jueves, 6 de octubre de 2011

Pepiño en la punta del iceberg

A ver si lo cuento bien, porque esto es de traca. Resulta que una empresa farmacéutica lucense llamada Nupel patentó hace años un sistema de envasado de monodosis de medicamentos. Para ello tuvo que hacer una fuerte inversión. Menos mal que la Xunta de Galicia Bipartita tuvo a bien firmar un convenio de colaboración por el que se emplearía ese método para la ayuda farmacéutica a países del tercer mundo.

La estrecha relación de Nupel con la Xunta se prolongó en el tiempo. El Instituto Galego de Promoción Económica, órgano de la consejería de industria -que dirigía Fernando Blanco, del BNG-, para dar dinero a las empresas, apoyó a esta empresa que se suponía iba a dar trabajo y felicidad. El consejero contento, Dorribo -jefe de Nupel- contento, el Igape contento, todos contentos.


Eran días de vino y rosas. Cierto día la Agencia Tributaria a través del Servicio de Vigilancia Aduanera empieza a olerse la tostada. A ver cómo es posible que Dorribo empiece a acumular tanto capital si su empresa está recibiendo ayudas. Total, que una jueza de Lugo dice "vamos a ver sus libros". Como os podéis imaginar, Dorribo y sus compinches no son precisamente Goldman Sachs sino más bien la versión galaica del Cachuli. El tipo tenía yate, jet privado, Rolls Royce, Hummer, Ferraris, Porsches y demás coches a nombre de la empresa. Claro, tú no puedes poner cosas a nombre de tu empresa si no las usas para su actividad económica. Dorribo fue tan gañán como para tener su propia escudería de rallies. Escudería, por cierto, en la que competía el hijo de un diputado del PP llamado Pablo Cobián.

Continuaron las investigaciones soto voce, hasta que la jueza no tuvo más remedio que leerle la cartilla al personal. Así, ordena la detención de los jefes del Igape para que le contaran qué tipo de criterio seguían para la concesión de ayudas públicas. Se empieza a levantar la alfombra: Dorribo sobornaba a políticos para que le concedieran ayudas para mantener su gañán nivel de vida.


En el curso de la investigación, el lucense cita a Pablo Cobián, al ex-consejero de Industria y a Pepiño Blanco como personas que habrían recibido sobornos para ayudar a su empresa. Un periodista enteradillo pretende sacar la jugosa noticia en portada y esa misma noche, las empresas de Dorribo -intervenidas por administradores judiciales- son asaltadas por "ladrones" que se llevan discos duros y documentación sensible. Tienen mala suerte porque uno de los tres administradores trabajaba desde su casa y de su empresa no se pueden llevar nada.

Como en el dominó, dimite primero el diputado del PP y luego el del BNG para no fastidiar la campaña electoral. Pepiño no dimite porque no se puede fastidiar lo que ya está fastidiado. Es más, desde el PSOE quitan hierro al asunto y piensan que un ministro se puede reunir con un empresario sórdido -en Galicia Dorribo era un tipo conocido- en una gasolinera como quien se reúne en una cafetería a la vista de los parroquianos.

El caso es que el mustélido de Palas de Rei está de heces hasta sus orejitas. No sólo él, sino que toda la política de ayudas públicas de la Xunta está en entredicho. En este país a poco que se tire de la manta empieza a salir caca en cantidades industriales. Y la caca, amigos, no conoce color político. En los parlamentos donde se hace paripé, dos que discuten pueden estar en la misma agenda de un empresario golferas.

Por supuesto que esto no acaba aquí, si los jueces son honrados e incorruptibles, podremos asistir a un segundo acto relacionado con el caso en el que se mezclarán prostitución, drogas, secuestros y asesinatos.

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