lunes, 19 de septiembre de 2011

El terror ilustrado III

Los revolucionarios no sólo conformaron nuevas naciones sobre las cenizas de una historia "superada" por la modernidad, sino que además tuvieron que cambiar el sistema político no para hacerlo más justo o más eficiente, sino para que ayudara al propio proceso de construcción nacional.

La forma de representación política pasa a ser un instrumento que ayudará a la creación de la nueva nación. No es casualidad que todas las nuevas naciones surgidas a lo largo del XIX tengan formas republicanas de gobierno. De la monarquía absoluta del Antiguo Régimen, se pasa a una especie de "parlamentarismo absoluto". El poder que ejercía la vieja aristocracia, iglesia y monarquía pasa a ser ejercido por representantes de la soberanía nacional.

Sin duda, una de las que hoy consideramos "buenas consecuencias" de la Ilustración es el principio de soberanía nacional y la democratización política y judicial, que se extiende sin distinciones a todas las capas de la sociedad (al menos, sobre el papel). Pero el principio liberal de "una persona, un voto" es retorcido por los revolucionarios para convertirse en un instrumento más de construcción de la nueva nación.

Si de cara al exterior se alzaban fronteras y se armaban nuevos e impresionantes ejércitos, cara al interior, la nación exigía una homogeneización total. Frente a los estamentos y la jerarquía, se instala el principio de soberanía nacional. Pero aquí viene el truco: el ciudadano elector no pasa a ser representado por su voto delegado, sino que el propio parlamento representa al conjunto de la nación. El principio individualista es apartado por el bien de la nación. Los intereses personales se supeditan a los intereses nacionales. Nada más lejos, por tanto, de la idea moderna de liberalismo.

Tal es así, que los distritos electorales aparecen de forma artificial, sin tener en cuenta la historia precedente del lugar ni las afinidades entre vecinos. Ahí están los departamentos de Francia que se formaron teniendo la idea de que desde la capital se debería alcanzar el límite del departamento en un día a caballo. También nos sirve de ejemplo, la división provincial de España hecha por Javier de Burgos en 1833.

 Click para agrandar. Prefecturas napoleónicas. Vía | Jarique, que por cierto, manda huevos.

Así pues, tenemos una cámara de representación nacional, que no ciudadana. Y una soberanía que recae en la nación, no en los ciudadanos. Pero eso sí, frente al recuerdo del Antiguo Régimen, se vende la idea de que el protagonismo recae en un ciudadano nuevo que ya no es súbdito. Ese es el engaño que perdurará en forma de sangrientos conflictos. El poder político sigue siendo extraño y ajeno al individuo, pero el individuo se siente confortado. Ya no son los reyes y príncipes los protagonistas de la historia, sino los ciudadanos. Esos mismos ciudadanos que seguirán sin tener representación política efectiva. O tan solo la tendrán como reflejo de ser parte del cuerpo nacional representado por un parlamento depositario de la soberanía nacional.

Por tanto, del nuevo ciudadano se pasa directamente al parlamento nacional (y a la Biblioteca Nacional, la Ópera Nacional, el Museo Nacional...). Es decir, se eliminan los vínculos de unidad parciales: la parroquia, el señor marqués, etc. Que sin embargo serán sustituidos por sus equivalentes: el juez de paz, el señor alcalde, el señor diputado, etc. Estos vínculos de unidad parciales serán iguales y homogéneos en toda la nación.

Conclusión

En resumen: la nación que surge de la revolución, es un hecho que trastoca las aspiraciones de la ilustración. Los revolucionarios (reverso tenebroso de los ilustrados), al acabar con el poder precedente, no sólo cambian la cúpula sino el propio país sobre el que se asienta. Esto lo hacen de dos maneras: la diferenciación de cara al exterior por medio del ejército y la homogeneización de cara al interior por medio de la soberanía nacional. Estos dos instrumentos son los que llevan a las enfermedades nacionalistas: el expansionismo, el chauvinismo, la descolonización fallida, etc.

Es evidente que en líneas generales las cosas han cambiado a mejor: el desarrollo científico-técnico, las luchas por los derechos civiles, los sistemas de contrapoderes, las lecciones del nacionalismo exacerbado y el libre comercio, han logrado que los estados-nación sean hoy en día muy distintos a los sueños de los revolucionarios. Y en no pocos casos, refugios de libertad frente a la tiranía. Superar los retos planteados por los revolucionarios nacionalistas de nuevo cuño para quienes hoy el Antiguo Régimen son "los mercados" o "los bancos" y su región la nueva nación que redimirá al hombre moderno, es trabajo de una nueva generación de ilustrados. Esos nuevos ilustrados que no se fijan tanto en fronteras -ciudadanos de una república invisible-, que posan sus ojos sobre los límites del universo, que luchan por la emancipación del hombre y que defienden la dignidad del ser humano sea cual sea su condición.





Más:
  • F. Murillo, Nación y crisis. Revista de Estudios políticos. Madrid, 1951.
  • General José Almirante, Bosquejo de la historia militar de España. Madrid, 1923.

2 comentarios:

Crasmir 19 septiembre, 2011  

Me están encantando los artículos. ¿Para cuándo el 4? :)

Pablo 21 septiembre, 2011  

No lo sé. De momento en estos tres ya dije lo que tenía que decir.

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