jueves, 15 de septiembre de 2011

El terror ilustrado

Soy partidario de establecer el fin del siglo de las luces justo antes de la revolución francesa. Es precisamente esta revolución, la que refleja los peores demonios de la época de la razón. Los monstruos que acechan tras el velo del cacumen colectivo. Ese gran fallo -tal vez por precipitado- de querer compartir con la masa hambrienta los sueños de una vida burguesa, placentera y letrada.

En 1648 se firma la paz de Westfalia y se establecen las bases de un orden europeo nuevo. Las guerras de religión llegan a su fin como política exterior aceptable y las potencias continentales han de contar con el beneplácito de otras para variar sus fronteras. Es un resumen, claro, pero más o menos vengo a decir que la paz de Westfalia es lo que le hace falta al actual mundo islámico y que propició un periodo más pacífico en el que los caballeros y hombres de letras cruzaban fronteras e intercambiaban conocimientos. Europa se convirtió en una suerte de república invisible. Los Voltaire, Hume, Goethe, Feijoo, Sempere, Jovellanos, Newton, Smith y Rousseau leían los mismos libros y mamaban de la misma teta. Y se produjeron logros en todos los campos de las artes y las ciencias: los censos, los nuevos astilleros, la nueva música, las nuevas construcciones, las nuevas comidas, obras públicas, palacios, botánica, exploración, etc.

La expedición Malaspina, como la nave interestelar Enterprise, viajó a donde ningún hombre viajó jamás, para conocer nuevos y extraños mundos. En la imagen, la corbeta Atrevida, que junto a la Descubierta, le dieron al hombre la oportunidad de ver el planeta como nunca antes se había visto.

No ignoro las sombras de la época: evidentemente la salubridad, la falta de porosidad social y muchas otras cosas me indican que no era una época deseable para vivir si no eras rey. Tampoco ignoro el daño que se hizo a miserables e indios con la persecución a ciertas órdenes religiosas. Pero hoy me quedo con la parte positiva: una nueva concepción del universo del hombre, en un mundo que se hacía cada vez más pequeño.

Sabemos que en aquella época los franceses no estaban tan ocupados en ser franceses, pues se veían como normandos, borgoñones o provenzales; los alemanes reconocían a la vaterland pero eran más de su ausland e ingleses y escoceses no se podían ni ver (ya en el Reino de Gran Bretaña). El patriotismo estaba mal visto y la nación se correspondía más con el país/región que con la patria. Ya ni menciono lugares como los Balcanes o Italia, donde la nación todavía tardaría doscientos años en aparecer.

Incluso en la América británica tuvieron tiempo para unir unas colonias y fundar un país nuevo, en un sitio colonizado más recientemente que en la América española.

Fue la revolución francesa la que puso punto y final a la época de las luces de forma tal, que podemos definir esa revolución -por su crueldad y oscuridad- como algo totalmente opuesto a la razón que decían defender. De las monarquías -ilustradas- absolutas, la soberanía se traslada a un concepto no muy claro que es el de "nación". El Estado, que representa a su población -¡y no al revés!-, asume la soberanía y la toma de decisiones. Si antes un país era el coto privado de una familia, ahora pasará a ser coto privado de un cuerpo de hombres que se ganarán la voluntad del pueblo llano primero con el terror puro y después con el dominio del pan y el poder de poner impuestos (más terror menos evidente).

Las armas de los radicales, Cruikshank.

Curiosamente -y nunca se incide lo suficiente en este hecho-, tras la revolución, cambia totalmente la doctrina de la guerra. Las milicias populares, establecidas en ciudades o regiones concretas; pasan a ser entrenadas como tropas regulares con la misión de hacer "expediciones y campañas". La leva, más que una pesada carga para el súbdito, pasa a ser un "derecho ciudadano". El mecanismo psicológico ahora a nosotros nos parece muy sencillo (es el mismo que se usa con los OVNI, por ejemplo). Pero en aquella época, a un gañán del Alto Marne le parecía lo más cabal del mundo cumplir con la llamada de la nación a la que pertenecía. Ya no derramaría la sangre por un rey, sino por la patria. ¿Cómo iba a negarse?

Después de la victoria y la paz, el servicio militar obligatorio llegó a  ser permanente y definitivo; después de los tratados de Lunéville  y de Amiens, Napoleón lo mantuvo en Francia; después de los tratados de París y de Viena, el Gobierno prusiano lo mantuvo en  Prusia. De guerra en guerra la institución ha crecido, como una  epidemia se ha propagado de Estado a Estado; hoy ha ganado toda la Europa continental y reina con su compañero natural, que siempre la precede o la sigue; con su hermano gemelo: el sufragio universal..., siendo entre los dos los conductores ciegos y formidables de la Historia futura: el uno poniendo en las manos de cada adulto una papeleta de voto y colocando el otro una mochila sobre las espaldas de cada adulto.

Bertrand de Jouvenel, Les origines de la France contemporaine.

Lo que quiero a decir con toda esta perorata, es que en contra de lo que se suele afirmar con esa rotundidad académica tan ufana a la que nos malacostumbramos, la revolución francesa no es el punto culminante de la razón y la ilustración, sino la destrucción de la razón y la ilustración.

Es por La Causa:

4 comentarios:

Elentir 15 septiembre, 2011  

Muy buena entrada. Ciertamente, la Revolución Francesa trajo muchas más sombras de lo que suele pensar mucha gente. La matanza de la Vendée, el Terror jacobino -mucho más generalizado de lo que muestran muchas obras y películas sobre la época-, la quiebra de las raíces históricas y sociales de Francia... En fin, esa Revolución fue lamentable en muchos aspectos. Y al fin y al cabo acabó pariendo una monarquía tan absolutista como la que derribó, pero con efectos mucho más terribles para todo el continente.

Ojalá en Francia se hubiese producido una revolución como la americana, mucho más sensata. Tal vez la diferencia estuvo en el sustrato religioso: la revolución americana se hizo sobre ese sustrato, la francesa contra él.

Pablo 16 septiembre, 2011  

En la historia ha habido muchos intentos de crear algo como si no hubiera nada antes. La cultura y la tradición no son caprichos maleables, sino que forman parte del alma de la gente que vive en un sitio. Ir contra ellas es garantía de fracaso.

Por eso los experimentos sociales suelen fracasar.

Natura non facit saltus.

José María de la Torre (Bastonivo) 16 septiembre, 2011  

Plenamente de acuerdo... no puedo añadir nada más... eran cosas a las que yo también llegé hace tiempo. Pero aquí están perfectamente resumidas.

Pablo 17 septiembre, 2011  

Muy agradecido, José María.

Por cierto, muy interesante tu blog. He visto varios proyectos similares de construcción de mundos para ficción o como entretenimiento, pero el tuyo es el primero que veo en castellano. Habrá que leerte. Un saludo.

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