción. No hallo por aquí solución a corto plazo. (Ni entro en la mayor corrupción, que es ver a los etarras ganando). Tampoco me fío de quienes ya han robado en el pasado, porque no tengo motivos para pensar que lo volverán a hacer.

Descartados:
  • «Los españoles no se pueden gobernar», «protestar no sirve de nada».
  • Izquierda extravagante.
  • Casta parasitaria conocida, «y tú más».
Solo puedo pensar en gente que tenga cierto proyecto que no pase por el Tercer Mundo y no me grite. No es pedir mucho, creo yo. Detectar a esta gente pasa por preguntarles qué aspecto debe tener el país dentro de treinta años. Si en la respuesta mencionan la palabra «innovación» o la expresión «poner en valor», se les corta la cabeza y pasa el siguiente. Es un método chusco, lo sé, pero ya es algo con lo que empezar. También estoy abierto a otras ideas, ojo.

Resumiendo: el pueblo quiere sangre, los barcos de grano egipcio no llegan al puerto y se ha visto un águila muerta en el foro.

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6 comentarios:

Drizzt 01 febrero, 2013  
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Drizzt 01 febrero, 2013  

Hola Pablo

Si el pueblo quiere sangre, quizás, y digo sólo quizás, debe de plantearse la cuestión de la corrupción la próxima vez que diga que no quiere factura en una tienda o que usa las recetas del abuelo para comprar las medicinas del nieto.

Otra solución, por supuesto, es el uso de sistemas de dinero electrónico, lo cual en un país tan bancarizado como España podría implantarse ... hasta que el político de turno decida poner un tipo del -1% para "incentivar la economía"

Pablo 01 febrero, 2013  

Dinero con fecha de caducidad, también sería gracioso.

Drizzt 01 febrero, 2013  

Hola Pablo

No le extrañe usted, que llegado el momento haya una legión de economistas defendiendo esa idea de dinero con caducidad... me veo de burbuja en burbuja hasta el gran bloom final.

Lino Moinelo 02 febrero, 2013  

No he pillado el final. Entiendo que la innovación o poner en valor no son malas por si mismas, sino que sin los mecanismos para articularlo son palabras vacías. Supongo que es eso.

Pablo 02 febrero, 2013  

Exacto. me refiero al lenguaje político. Es evidente que innovar es una vía para competir mejor.

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