jueves, 9 de febrero de 2012

Nacionalismo, mito y nación política

La única cosa buena que tiene la extravagancia nacionalista, es el conjunto de retruécanos lógicos y falacias que nos dejan amablemente para contraargumentar para cuando nos quedamos sin sudokus.

La europarlamentaria del BNG, nos regala el argumento definitivo, mántrico y místico de la necesidad imperiosa del nacionalismo en su blog:

"Defendemos que no sólo los estados miembros, sino también los gobiernos regionales y locales sean incluidos en la distribución, gestión y aplicación de los fondos de cohesión. Una gestión próxima a los ciudadanos, permitiría ganar en eficacia".
Es decir, que si no cuela el mito y el sentimentalismo mágico, todavía puedes pensar en un concepto de eficiencia: "una gestión próxima" es "más eficaz", dice (confundiendo eficacia con eficiencia, creo, pero bueno). Sin embargo no nos aporta datos. ¿Cuándo alcanza una organización su máxima eficiencia? Ésta es la pregunta. La simplicidad del mensaje mitológico nacionalista nos puede llevar a pensar que lo mejor es que las comunidades de vecinos reciban fondos de cohesión ¿no es una gestión más próxima aún? ¿Y qué me dicen de si los fondos de cohesión se reparten directamente a los ciudadanos?

Claro, estas cosas no las explican. Sueltan sus mantras -hare krishna, krishna hare- y siguen a lo suyo. ¿Qué es lo suyo? Bueno, pues en el caso de esta señora, andaba pidiendo el otro día que Galicia continuara siendo considerada "región pobre" (el eufemismo políticamente correcto de la UE es "región en transición"), para seguir recibiendo fondos de cohesión. Es decir, que Galicia igualase su condición (teniendo el 90% de la renta media de la UE) a la de aquellas regiones con hasta el 75% de la renta media comunitaria (los letones y los búlgaros deben de estar contentísimos con esto). Y este es el otro gran argumento que convence a gente aparentemente sana y cuerda, pero atrapada en el mito: "los nacionalistas consiguen dinero". La ponzoña de CiU y PNV se extiende por imitación. Incluso nos podemos encontrar con un nacionalismo aragonés o un nacionalismo cántabro, siguiendo el mismo desarrollo mental.

Para ser completamente justos habrá que reconocer que no todos los nacionalismos son iguales (habrá que hablar en su día del nacionalismo liberal, que defiende, entre otros, Huerta de Soto). Pero se entiende la generalización.

Claro, aquí el problema no es de los partidos secesionistas, sino de la propia armazón legal (concretamente de su puesta en práctica). Se mezcla la libertad de expresión con el derecho a la representación política y se lía un poco la cosa. En España, los partidos políticos son instrumentos de representación de las estructuras políticas, dentro de la Constitución. Dice el artículo seis de la CE:
Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.
 Claro que en el artículo dos también dice:
La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.
Es decir, según mi interpretación de la palabra "respeto" (tener tolerancia en grado positivo, o sea, estar íntimamente de acuerdo con algo, apoyar algo con fruición), el secesionismo está fuera de la ley. Esto parece dar igual: de lo que se trata es que "todos tienen derecho a pedir lo que sea con tal de que lo hagan amablemente". Es decir, es una puerta abierta a que haya cualquier tipo de esperpento en el parlamento, siempre y cuando la gente se duche y pida las cosas de buena manera, aunque sea la disolución del estado y cagarse en el artículo primero de la CE. Si entrasen en el parlamento como Atila el huno, exigiendo cosas gritando, seguro que los bedeles no les dejaban pasar. Pero ¡ah! es una cuestión de forma, no de contenido.

Del Título VIII, donde no se cierra el estado, también podríamos hablar. Jorge de Esteban lo explica muy bien en su artículo clásico "El huracán estatutario".

A partir de ahí, tenemos al Tribunal Constitucional, cuyos fallos tardan tanto, que, recurrida una norma, antes de fallar esa norma ya ha sido derogada por otra posterior. Pecata minuta, pues siempre es interesante saber la opinión del TC en un momento dado.

Volvamos a los mitos nacionalistas. Como mi terruño es una nación con cultura (¿qué es cultura?), idioma y fiestas populares originales, por Stalin (El marxismo y la cuestión nacional, 1913), tiene que ser un estado. Claro que, sin atender a otras consideraciones, se podría decir que los estados constituidos lo son, en tanto se forman sobre naciones. Y que yo sepa una nación no contiene otras naciones (a no ser religiosas o etnológicas, como los judíos, o los gitanos). De aquí saldrá lo del estado plurinacional boliviano o la "nación de naciones" zapateriana.

Es curioso ver que en estos ejemplos, parece que lo de Evo tiene más sentido. Bolivia no es una nación en el sentido formal, sino en el material (como estado). En el sentido formal, los bolivianos son nacionales de España (o, en su caso, de las tribus indígenas a que pertenezcan ciertos individuos). Sin embargo, en España, la plurinacionalidad en la nación es como hablar de un huevo hecho de muchos huevos, o de un tractor que contiene muchos tractores. La nación política es sólo una.

Evidentemente, yo no puedo decir que un secesionista aragonés o gallego esté equivocado. No está más equivocado que una señora que echa las cartas del tarot. Además, en el plano material, es inútil negar lo que hace: es su medio de vida. En el plano formal también es inútil, ya que haría falta coincidir en definiciones previas para que hubiera un debate. Como el problema es precisamente de definiciones, la comunicación es imposible.

Habría que ir muy atrás, muy al principio para establecer las coordenadas de una explicación. Podríamos citar a De bello gallico, en el que Julio observa tribus galas y las denomina como gentes o naciones. Sobre el poso del Imperio Romano, unos grupos bárbaros (naciones o gentes) pasan a tomar la capa cortical de la sociedad política. Cuando cae el imperio, estas naciones pasan a dominar la capa conjuntiva. Se crean reinos. Pero estos reinos, como sociedades políticas, ya no son aquellos grupos bárbaros, sino que se han mezclado, se han civilizado y construyen sobre lo que estaba antes. Que los visigodos hayan traído las espinacas es lo de menos. Los nuevos reinos se convierten a la religión del imperio, aceptan sus costumbres y derivan sus normas.


Es más, en la edad media, las naciones siguen siendo consideraciones de origen. Así, por ejemplo, en la universidad de Salamanca se habla de la nación veneciana, es decir, los estudiantes venecianos. En las batallas, los señores contratan o reclutan a gentes de una u otra parte y se habla de nación gallega, o nación suíza, es decir, los combatientes que vienen de Galicia o de Suíza. El concepto de nación es descriptivo, topológico. Si hay una batalla en Santiago y Gelmírez trae al conde de Lemos y sus mesnadas, cuando planifiquen la batalla dirán "la nación lucense avanzará por la izquierda", y similares. Pero nada que ver con ningún tipo de consideración política.

En plena edad media, con diversos grupos nacionales, surgen sociedades políticas, normalmente entorno a los reyes y señores. Pero estas sociedades políticas no están relacionadas con las naciones. Empieza a aparecer una relación entre nación y sociedad política, cuando los de fuera, escuchan decir a todos los reyes peninsulares cristianos que se definen como reyes españoles (ejemplar es el caso del conde de Barcelona Borrell I, que se autoproclama "duque de la España Citerior" para deshacerse del dominio franco, hoy hay quien lo celebra como padre de la nación catalana, en una prostitución de la historiografía y el lenguaje de proporciones ciclópeas). Y entonces empiezan a relacionar a las gentes de estos reinos como los nacionales de España. Es decir, la gente que viene de ahí, de ese sitio que llamamos España. Si en una universidad italiana hay estudiantes aragoneses y castellanos, se juntan en nación española. Curiosamente esto sigue ocurriendo y es muy fácil de ver cuando estudias o trabajas en el extranjero ("ahí van los españoles", etc.).

Llega un momento en que hay una asociación entre la "etnia española" y la sociedad política dominante. Desde el siglo XIII en adelante, Castilla es la sociedad política europea más relevante y se confunde y engarza con "lo español". Pero también Navarra y Aragón tienen reyes que se definen como españoles. Se produce un problema que sólo se resuelve por la extensión del idioma castellano. Así, cuando los españoles van y vuelven de América, el idioma que llevan es el castellano. Cuando un general vizcaíno, al mando de tropas gallegas, alemanas y extremeñas, rinde una plaza en Holanda, la capitulación se escribe en castellano. A partir de ahí, con la gesta americana, la sociedad política española empieza a ser otra cosa. Empieza a ser imperio (no porque se defina a sí misma como imperio, sino porque es una sociedad política de ámbito universal, sin fronteras aparentes, recordad que un estado se define por tener fronteras).

España, como imperio constructor, como Roma, pasa por sus fases de crecimiento, estabilización, declive y desaparición (en algún sitio leí que llamaban a estas fases primavera, verano, otoño e invierno, no me acuerdo dónde). Un imperio se caracteriza por contener varias sociedades con autonomía política (Flandes, Córcega, Orán...), en ningún caso, se puede desenhebrar lo que ya estaba hecho (España) y considerar sus peculiaridades folclóricas como constituyentes del imperio. El imperio se constituye alrededor de una nación etnológica que empieza a relacionarse con una sociedad política. No es casualidad que los cubanos y los colombianos llamen a España la Madre Patria y no miren en su árbol genealógico si tienen la patria en Galicia o en Cuenca.

La aparición de la nación política (estado nacional) y su correspondencia legal con la nación étnica (o topológica), llega en el momento en que el rey (emperador) deja de ser soberano. Los españoles de ambos hemisferios se dan el poder de hacer las leyes. Ahí aparece la nación española como ente político.

Si dentro de España, se quiere instituir otro ente político nacional. Haría falta que la nación soberana lo decidiera (fórmulas legales por las que se desposee de derechos políticos a la gente) o que una parte tomara las armas y defendiera nuevas fronteras. Sin embargo, la nación étnica (topológica o geográfica) española seguiría existiendo, porque no es algo que los españoles puedan decidir, es algo que nos viene definido por aquellos que no son españoles.

Claro que todas estas cosas son muy complicadas de explicar a quien cree que un seto tiene lengua y cultura. Es como convencer a la del tarot o a un homeópata que deje de engañar a la gente.

El tema aquí era la eficiencia de las organizaciones, pero ya me quedó esto muy largo, así que lo dejo para una próxima ocasión.

2 comentarios:

Ricky Mango 10 febrero, 2012  

Por mucho que nos empeñemos, el concepto de nación siempre será convencional. Que se lo pregunten, por ejemplo, a las 'naciones' africanas. Personalmente, no me siento comprometido por las hazañas o convenciones de mis antepasados. La indepenencia de Cataluña o del condado de Treviño me trae sin cuidado... a condición de que se respeten los derechos (en particular, lingüísticos) de todos los ciudadanos. La mitología nacionalista se cura, simplemente, con libertad. En el mundo moderno, totalmente interconectado, sólo agobia si uno no tiene libertad para desarrollar sus propias mitologías... o antimitologías.

Pablo 10 febrero, 2012  

Estoy de acuerdo.

Últimos programas del podcast

Archivo

Se admite el debate

Blogorrollo