lunes, 4 de junio de 2012

La intervención no será televisada

La idea es que seamos más intervenidos de lo que ya somos. Rajoy quiere mantener las apariencias en su huida hacia adelante, pero la realidad es tozuda y, no sin razón, los acreedores de España quieren asegurarse de cobrar más temprano que tarde.

No será difícil vender la rendición de soberanía al público: nuestros patricios han hecho mal todo. Y lo poco que han hecho bien, ni siquiera lo han sabido explicar. En esta situación, no es de extrañar que muchos pidan a gritos que vengan esos ya famosos funcionarios grises y herejes. Los últimos mamoneos con Bankia han sido la gota que colma el vaso: no hay dinero para compensar la falta de confianza. Esto lo sabe Madrid, lo sabe Bruselas y lo sabe Frankfurt. Es hora pues no ya de apretarnos el cinturón, sino de desempolvar las viejas películas del Antiguo Egipto y practicar la pose encorvada y calamitosa de los descalzos y sufridos esclavos.


Hay cuestiones que resolver que el gobierno de España no está dispuesto a hacer. Reformas de gran impacto electoral. Nuestros cobardes oficiales del reino, pensando quizá en que todavía pueden salvar su honra, pasan la patata caliente a la Oficina Alemana de Gestión de Deuda o a cualquier otra comisión creada ad hoc para la intervención de España. En el PP puede que piensen que si dejan que sean los alemanes quienes se carguen las autonomías o suban la jubilación hasta los 70 años, a ellos no les pasará tanta factura. El caso es que las próximas elecciones, el PP las perdió hace meses (ahí están los resultados de las andaluzas: los votantes del PP dejaron de votar al PP).

Son números. Todo son números, no hay lugar para el pensamiento mágico ni los brindis al sol. Simplemente si sumamos el pago de los intereses de la deuda, las necesidades de financiación del sector bancario, el vencimiento de las deudas autonómicas, el creciente gasto social y el déficit de la balanza por cuenta corriente, nos encontramos con una elefantiásica cantidad de dinero que simple y llanamente, no tenemos. Y no solo no tenemos, sino que además, en las actuales circunstancias, ni siquiera podemos pedir prestado para pagar. Punto.

Lo único que puede negociar el gobierno de Rajoy es la hora a la que servir el desayuno a los funcionarios bávaros. Como cualquier otro español asqueado, reconozco algo positivo en esta derrota: a la troika se la soplarán los gimoteos de Artur Mas, se pasarán por el forro las reivindicaciones de los sindicatos y observarán con curiosidad etnológica las protestas de los iluminados indignados. Además, consolidar una unión fiscal europea, limitará los destrozos que cualquier político subdesarrollado pueda hacer en el futuro. Puede que en este sentido nuestro régimen mejore aminorando las pulsiones caciquiles de la política cazurra de la promesa perpetua. Pero qué quieren que les diga: me hubiera gustado que eso saliera de nosotros, que no vengan sonrosados funcionarios con sus ojos pequeñitos a constatar que hemos sido unos palurdos, que hemos condenado a la esclavitud de la deuda a las siguientes generaciones.


Se consumará la intervención, aprovechemos la residual dignidad que nos queda, para darnos un último gusto de ver desfilar por maratonianas sesiones de comparecencias en una comisión de investigación, a las docenas de pájaros que desde los Consejos de Administración de las cajas y desde el Ejecutivo anterior ayudaron a ponernos en esta situación. Démonos ese placer. No pido que nadie vaya a la cárcel, tan solo quiero asegurarme que cada vez que alguno de esos individuos pida un solomillo en un restaurante, un pinche de cocina le escupa en la guarnición.



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