miércoles, 23 de mayo de 2012

Solución regional en la construcción de Europa

Ya que está de moda el tema de solucionar la crisis de deuda soberana de los estados miembros de una Europa no soberana, no está de más ver cómo resolver el conflicto. A priori, la unión fiscal total de los estados miembros tendería a una inevitable unión política. El caso es que las resistencias de los estados nacionales evitan constantemente abrir ese camino.

No tomo partido ahora sobre la justificación de estas resistencias, tan solo apuntaré la idea de dominio de Europa de los dos principales países centrales, y la capacidad del Reino Unido para seguir un criterio propio no continental bajo el paraguas de la hiperpotencia hegemónica.

Juan Ferrando Badía, en un trabajo sobre el regionalismo europeo, plantea este y otros temas relacionados con la integración europea. Lo que parece proponer es un federalismo de «comunidades naturales» en una Europa uniformadora. Ante esto ya salta una pequeña duda. El federalismo, por definición, supone la unión de aquellas entidades previamente divididas. Si las comunidades naturales o históricas, que el profesor contrapone a las comunidades nacionales, ya forman parte de una unidad previa, el federalismo resulta imposible pues habría que dividir lo que ya está unido, reunir a sus partes constituyentes y volver a crear una unión.

Los problemas semánticos son muy aburridos, pero es imprescindible plantearlos, ya que si no hablamos todos en los mismos términos, no podemos entendernos.

En el opúsculo, se hace una defensa liberal de la integración europea sobre la base de las «comunidades naturales».

Según las teorías federalistas, deberán integrarse no sólo los Estados nacionales, sino también las diversas comunidades naturales existentes en las mismas. A eso apuntan los científicos de la política y políticos belgas y alemanes, por ejemplo. Unos como medio para resolver los conflictos internos entre flamencos y valones, los otros para solucionar el problema de la unidad alemana. (...) Sólo así desaparecerá el peligro de un monstruoso Superestado europeo, ese Estado gigantesco que, con sus fuertes poderes y leyes generales, sería incapaz de gobernar beneficiosamente, al consumir en su uniformidad la riqueza varia de las pequeñas unidades naturales a escala humana.


No es difícil ver aquí que quienes defienden el regionalismo europeo entrarían en contradicción con esa uniformidad. En general, esto es poner de manifiesto la contradicción obvia de Europa: Europa no tiene casi nada que la una. No existe ni un idioma común, ni una religión común ([PDF] Eurobarómetro 2005)... lo que une a Europa es una historia común basada en el recuerdo de la guerra y en la contraposición de los intereses económicos europeos frente a Estados Unidos (y frente a la URSS en la época en que Ferrando Badía publicaba esto en España).

Vía | GlobalVoices
Es muy curioso que para salvar estos "obstáculos", por una parte, se emplee el inglés como lingua franca y por la otra, que las menciones al cristianismo sean censuradas en cualquier papel oficial debido al alto nivel de ateísmo de los países protestantes (básicamente, y me remito al Eurobarómetro). Es como si se quisiera construir una Europa "artificial" en cierta manera. Si esta idea es cierta, supondría la existencia de una idea "natural" de Europa. Más allá de la guerra y del interés técnico inmediato de la construcción europea, Badía trata de definir una conciencia europea:

La estructura de la conciencia europea está integrada por un conjunto de factores que tienen su origen en el Mare Nostrum: el racionalismo griego, el espíritu jurídico y político de Roma y la moral cristiana en cualquiera de sus versiones o cristalizaciones históricas. No se desconoce la existencia de otros factores que han influido en la configuración de la conciencia europea —por ejemplo, la revolución liberal y capitalista y, a su reacción, al marxismo—, pero la nota esencial de la misma es la resultante de los tres factores precitados. La esencia de la estructura histórica europea encierra, pues, en último término, el complejo de estos tres factores: el helénico-latino-cristiano.

Esto, desde nuestro contexto, es fácil de admitir. Sin embargo, no podemos obviar que hay otros en Europa que tienen otra idea. Básicamente los extremistas antiliberales, siempre han abanderado la idea de la "Europa de los pueblos", una idea antigua que alcanza su cénit con los planes de las SS para Europa y que llega a nuestros días en las soflamas de sus herederos cuando defienden la "Europa de los pueblos" frente a la "Europa del capital".

Una Europa unida no tiene por qué segregar una nacionalismo europeo. En la época de la planetarización política, los nacionalismos deben quedar marginados. De ahí que Europa deba estar ya presta para acoger en su seno a todos aquellos países que hoy están más allá del telón de acero, ya que su destino geográfico e histórico reclama su presencia en el seno de la familia europea. Este camino sólo podrá comenzarse y avanzar en él iniciando comercialmente intercambios, para luego continuar con contactos culturales e ideológicos. La confluencia en el marco de la economía podrá tener aparejada una analogía de estructura social y —progresivamente— de estructuras políticas. Pero, como fase previa para que llegue a esta posible unión de todos los Estados netamente europeos, en una comunidad superior, es necesario que los países del llamado mundo occidental se integren políticamente. Que los nueve miembros que integran la pequeña Europa se pongan de acuerdo para crear la Europa política de todos deseada no es difícil. Tanto más cuando entre ellos existe un denominador político común: la ideología democrático-liberal.

Nótese el empleo del concepto de «destino geográfico e histórico».

En el informe de la Comisión de las Comunidades Europeas de 3 de mayo de 1973, surge algo que también está de actualidad:

La realización de la Unión Económica y Monetaria Europea, decidida para 1980, conducirá a un callejón sin salida si las economías nacionales no sufren las transformaciones necesarias para evitar divergencias excesivas entre las economías de los Estados. La reducción de los desequilibrios regionales por medios adecuados se convierte así en factor acelerador de las mutaciones económicas indispensables para la solidez de la Unión Monetaria, en el momento en que ésta significa el abandono de la modificación de los tipos de cambio como medio para restaurar los equilibrios fundamentales.

Efectivamente, se ha repartido dinero entre las regiones para aliviar las diferencias internas de los estados cara el objetivo mayor de aliviar las diferencias entre los mismos estados. Que hayan postergado 22 años la unión monetaria -caída del bloque comunista, que tuvimos que pagar, por medio-, indica las dificultades que el proyecto de unión económica saluda. Pero hoy tenemos el euro y podemos dar por superados estos problemas, ¿qué resistencias políticas nos encontramos en la construcción europea? Pues al igual que sucedía hace cuarenta años, un gran problema que se arrastra de antiguo: la heterogeneidad europea.

En el plano de las dificultades regionales, la Francia de 1975 ha estado caracterizada por violentas manifestaciones en Córcega y el creciente nacionalismo bretón y alsaciano, como asimismo por el movimiento occitano. Pero Francia no tiene, como Inglaterra, ningún representante separatista, a pesar de que un no despreciable número de franceses (71 por 100) quiere ver a sus asambleas elegidas directamente.

Hace algunos meses, Jean Francois Revel manifestaba en el semanario L'Express que se hacía precisa «una libertad de gestión para las regiones y consentir el derecho de sus habitantes a ser los primeros en decidir sobre su desarrollo», para insistir más adelante que con esto no se atenta en contra de la soberanía del Estado ni de la unidad nacional, ya que «se es víctima de una confusión elemental entre dos especies de centralización: la centralización gubernamental y la centralización administrativa. La primera implica los problemas comunes a toda la nación y la política general; la segunda, los problemas de la vida cotidiana de los ciudadanos, que, mal que mal, el poder central es el menos apto para comprender y guiar»

El conflicto regional, que ha dividido a los belgas en los últimos tiempos, ha sido una de las causas de la dimisión de tres gobiernos en menos de cuatro años. (...) El tema regional es un problema axial para la estructura sociológica de la política en Bélgica.
El problema en la Gran Bretaña, que hoy vemos recrudecerse, tiene notables complicaciones. El primer hecho fundamental es que los límites entre las distintas nacionalidades británicas coinciden también con la participación religiosa de las islas: Gales, metodista; Escocia, presbiteriana; Inglaterra, anglicana, e Irlanda, católica. Esta diversidad religiosa ha sido, sin lugar a dudas, un factor decisivo para la subsistencia de una conciencia nacional independiente, incluso en aquellos países en que la cohesión idiomática se ha perdido en gran parte. (...) Como es natural, el «Scottish National Party», fundado en 1928 y de gran importancia en estos momentos, quiere una independencia completa que espera conseguir en el plazo de una década.

Aparentemente, Italia ha logrado un equilibrio entre los poderes nacionales y locales, ya que cuando se planeó la Constitución de 1947 estos problemas fueron tenidos poderosamente en cuenta, motivo por el cual se estructuraron cinco áreas con tratamiento especial: Sicilia y Cerdeña, cuyos habitantes hablan una serie de idiomas incomprensibles a los italianos de la península; Valle D'Aosta, bajo los Alpes franceses, lugar en que a los colegiales se les enseña el francés; Trentino y Alto Adigio, en la frontera con Austria y Friuli, Venecia Giulia, en la frontera con Yugoslavia.

Todos los proyectos descentralizadores europeos, ya vengan desde la capital o desde la periferia, han tenido como motor esencial la equiparación del nivel de renta (por emplear un término práctico). La propia Unión Europea otorga desde sus inicios gran importancia a este fin. Ahora bien, ¿la formulación política de Europa es práctica en este sentido cuando vemos que la unión económica litiga con las pulsiones de los estados nacionales?

Si las partes integrantes de los estados nacionales, no fueran tan solo destino de ayudas a la cohesión, -decididas por la Unión y por sus propios gobiernos centrales- sino participaran en el proceso de toma de decisiones directamente (y para ello ya existen mecanismos aunque de caracter consultivo), puede que las resistencias de los estados nacionales se redujeran, facilitando la integración política europea.

Unión Europea según la Nomenclatura de Unidades Territoriales Estadísticas del primer nivel (entre 3 y 7 millones de habitantes).
Dicho de otro modo, no hay que pensar en cómo reducir la soberanía estatal para aumentar la europea, ya que ese proceso es políticamente costoso y malo de vender. Existe otra vía que es la de otorgar más capacidad de influencia a las regiones y que estas participen (más) directamente en Europa. En este escenario, los competidores serían tantos y tan variopintos, que, de forma directa, sería imprescindible contar con cohesión política a nivel europeo.

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