domingo, 23 de septiembre de 2012

Dos formas de llegar al Estado nación

Después del Congreso de Viena se intenta regresar al statu quo internacional anterior al rapto de Europa. El caso es que la historia no tiene marcha atrás y el surgimiento de nuevas entidades políticas es imparable. Este periodo de aproximadamente cien años hasta el Tratado de Versalles ofrece dos visiones opuestas de lo que debe ser una comunidad nacional y de cómo la nacionalidad pasa a ser o no un estado.

Es cuanto menos curioso contraponer la forma de construcción nacional de Francia a la construcción estatal de Alemania. Son dos caminos para llegar al mismo objetivo.

Francia: del Estado a la nación

La mayor contribución de Napoleón a la política francesa fue la culminación ordenada del proceso revolucionario surgido en 1789. A partir de un Estado definido, patrimonio de un rey absoluto, se crea una nación moderna dentro de ese ámbito legal. Que la soberanía política recaiga sobre la nación, es una forma de construcción nacional en la que los súbditos pasan a ser ciudadanos, la bandera que une e iguala representa no al Estado, sino a la nueva nación. Un servicio militar basado en la idea de cumplir con una obligación ciudadana de protección de los intereses comunes, crea una historia compartida entre gente de diferente extracción social impensable unas décadas antes.


Es decir, el Estado-nación francés surge de un ámbito de soberanía del Antiguo Régimen en el que las nuevas leyes igualan a todos los ciudadanos (ciudadanos con derechos políticos y con instituciones representativas). El nacionalismo francés tiene como objetivo que los ciudadanos no sólo estén unidos legalmente, sino que compartan una historia y una responsabilidad para con sus nuevas generaciones. Claro que para ello hace falta homogeneizar el Estado, algo que ya encontramos en los ilustrados del XVIII. Por ejemplo, en la España de Carlos IV encontramos la primera ley de oficialidad del idioma castellano (1799). Si hay algo que tiene la historia es que las cosas no surgen de la nada. No incido en el caso español porque España tiene una problemática distinta (España se ve muy influenciada por Francia, pero se trata de un imperio generador que no entrará en la cuestión de la construcción nacional hasta prácticamente el desastre del 98. Más adelante sigo con esto).

Así, aparece la educación nacional, la oficialidad del idioma, el servicio militar, las fiestas de caracter nacional, banderas en los balcones y mucho come-baguetes cantando la Marsellesa.

Alemania: de la nación al Estado

El proceso en Alemania es paralelo pero tiene un sentido opuesto. Alemania no es un Estado del Antiguo Régimen. Políticamente hay muchos estados soberanos donde están los alemanes. Pero son eso: alemanes. Es decir, existe una nacionalidad previa, una comunidad nacional con sentido de compartir un sistema de pensamiento, con relaciones culturales y económicas que crean lazos de solidaridad comunitaria (Gemeinshaft) si cabe más fuertes que la muy heterogénea Francia del XVIII. Lo que les hace falta es crear un Estado común. En sentido estricto no se puede hablar de «nacionalismo alemán» (ya que si tienes una nación, carece de sentido ser nacionalista), sino de «estatalismo alemán».


Hay un proceso de unificación alemana basado en el acuerdo común y victorias militares. No hay nada que una más que luchar juntos. La lucha se dará tanto en el plano militar como en el de las ideas (la Kulturkampf bismarkiana). Prusia, y luego el Imperio Alemán, construyen un nuevo Estado moderno sobre la preexistente nación alemana. Esta concepción del Estado como unión de la nación alemana (en sentido estricto, como la unión de quienes hablan alemán allá donde vivan) tuvo consecuencias desastrosas porque muchos nacionales alemanes vivían bajo estados que a su vez vivían la pulsión de la construcción nacional.

No es casualidad que el antisemitismo ideológico prenda con fuerza en la civilizada patria de Schiller y Goethe. El proceso de estatalización crece sobre la nación que comparte un idioma y unas costumbres. El gobierno de Berlín no tiende pues a la homogeneización, sino a la compartimentalización de la sociedad (lo que hoy llamaríamos «ciudadanos de primera» y «ciudadanos de segunda»). En la aventura alemana en África se reproduce este modelo: los alemanes construyen sus comunidades sin mezclarse con la población local. Esto no es necesariamente malo: los indígenas pueden continuar con sus tradiciones e idioma y la tensión política es menor.

Medios distintos, fin compartido

La consecuencia evidente de los dos modelos es acabar configurando el Estado nación. Por vías distintas, tanto Francia como el Imperio Alemán llegan a las puertas de la Gran Guerra como Estados modernos en los que los ciudadanos con derechos políticos, formados en un sistema de educación compartido, desfilan ante banderas que los representan. De forma completamente diferente se llega al mismo fin: la relación intrínseca entre lengua, nación y Estado. Es decir, una cultura compartida en un ámbito político de vida compartida. En ambos casos, tanto Francia como el Imperio Alemán, logran crear las instituciones necesarias para que aparezca la solidaridad compartida sobre la que se construye una historia y un sufrimiento comunes, que es la única forma en que se concebía al Estado nacional en esa época (Renan).

Desde España comprendemos mejor el modelo francés. El Imperio Español, con sus instituciones premodernas, tiende a la homogeneización y asimilación sin compartimentalizar a la población. Como dije antes, no es sino hasta época muy tardía que aparece algún tipo de rasgo nacionalista -influencia francesa- en los dominios de la Monarquía Hispánica.

Es arriesgado afirmarlo, pero hasta se podría decir que existe un modelo español con rasgos propios. No hablo de cómo llegamos a ser Estado nación (modelo francés: sobre un Estado previo, se crea la nación, objetivo de los doceañistas y liberales del XIX), sino de antes. España, hasta la Guerra de la Independencia, no podía ser pensada en términos que no fueran imperiales. Es innegable que los españoles europeos eran metrópolis y los españoles americanos eran colonia. También es innegable que los ilustrados tenían en mente la asimilación de la población de todo el territorio. Lo que llama la atención es el caracter generador de la aventura española. Desde el punto de vista alemán, es incomprensible que los españoles dedicaran muchos esfuerzos a levantar catedrales y universidades en América. Sin embargo, desde el punto de vista de un senador de la República Romana, hacer eso resulta perfectamente comprensible.

Los futuribles pensados por los ilustrados y políticos de la época (el conde de Aranda por ejemplo), nos dibujan planes de creación de monarquías modernas en hispanoamérica. Una suerte de entente de estados ligados por lazos de sangre en sus jefaturas de estado y por lazos de religión, lengua y economía en su orden social. De poco sirve hoy insistir en el tema.

Lo que se puede sacar en claro es que no existen leyes fijas en la historia. Al igual que sucede con la economía y con cualquier tema que dependa de personas, podemos plantear modelos, sí, y compararlos. Incluso es deseable relatar hechos del pasado y aprender de ellos. Lo que no podemos hacer es prever con seguridad absoluta el cariz que tomarán las cosas.

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3 comentarios:

Elentir 23 septiembre, 2012  

Hay incluso casos de naciones que ni siquiera coinciden con los que has expuesto. Por ejemplo, Suiza: una nación con cuatro comunidades lingüísticas, pero en la que las tensiones, a lo sumo, han sido marcadas por cuestiones religiosas (calvinismo vs catolicismo) y políticas (la resistencia independentista frente a las tropas napoleónicas apoyadas por los republicanos suizos).

bastiat 25 septiembre, 2012  

Al final, y apoyándome en lo que dice Elentir, surgen un par de preguntas.:

¿Qué es lo que conforma una nación?

¿Es necesaria la nación para la creación del Estado?

El caso de Quebec y su separatismo y el cómo lo afrontan las leyes canadienses es muy interesante porque creo que precisamente lo que incide es en que la nación no es el sustento del estado sino la voluntad de hacer realidad la ley sobre los individuos que habitan en un determinado territorio.

Eso si, el territorio conquistado y defendido, puesto que la ley que cada grupo humano se otorga se hace efectiva dentro de un territorio y para aquellos que lo ocupen.

¿Sería posible llegar al fin de la nación articulando sólo territorios con su imperio de la ley?

Muy buen artículo. Pablo.

Pablo 25 septiembre, 2012  

Yo hablo de dos modelos, pero es evidente que no son únicos. Podemos poner muchos ejemplos diferentes, pero me pareció interesante comparar Francia y Alemania por sus paralelismos en direcciones opuestas.

La definición de nación es en sí misma un tema de debate político.

Si definimos nación como conjunto de personas en un territorio que comparten un rasgo común (lengua, religión o raza, por ejemplo) al que le dan mucha importancia, vemos que la relación Estado-nación no es biunívoca: la nación coreana tiene dos estados, la nación árabe muchos... el estado comunista chino tiene varias naciones, la Unión India también, etc. Así que no parece necesaria la nación para crear un Estado.

La última pregunta de Bastiat me parece muy interesante. Creo que el fin de la nación puede ser un objetivo del "modelo francés": mediante procesos de asimilación se puede hacer que toda la población asuma "valores estatales" (por ejemplo, el imperio de una ley común).

Si tomamos los imperios precolombinos como "naciones", podríamos afirmar que desaparecieron como naciones, aunque para ello primero habría que demostrar que fueran naciones, cosa que dudo.

Reformulando la pregunta, el planteamiento sería: ¿cómo lograr que una persona deje de darle tanta importancia a algo que tiene en común con otras?



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