martes, 20 de marzo de 2012

Ecos de la Pepa

Lo de que la soberanía nacional es incompatible con la soberanía individual es una idea cuanto menos discutible. En primer lugar porque la soberanía nacional es algo propio de naciones. La soberanía carece de sentido aplicada a individuos. A no ser que concedamos al individuo la summa potestas y sea un sujeto en el Derecho Internacional. Mi paisana lo explica bastante claro:

Frente al Antiguo Régimen, donde el vínculo político era la sumisión al soberano común, las Cortes de 1812 confirieron cuerpo jurídico a la nación como conjunto de toda la sociedad integrada por individuos libres y con iguales derechos. En ella y, por tanto, en ellos, se hizo residir la soberanía.

Vía jl.cernadas
La soberanía nacional no es una simple "voluntad general del populacho". La soberanía nacional no ha de confundirse con el fundamentalismo democrático, que es lo que hace José Carlos Rodríguez cuando afirma:

Coronada por el prestigio de la democracia, la soberanía nacional es prácticamente ilimitada. Hoy nos parece normal que el Estado decida por nosotros sobre asuntos que nos atañen en exclusiva, como lo que consumimos o la educación que le daremos a nuestros hijos.

No se puede atribuir a la soberanía nacional los efectos concretos de la práctica política. Es sabido por todos que un estado soberano puede aplicar políticas más o menos inteligentes. Es decir, la soberanía no concede un "grado" en la calidad de la ejecución política. Sí es cierto que de una constitución pueden salir problemas de gestión política, pero en todo caso no atribuibles a la soberanía nacional que, dicho mal y pronto, tan solo fija en el escenario de naciones un espacio nuevo de soberanía, donde la política de los otros no puede actuar sin pedir permiso, y, además, hace que el nuevo estado no sea patrimonio personal de nadie al dejarlo en manos de peatones. Cosa muy sana, por cierto.

Continúo con el señor Rodríguez, porque se hace eco de una idea bastante extendida (realmente nada extendida, porque de estas cosas hablamos exactamente ochenta y tres personas el último mes):

nos dejamos inocular el virus francés de la soberanía nacional y de la voluntad general, con el corolario de que nuestros derechos no tienen más consistencia que la plastilina en las manos de los políticos

Todo lo que venga de Francia es malo, estamos de acuerdo. Si por algo nos distinguimos los españoles, es por achacar a Francia todo lo malo. ¡Esos enciclopedistas traga-baguettes, puaj! Claro que hay alguien que todavía es peor visto en esta casa, Karl Marx, que, en una de sus columnas sobre España en el New York Daily Tribune afirmaba:

Lejos de ser una copia servil de la Constitución francesa de 1791, [la Pepa] fue un producto genuino y original, surgido de la vida intelectual, regenerador de las antiguas tradiciones populares, introductor de las medidas reformistas enérgicamente pedidas por los más célebres autores y estadistas del siglo XVIII y cargado de inevitables concesiones a los prejuicios populares.

Cosa que como la escribe Marx, no es de fiar, pero que si leemos los discursos de aquellas Cortes, sabríamos que, efectivamente, se buscó ser muy cuidadoso en no hacer un producto revolucionario francés, sino algo hispano con vocación de durar. Quien quiera ver diferencias, que compare la Pepa con el Acte Constitutionnel de l'Espagne.

No quede ahí la cosa. Si no nos basta con los gabachos, siempre podemos echarle la "culpa" de la Pepa a los pérfidos piratas:

[El constitucionalismo de 1812] imprime una clara orientación del pensamiento economicista anglosajón basado en el liberalismo económico capitalista, que hoy es su representante la globalización neoliberal capitalista. Su plutocracia lideró la revolución burguesa, porque las oligarquías económicas, concretamente la burguesía capitalista buscaba la eliminación de las limitaciones feudales a su poder económico y político, y la monarquía absoluta era una de las instituciones que querían eliminar, porque la misma institución monárquica era la garantía de los derechos de quienes no tenían voz, ni voto en las Españas.

Hay que reconocer que estas afirmaciones tienen un gran mérito. No se le puede ocurrir a cualquiera que lo feudal limitaba el abuso de la burguesía capitalista. ¿Y qué me decís de eso de que la monarquía garantizaba derechos a los desposeídos de la tierra? Sustituye monarquía por lo que quieras, y te sale un texto ortodoxo de lo que quieras.

Dos anécdotas

1.- Ya que el río Ulla pasa por Antas de Ulla, os dejo una perlita de SuperGaspi:



2.- Francisco de Paula, menor de los vástagos de Carlos IV, era uno de los niños a quienes los franceses se llevaron a Bayona el 2 de mayo. Pues bien, se escribió un proyecto constitucional para las Provincias Unidas sobre las que se suponía que Francisco de Paula llegaría a reinar.


1 comentarios:

Teseo 20 marzo, 2012  

¡Con Pepe Botella nos hubiera ido mucho mejor! (Alguien tenía que decirlo).

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