lunes, 24 de diciembre de 2012

El síndrome del hambre

Encontrabas la nécora a 18 euros en la plaza hace quince días y en Nochebuena está a 40. La nécora se come fresca, esto es, tiene que meterse viva en la olla. Los viejos trucos de vendedores ambulantes como electrocutarlas para que se muevan, no sirven.

Con la nécora vemos cómo funciona el precio. Se dispara la demanda, aumenta el precio y también aumentan los chanchullos para vender la nécora mala. Empieza a ser rentable el riesgo de vender calidades inferiores.

¿Cómo es posible que se produzca este fenómeno teniendo al país en bragas, en un oscuro callejón, con la nariz sangrando y los tipos de la mafia buscándolo?

Hay varias explicaciones. La más corriente es la matemática: la gente que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA (ni casa, ni NADA, nought, niet, cero) es una minoría. La mayoría de la población sí tiene recursos como para disparar el precio de la nécora. También hay un incremento marginal de personas (pocas), que uniendo fuerzas y aprovechando la economía de escala, puede demandar nécoras. Esta es la explicación más oída.

¿Ensalada? Será una broma...
Sin embargo, yo soy partidario de otra explicación. La explicación de nuestro viejo conocido que vuelve a casa por Navidad: el síndrome del hambre.

Mi generación está a dos generaciones de la guerra. Pero mi generación no es la mayoritaria, es mi anterior generación la mayoritaria, que está a su vez a una sola generación de la guerra. La cantidad de gente que tiene información de primera mano sobre el hambre aumenta si contamos los años de la posguerra.

«Más alto, Klaus, no se te escucha». Origen.
No es exagerado afirmar que hasta antes de ayer, todo el país pasó hambre, carencias, limitaciones e inseguridades (bueno, todos no: repasas las familias más ricas del país en los años 40 y hoy siguen estando entre las más ricas. Mirad los dueños de los bancos, por ejemplo...). Del recuerdo vivo de ese hambre, surge un viejo miedo común. Todo o casi todo el país alza el puño como Escarlata. A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre. Ni yo ni ninguno de los míos volveremos jamás a pasar hambre. Lo que sea menos pasar hambre. En un país cuyo pecado capital es la envidia -recordemos que Castilla triunfó culturalmente en España-, a la lucha contra el hambre se le une la lucha contra la apariencia del hambre.

Ponderamos agudeza, ingenio y expedición por el tamaño de la bolsa de la compra de nuestro vecino. Este comportamiento solo es criticable en parte, ojo, el éxito se vende en gran medida como apariencia-de y tenemos poco tiempo para juzgar y valorar; luego actuamos de forma racional. Pero. ¿Es deseable esta valoración del éxito? En el pasaje de la Última Cena, Jesús se pregunta quién es más importante: ¿quien sirve la mesa o quien se sienta a ella? (Lc 22:27). Por otro lado también está nuestra herencia evolutiva: es más deseable cuidar mejor de los tuyos que no hacerlo.

No tengo una conclusión para el tema. Sólo una pregunta, ¿hasta qué punto es deseable procurar el propio éxito teniendo en cuenta que este éxito te puede alejar de lo éticamente deseable (asumiendo una ética cristiana, claro)?

El general Patton os desea una Feliz Navidad desde 1944.




2 comentarios:

spartan 25 diciembre, 2012  

Pues hombre, yo creo que casi todas las sociedades han celebrado sus fiestas a base de jartarse de comer, así que la hipótesis de la "cercanía generacional" a la guerra no me convence.

La evolutiva quizás sí. Al fin y al cabo las que suelen preparar las cenas (comidas, etc) suelen ser las mujeres, y las mujeres -creo yo- tienen la pervivencia del clan grabado a fuego en el ADN. En especial las madres. Un hombre, si prepara una comida, te insistirá en que comas por quedar bien o por orgullo (la comida la ha cocinado el, ¡debe estar buena!). Una madre lo hace porque quiere que te críes hermoso y gordo como un cerdete.

Teseo 26 diciembre, 2012  

San Lucas el evangelista era de casa rica. No debió pasar hambre en su vida...

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