martes, 22 de enero de 2013

Cambiar los partidos desde dentro

La participación masiva de gente en los partidos es una idea que se topa con una resistencia esencial: cómo funcionan por dentro. Las organizaciones crípticas no gustan de los cambios (aunque no tienen más remedio que llevarlos a cabo). Entiendo el gran argumento a favor de la idea: muy poca gente es activa en los partidos (y además, en según qué partidos esto varía muchísimo: es incomparable el nivel de implicación de los militantes de IU con los del PP).

Como los datos de afiliación (y participación en sus procesos internos) no son públicos o fáciles de conseguir, no me he molestado en buscar mucho. Además, lo que quiero es tener una idea general de la situación no los datos concretos.

Izquierda Unida en Galicia son 700 personas. Conozco a gente con más amigos en Facebook. Me llama la atención que en Extremadura, con 500 afiliados, sean decisivos.


El PSOE, por el número de delegados de sus primarias, no va muy allá en muchas comunidades autónomas. Por ejemplo, con 50 delegados de Galicia, debe andar por menos de 3.000 afiliados en toda la comunidad.

UPyD que está creciendo mucho últimamente en las encuestas, tiene un panorama desolador: hay provincias en las que sencillamente no existe. En Galicia deben tener unos 150 afiliados. También hay que decir que es el caso opuesto a IU en Extremadura, aquí pocos afiliados sí significa que no estás (en este caso también hay que recordar que una estrategia correcta en Madrid, no se puede imitar en Galicia. Lo de mirar encuestas y saber por qué electorado compites, ya sabéis).

El BNG que deja participar a todos los afiliados en sus Asambleas, tenía 5.300 antes de su voladura interna. Viendo dónde tiene su poder, en la provincia de Lugo, por ejemplo, no deben ser más de unos pocos cientos.


Del PP no encuentro ningún dato fácil. Cualquiera diría que ahí hay cositas que ocultar. No, no voy a ser malo. Estimemos unos 600.000 afiliados (incluyendo personas fallecidas). Con un 6% gallegos —en relación al peso demográfico de Galicia en España—, dan unos 36.000. Cifra mucho más alta que la real, pero sí indicativa de que ahí el PP es el partido-institución. Yendo más al detalle, podemos poner que 3.000 son coruñeses. Al fin y al cabo, la acción de la militancia comienza por el círculo local.

Estos datos cogidos al vuelo indican que tras los grandes números de los resultados electorales (y sus enormes consecuencias), poca gente se dedica a la política activa. ¿Cuántos de entre los afiliados son realmente militantes activos? Es cabal pensar que una ciudadanía movilizada puede hacerse con el control de pequeñas esferas de influencia dentro de los partidos. Dejando a un lado los casos en que en los procesos internos de los partidos se anulan votos, votan muertos o llegan sacas de votos de militantes en el exterior; se puede pensar que por aglomeración es posible arañar algo del caparazón impenetrable tras el que se refugian todos los partidos.


Problema: de lo que se trata es de participar activamente, no de pagar una cuota. Hay mucha gente que puede estar interesada y sin embargo sus circunstancias les impediría hacerlo posible. Ahora bien, ¿y si quienes no pueden o quieren implicarse simplemente usaran su voto como afiliado en los procesos internos para votar la lista Maverick? Para esto haría falta una estructura paralela al partido, con cierta organización. Esto puede traer otros problemas a la larga (hacer todavía más opaca la política no creo que sea buena idea).

Otra idea es usar nuevos partidos (algo que no es tan descabellado). Supongo que en ayuntamientos relativamente pequeños (tampoco interesa que sean muy pequeños, porque ahí, una vez que ya no pueden recalificar nada, ya no tienen influencia) la competencia frente a otros puede ser más equilibrada. Esto también tiene muchos problemas. En Galicia —uso el ejemplo más a mano— existen innumerables agrupaciones independientes (lideradas por ex-PP, ex-Franco, ex-Cánovas, ya sabéis) que están de ponzoña hasta el hipotálamo. Pequeños partidos-proveedores de los que hay que huir como de la peste. Otro problema de incipientes partidos tienen que ver con figuras mesiánicas o ideas excesivamente estrafalarias. La gran baza de los nuevos partidos es lograr que se hable de las cosas que no se hablan. Esto es, llevar la pelea a donde les interesa y conseguir que los demás se posicionen. Si se supera el gran escollo del acceso a los medios de comunicación, es una alternativa con mucho sentido. Ojo, que también se puede caer en que un nuevo partido, pase a ser un viejo partido y vuelta la burra al trigo. La organización interna del partido a la hora de no repetir errores del pasado es crucial.

De lo que se trata, a mi entender, es de que cada cual opte, en la medida de sus posibilidades, por hacer visible lo que cree que no funciona bien y que participe para tratar de cambiarlo. Esto tampoco se puede hacer a costa de las ideas básicas, de partida, de cada uno. Se trataría de buscar las herramientas más a mano de acuerdo con tu propia idea de las cosas.

De la idea de las cosas que tenemos todos también habría que hablar. Aunque lo fundamental, la base, es cambiar la materia prima de la política. No por capricho ni pensando en que es la panacea. Es cuestión de mirar las fotos del alcalde de tu pueblo o de las listas de diputados. Quien no lleva treinta años en política, es que ha nacido dentro de un partido. Otro tema en el que no podemos hacer mucho es el de la empresa, sobre todo la banca. Los bancos españoles que se lo llevaban crudo en 1940 son exactamente los mismos que hoy. Incluso tienen dinastías familiares. Cambiar eso desde dentro supone matrimonios. Muy medieval.


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