viernes, 11 de mayo de 2012

No culpes a la mano invisible

Es natural buscar culpas ajenas: la evolución nos prepara para la supervivencia y, si un troglodita tiene hambre, le da con una cachiporra al troglodita que come manzanas. Algo parecido sucede con el libre mercado y la mano invisible: son el destino más fácil de las quejas de la gente. Quejas adornadas de sentimentalismo, que no por erradas dejan de revelar una situación calamitosa.

Veamos una anécdota entre tantas:

En las colas un hombre de mediana edad, sin mala pinta, un padre de familia, con su carrito verde pequeño con dos cartones de leche y varios paquetes de pasta, suplicando por favor una ayuda para pagar unos productos de primera necesidad, no más de cuatro euros seguro. Se me para el corazón ante una situación tan humillante, un hombre hecho y derecho pidiendo para llevar dos bolsitas de macarrones, tomate y leche a su casa. Le comento a los de mi alrededor que si ponemos 50 céntimos cada uno el hombre podrá pagar la cuenta y sus hijos al menos comerán unos días. Hacen como que no existo hasta que digo un me cago en Dios a viva voz y como puedo, intento explicar que esto nos puede pasar a cualquier de nosotros cualquier día. Más silencio. Tan solo una viejita (de las que habrá pasado hambre en la posguerra) y sin decir nada, colabora con un euro, yo pongo tres. El hombre, avergonzado, coge el dinero. Más silencio incómodo en las colas y en las cajas.

Es la victoria de la ideología dominante: no hay pobres, hay "losers", perdedores... Inadaptados que no aprovecharon las oportunidades que la mano invisible del mercado puso a su alcance. La pobreza ya no tiene una explicación social y política; responde a la pereza o incompetencia del sujeto. Y nos lo hemos comido con patatas mientras veíamos Sálvame y celebrábamos la victoria de España en el mundial.
Supongo que cuando gente como @chikosdelmaiz, culpan a la mano invisible, se refieren a esto:

Vaya, la mano invisible no es tan invisible.
Bien. Hablemos de culpas.

Como el gobierno (PP y PSOE) ha decidido emprender la vía del rescate bancario, toca dedicar dinero público para pagar las salvajadas que cometieron unos señores que no tienen ni nombre ni apellidos (espera, sí, sí tienen nombres y apellidos). Esto a su vez se espera que haga recuperar la "confianza" de los inversores (es decir, cientos de miles de personas de todo el mundo, pero sobre todo de España, ya que somos los españoles los que más invertimos en España) para que así nuestra financiación se produzca a un interés más bajo (dedicamos pantagruélicas partidas a pagar intereses de la deuda).

No estoy de acuerdo con la estrategia del gobierno (que otros explican mejor que Moncloa). A quienes argumentan que un banco es demasiado grande para dejarlo caer, les diré: Lehman Brothers. Es más, les podría recordar que 10 millones de depositantes es una cantidad inferior a 47 millones de españoles.

No, no me estoy poniendo estupendo ni acudo al sentimentalismo patriotero. Simplemente digo que si el Estado pretende responder por la limpieza de balances de todo el sistema financiero, nos encontramos con una cosa divertidísima: no tenemos ese dinero. (No me refiero sólo al insuficiente FROB para rescates inmediatos, sino al mero Fondo de Garantía de Depósitos que no garantiza el Armageddon).

Podemos seguir debatiendo hasta el infinito lo que se debe o no hacer, pero por favor, seamos conscientes de que hay una espada de Damocles en forma de "capacidad económica total del país" encima de todas nuestras cabezas.

Vale, me habéis pillado: no existe tal cosa como "capacidad económica total del país". Tenemos recursos ingentes no sólo para restaurar la situación financiera (que según se vaya corrigiendo tendrá una positiva reacción en cadena con reducción de intereses de deuda, etc), sino para mantener ciertas partidas de gasto (sobre todo sanitario, policial y de defensa). ¿Entonces cuál es el problema?

El problema es de voluntad política. Por mucho que se haya cambiado la Constitución, el trinque a manos llenas (manos nada invisibles), continúa. La estructura del Estado propicia mercadeos varios. La capacidad legislativa infinita de las regiones, encargadas de las políticas de gasto mientras el Estado se encarga de las políticas de ingresos, desincentiva taponar la sangría. Los miles de ayuntamientos dirigidos por cabras y otros rumiantes continúan siendo la sal de la tierra.

¿Ante esto hay respuesta? Sí. Mucha gente quiere cambiar el sistema a peor. Ahí están los estudiantes movilizados errando el tiro. Protestan por las tasas, pero no hacen el análisis de por qué tenemos tantas docenas de universidades. Nadie les ha contado que son la siguiente generación al baby boom. Que la prolongación de la escolaridad obligatoria y la profusión de universidades se deben a la necesidad de estabular una sobreproducción demográfica.

Quienes protestan por la situación de la sanidad, nadie les ha contado que sin precios a la vista, las listas de espera son la única forma que tenemos de calcular costes. Tampoco nadie ha hecho el menor esfuerzo en comentar de pasada que un hospital no es un hotel y que las pastillas no son gominolas (lo cierto es que algunas sí, pero aquí me refiero al precio).

Quienes protestan contra la mano invisible, pasan por alto esas manos tan visibles que, cajas de ahorros mediante, engordaron la burbuja y nos dejaron algunos aeropuertos fantasma. Quienes culpan a los mercados, aparte de alumbrar el mito fanático de una nueva religión, seguramente ignoren que los mercados internacionales tienen una responsabilidad limitada. España tiene prácticamente cerrada la financiación. El Banco Central Europeo nos ha puesto una vía con la que nos mantenemos en coma. Con esa vía, nuestros bancos compran nuestra deuda. ¡Toma mercados!

Quienes hablan de austeridad escondiendo que los recursos disponibles se extraen de currantes y rentistas, no dejan de rescatar sotto voce a autonomías ya quebradas (Cataluña, Valencia, Navarra, Vascongadas, Murcia y Andalucía). Claro que quienes protestan contra ellos no ven aquí parte del problema. Y así siguen errando el tiro.

La actual estructura del Estado propicia o agrava la crisis. La confianza en las instituciones cae a plomo. La clase política -resulta enternecedor que digan que la mayoría de los políticos son respetables- se ha vuelto un obstáculo y son ellos los responsables de salvar los obstáculos.

O el gobierno empieza a gobernar y aplica mano dura (ya han perdido las siguientes elecciones, que aprovechen ahora su mayoría absoluta) y las protestas empiezan a dirigirse contra lo que se tienen que dirigir (que chavales de 16 años puedan empezar a currar en masa, que se acabe el despilfarro infinito, que se cojan a los gestores de las cajas y se les haga un juicio público, que personas y empresas empiecen a pagar lo que les corresponde a Hacienda, que bajen los precios de las viviendas, que haya una reforma profunda de la administración, que desaparezcan las redes clientelares administración-partidos-sindicatos-patronal-medios, que desaparezca la moderna aristocracia de notarios y farmacéuticos, que cambie la ley electoral, etc...) o lo que nos espera es el infierno de Abilene. Un infierno en el que nadie quiere estar, pero del que nadie dirá cómo salir.




4 comentarios:

Teseo 11 mayo, 2012  

Pues yo, con una pareja de ases y una de ochos me juego hasta la camisa, sin mirar el flop.

Pablo 11 mayo, 2012  

No entiendo.

Teseo 11 mayo, 2012  

La mano del muerto, el sheriff de Abilene, una leyenda del poker, asesinado por la espalda, por no encontrar una silla desde donde ver la puerta...

Dentro de algunos siglos, cuando los reptilianos hagan arqueología informática de estos comentarios, se van a extrañar mucho.

Pablo 11 mayo, 2012  

Yo lo de Abilene lo digo por la paradoja de Abilene, que es la situación que se produce cuando individualmente nadie quiere una cosa y de forma colectiva todos la obtienen.

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