jueves, 1 de marzo de 2012

Entrenados para no pensar

La tesis es la siguiente: después de 1945, Europa occidental debe levantarse tras la destrucción de la guerra. España no es ajena a este proceso, a finales de los cuarenta es cuando se empieza a desterrar el hambre y el proceso de reconstrucción de la guerra también va llegando a su término. En nuestro caso, la falta del Plan Marshall hace que debamos esperar algo más que nuestros vecinos para generar más riqueza que la que hubo en los años 30. Bueno, al menos no le debemos nada a nadie.

En la reconstrucción/construcción, hace falta mano de obra cualificada. Tanto nuestra Guerra Civil como la SGM, se cargaron a una estimable proporción de la gente mejor preparada, ya sea por muertos en combate, por represaliados o por exilios. Da igual: un país para levantar su industria necesita dinero, mano de obra y gente que dirija a la mano de obra. Este último factor es el más complicado de producir.


Las naciones europeas (y España siempre unos años por detrás pero nunca ajena a lo que pasaba a su alrededor), no solo establecen el llamado Estado del Bienestar en la escolarización básica, derechos laborales, pensiones de jubilación y sanidad universal; además tratan de universalizar la educación superior: se necesitan ingenieros, médicos, economistas, y nuevos profesores. Se hace un gran esfuerzo por ampliar universidades, modernizarlas, e incluso levantar universidades nuevas. En la educación superior no universitaria también se hacen cosas: institutos laborales, escuelas de nuevas profesiones, etc. La generación del baby boom, nacida tras la guerra, accede a la nueva universidad a partir de finales de los 60.

Pero el baby boom tuvo una duración finita y tantos titulados superiores ya no fueron necesarios. Aún así, la educación universitaria pública, como nuevo derecho adquirido, pasó a formar parte del irrechazable Estado del Bienestar. El resultado fue la sobreabundancia de titulados. De esos mismos titulados que ya no podían formar parte del tejido productivo, de la industria o de las bellas artes, empezaron a surgir nuevos profesores universitarios y de institutos. ¿Consecuencia? El nivel de exigencia fue bajando progresivamente. La máquina de producir titulados adquirió ritmo a costa de bajar el nivel de exigencia.


Y no me refiero a bajar el nivel de exigencia porque las calculadoras hicieron que se dejaran de usar tablas de logaritmos. Me refiero a que el fin ya no era producir una élite que levantara un nuevo mundo sobre las ruinas de la guerra y el hambre. El fin era producir titulados por el mero hecho de hacerlo, porque era un "derecho del pueblo".

Este panorama europeo contrasta con el americano: allí no hubo la necesidad de universalizar la universidad: no había mundo que reconstruir, por eso, el nivel de exigencia se mantuvo. Por eso siguen teniendo las mejores universidades, que reciben cerebritos de todas partes del mundo.

En los 70 y en los 80, algunos países europeos se dieron cuenta del problema. En España, con lo encantado que estaba el personal mirándose al espejo, se agravó el problema: todos deben poder ir a la universidad, todos tienen ese derecho. A cada reforma educativa (en los últimos 30 años hemos tenido trece, según leo por ahí) se fue bajando más y más la exigencia, en proporción directa al sentido "democratizador" de la educación superior. Nadie pareció darse cuenta de que para hacer un kilómetro de autopista basta un ingeniero y un perito a lo sumo, no dieciocho psicopedagogos, catorce trabajadores sociales y siete filólogos del vascuence.

Si la situación de la universidad es penosa (en Andalucía, sin ir más lejos, existe una correlación lineal entre la tasa de paro y el número de titulados), la de la educación secundaria tiene visos de tragedia. Todos, sin excepción, conocemos ejemplos de gente que llega a la universidad sin saber leer ni escribir correctamente; herramientas básicas no solo para acercarte a disciplinas concretas del saber, sino herramientas también del propio pensamiento. Ahí tenéis la explicación de que ZP haya ganado dos elecciones rodeado de lumbreras de la talla de la Chacón, la Pajín y el Pepiño.

Así, tenemos enormes fábricas de masa ignorante. Granjas de engorde de chavales porque no sabemos qué hacer con ellos. Institutos que funcionan como contenedores de mercancías. Y esta masa acrítica y analfabeta se supone que va a darle lecciones a alguien. Levantan pancartas y protestan. Los privilegiados. Los que tienen todo sin esfuerzo. Proclaman lemas nostálgicos y manoseados en busca de una pretenciosa profundidad de sus argumentos. Son la nada. Son el vacío. No es solo que yerren el tiro, es que disparan con pólvora del rey. Los nuevos siervos, encantados de conocerse van a hacer la revolución más reaccionaria de la historia. La revolución del statu quo que quiere que nada cambie. Oh, sí, me conozco los lemas, sé que algunos piensan que quieren cambiar cosas. La realidad se torna funesta e irremisible ante estos cabezas de chorlito: no pueden cambiar nada porque no saben cómo hacerlo. Han sido preparados para no poder pensar. Sí, desde luego que algún pequeño Lenin puede citarme algo de memoria, como una cotorra. Una de estas ideas-fuerzas ante la que se supone que debo aplaudir. Ya. ¿Algo más? ¿Algún pensamiento original? ¿Alguna crítica?

Nada. La reacción hoy viste de Zara y lleva piercings. La funesta masa acrítica. Ahí los tenéis, en la calle, defraudados, coreando lemas y muertos de miedo. El problema está enquistado, es difícil de resolver porque el sistema les ha dicho que su contención estabularia es un derecho. ¿Quieren educación de calidad? Jamás supieron lo que es eso.

1 comentarios:

Ricky Mango 02 marzo, 2012  

Bravo. Coincido en todo. España tiene unas cuantas lecciones que aprender aunque, conociéndome el percal, tengo la impresión de que preferirá el modelo argentino. La soberbia española es una tradición histórica, y con las tradiciones no se juega.

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