jueves, 17 de mayo de 2012

Al comer chorizos, llaman buenos oficios

Eran los años 70, la crisis del petróleo puso fin a tres gloriosas décadas de crecimiento en el mundo libre. En España nos dimos cuenta tarde pues se tomaron medidas como la bonificación del precio de la gasolina y la luz. Los problemas políticos y sociales en los estertores del tardofranquismo, se suelen atribuir como causa.

La posterior transición política sacó a la luz el gran deficit de nuestra balanza comercial, las carencias de nuestro subempleo (Fuentes Quintana saliendo en la tele única a la hora de la cena diciendo que el paro ya estaba en el 5% y que si no se tomaban medidas podría dispararse al 7% u 8%) y en definitiva, la constatación de que el alto crecimiento había frenado y que otros países nos comían la merienda.


Esta situación, frenó básicamente la modernización de la industria e infraestructuras. Se fue devaluando la peseta y se dieron los pasos para entrar en el mercado común. Ahora que España era un régimen de libertades, ya cumplía los requisitos, se firmó en un papel y se llegó a un acuerdo muy bien vendido a los de dentro. De las contraprestaciones no se habló mucho.

Muy básicamente: llegó financiación fresquita que se invirtió en modernizar las infraestructuras y pagar las reconversiones industriales. España era un país que acababa de salir de la concepción económico-industrial de la posguerra europea. Para meterse en el mercado común y converger con Europa, la industria obsoleta se hubo de cerrar. El peso de la agricultura y pesca tuvo que reducirse para compensar el sector primario de otros países miembros.

En eso estábamos cuando el mundo libre vence al Imperio del Mal. De pronto, un miembro de la CEE se vio con el trabajo de construir un país que venía de la miseria y hacerlo converger a su vez con Europa (concretamente con Alemania Occidental, la segunda o tercera economía del mundo). A eso se le llamó unificación alemana. Hubo que crear toda una nueva estructura administrativa en nuevos landers, levantar viviendas, construir infraestructuras, incorporar al sistema educativo y sanitario a dieciseis millones de personas, etc. Imaginaos la factura de todo eso. ¿Ya? Ahora sumadle la conversión de la masa monetaria de un país socialista (cromos de Panini) a moneda occidental. Zasca.

Pues bien, como el principal aporte de todo eso salía del estado alemán, y no hay nada que más escame a los alemanes que la inflación, revaluaron su moneda, subieron los tipos de interés y el resto del mundo dijo ostrás Pedrín. Estamos ya más o menos por el año 94 o 95, España llega al 20% de paro.

Como os podéis imaginar, esta factura de la unificación se sigue pagando. Pero no solo eso, sino que la expansión de las fronteras europeas según países ex-socialistas se iban incorporando a la Unión y otros países nórdicos también, supuso tratar de converger muchas economías subdesarrolladas a los niveles de renta media europea. Niveles de renta media europea, ojo. Al incorporar a países pobres, estos niveles bajaron, de pronto España era un país "rico" y apenas nos dimos cuenta.

Todo esto sucedía muy rápido. El ladrillo se convirtió en el respaldo del dinero barato. La vivienda nunca bajaba de precio y gente barriguda con el móvil en el cinturón empezó a aparecer en la tele. Lo estábamos petando. Lástima que el aumento del valor patrimonial no se correspondiera con el aumento de salarios. Luego, los bancos se dedicaron a hacer cosas retorcidas. Tipos de interés bajos animaban el mercado, el mercado se mueve en los parámetros que marcan los políticos, los políticos marcan que Transilvania debe igualarse a Baviera. Lo estábamos petando.


En Estados Unidos se encontraron con una bosta enorme y no tuvieron otra idea que lanzarla contra el ventilador. Nosotros estábamos asomados mirando ese ventilador. Plaf. En toda la cara. De pronto fuimos a limpiarnos la cara delante del espejo y nos encontramos con un país con infraestructuras del primer mundo infrautilizadas, con millones de ñapas sin formación, con nuestras almas depositadas en la caja de seguridad del infierno, sin ningún tipo de industria competitiva y con una enorme deuda.

Acudimos a buscar financiación fuera -como siempre- y nuestros prestamistas nos empezaron a mirar cada vez peor. Se empezaron a poner exquisitos y se dieron cuenta de pequeños detalles en los que antes no caían: íbamos sin duchar, sin afeitarnos y con una camiseta raída de Naranjito a pedir préstamos. Llegó un día en que nos cerraron la puerta. Sobre todo, porque cazaron al tipo del mostrador de al lado, metiendo mano en la caja. Crédito viene del latín creditum, es decir creencia. La economía se basa en la confianza mutua. Ya no se fiaban de nosotros.


Desde que ZP se suicidó en directo en mayo de 2010, vivimos con una bolsita de plasma del BCE. En esencia, estamos intervenidos. No podemos hacer lo que nos de la gana. Se acabó la fiesta. Por el camino cayeron otros países. El BCE no tiene recursos infinitos y se teme que no podamos afrontar nuestras deudas. Únase esto al concepto de profecía autocumplida. Bola de nieve. Etcétera.

Quizás alguien debe empezar a recordar a los alemanes a costa de quién pagan su reunificación. Y a toda la UE a costa de quién pagan (perdón, pagamos) su expansión. En esto último no hablo de las compensaciones, sino del tener de pronto en el mismo mercado común a países más baratos que los no-tan-baratos, como nosotros o Italia. Pero aparte de la exigencia moral y técnica de contemplar una deuda única para una moneda única, hay una parte que debe salir de nosotros. El trinque, las duplicidades, la herencia del estado corporativo y demás, son cosas que tenemos que arreglar dentro. Si no somos serios limpiando la cocina, malamente se dejará el vecino bávaro convencer que una deuda europea es buena para él también. El control futuro de la capacidad de endeudamiento de los países de la Eurozona es una muy buena noticia para Alemania. Pero antes, debemos afeitarnos y ducharnos.


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