miércoles, 12 de septiembre de 2012

¿Por qué existen nacionalismos en España?

Poca cosa entretiene más a los españoles de cualquier condición y latitud, que hablar de España. En concreto, a los españoles se nos da de fábula hablar mal de otros españoles. Esto no es cosa de Franco ni de Zapatero ni de Rajoy. Cualquier vistazo a los temas populares de la literatura española clásica, da buena cuenta de las pullas que se lanzaban contra gallegos, lemosinos, castellanos, andaluces, etc.


Hace siglos, la gente no era más lista que ahora. Su ignorancia sobre la vida en otra esquina de España alimentaba el desprecio. Igual que ahora. Conviene apuntar que en el siglo XVII esa ignorancia estaba más justificada que hoy en día: había menos gente que supiera leer y escribir. Hoy sin embargo tenemos a un montón de gente analfabeta en varios idiomas y la cosa no cambia mucho.

Centro-periferia

La dialéctica centro-periferia tan de moda (sólo) en los últimos cien años, responde a un montón de factores. El más importante -y al que menos importancia se le da-, es la propia distribución demográfica. España en estos últimos cien años tiene gente básicamente en Madrid y en su costa. En el XVI había problemas con los pastores castellanos de ovejas porque había gente en Castilla, hoy los castellanos no plantean ningún reto a la estabilidad política. Esta es la primera idea: la distribución de la gente sobre el territorio. Habrá que pensar por qué hemos acabado con un país básicamente vacío. Qué tipo de medidas fueron las responsables de esto. Habrá que pensar qué consecuencias tiene esta aberrante distribución demográfica: ¿un 70% de población mirando al mar y de pronto un 10% de población en una ciudad en medio del desierto?


El segundo factor viene de la incapacidad de los Borbones por crear un estado centralizado. Hasta ayer por la tarde teníamos guerras civiles con gente que defendía cartas forales medievales, que eso tú lo cuentas por ahí y se ríen en tu cara. En general, en España no hemos tenido suerte con ningún tipo de sistema administrativo eficaz. No me sorprendería que la administración americana fuera más eficiente que la ibérica a la hora de cobrar impuestos, proteger a la gente, construir infraestructuras, etc. No es que los dirigentes españoles fueran peores que en otros lados (eso también es muy español: pensar que o somos los mejores del mundo en algo o somos los peores del mundo), más bien ocurrió que estaban más preocupados por mantener alto el honor nacional que por procurar que la gente tuviera con qué comer. Así por ejemplo, seguíamos exportando lana mientras los telares multiplicaban por cuarenta su precio en el extranjero.


Si tienes un inmenso territorio casi despoblado por el que percibes una renta, careces de incentivos para fabricar un telar y vender la lana transformada. Si encima nadie va a cambiar el statu quo (el exceso demográfico se va a América, otros rentistas vecinos hacen exactamente lo mismo que tú, la corona no te aplasta a impuestos porque saca plata de América, etc.), habrá que esperar hasta que llegue un ejército extranjero e invada tus campos para que cambie algo. Por el camino, el país entero pierde cualquier tipo de iniciativa en el campo técnico o político. La aberración al valor añadido, a la excelencia en las cosas (que tan bien vemos reflejada en nuestra emoción cuando sí destacamos en algo), viene de esa hidalguía bajuna y rentista. Sin olvidar que los mayores rentistas españoles (hasta ayer por la tarde), fueron la Iglesia y las Órdenes Militares. Que si un noble tenía pocas obligaciones, estos, directamente, ninguna. (A pesar de lo cual, aún debíamos cierta protección social, y un sistema educativo a la labor de la Iglesia).


El tercer factor que da pie a la dialéctica centro-periferia es consecuencia de los dos anteriores: la población no cortesana vive muy lejos de la corte y precisamente no dispone de grandes extensiones de tierra con las que fomentar una hidalguía bajuna y rentista (en Andalucía sí disponen de esa tierra, por eso ahí evolucionarán de forma distinta a Vizcaya). En estos sitios, además, se hablan idiomas diferentes y si llegas de fuera y quieres mezclarte, sólo te aceptarán si imitas las costumbres locales. Este comportamiento se acopla y refuerza. Conforme pasa el tiempo, aumenta la densidad de población, aparece una burguesía urbana cuyas demandas poco tienen que ver con las de la hidalguía ganadera, hay más contacto con el exterior (puertos de mar). En general, esos españoles evolucionan de forma distinta. Para cuando alguien en Madrid decide organizar una administración nacional más o menos moderna y funcional, se encuentra con un zapitoste de mucho cuidado.


La riqueza excedente de esas zonas, se emplea en ocio, como en todas partes del mundo. Pero en lugar de organizar dos corridas de toros, organizan una y además unos Juegos Florales. En esos Juegos Florales, siempre está el borracho del pueblo o un tipo que lo pasa mal porque su legítima se acaba de escapar con el telegrafista a Río Muni. Y pone a parir a todos los tronos celestiales, con la mala pata que lo hace en lemosino o galaicoportugués. Los vecinos le ríen las gracias, pero se da el caso que uno tiene un primo en la capital que es periodista. Ahí empieza el matute. Hay un listo -siempre hay un listo- que lee la historia en el periódico y se le ocurre que eso de que haya Juegos Florales es una concesión que afecta al correcto desarrollo de la modernidad en España. Otro listo -estos asuntos siempre son entre listos- responde en su columna que lo moderno es reconocer la pluralidad plural de la cosa nacional. Y ahí se enzarzan en una discusión entre caballeros antiguos.

Todos están de acuerdo con esta dialéctica

Incluso en época tan reciente como los años veinte, ningún movimiento nacionalista español relevante pedía la independencia. Mejor dicho: ninguno de los actuales padres de las patrias gallega y lemosina, pedían la independencia. Aquí está la clave del asunto: años después, ya en pleno franquismo, muchos profesores universitarios que no ligaban, cogieron citas de esos padres de la patria y se inventaron una historia horrible de persecución y enfrentamiento (como si en este país hubiera pasado algo diferente a otros países). Por su parte, otros catedráticos con mucho tiempo libre, respondieron a estas historias, lo que a su vez provocó una reacción en sentido opuesto. Este debate, con su gran componente sentimental, pasa a la política (aquí la política es un constante apelar al sentimiento, y a nadie le gusta que se metan con su aldea de mierda). De la política pasa a los planes de estudio y de ahí a mis libros de texto, en los que con once años tenía que creerme que los gallegos tenemos parientes celtas y suevos y además del siglo XV al XIX no se publicó nada en gallego, cosa que se repetiría con Franco. Que esto sea mentira no le importa a nadie (y a quien le importe pasará a estar en un "bando" sin comerlo ni beberlo): todos sabemos que se trata de un pacto entre el centro y la periferia. La periferia tiene la excusa de alimentar un nacionalismo sacador respecto al centro. El centro tiene la excusa de alimentar su necesidad de permanencia porque de no existir, España se rompe. Curiosamente, en el diálogo, nadie piensa que lo que el nacionalismo saca al centro, se lo saca a los ciudadanos de su nación. Tampoco que lo que el centro tiene no se puede deber únicamente a los ciudadanos del centro.

Mientras tanto, lo que está entre Madrid y la costa, aparte de despoblarse, se debate entre imitar a los nacionalismos o apoyar la causa capitalina.

Por último, desengáñense: ni España se va a romper, ni los nacionalismos van a desaparecer. La dialéctica sirve de justificación a las dos partes por igual.

–Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.


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