sábado, 17 de septiembre de 2011

El terror ilustrado II

Tras el rapto de Europa de Napoleón, consecuencia previsible de la revolución de 1789, el Congreso de Viena trata de reconducir el continente a un statu quo ante. Los absolutistas ganan la partida sólo en apariencia: el dique ya estaba roto y el Antiguo Régimen ya no volvería jamás. Luis XVIII, por ejemplo, no puede ser calificado de monarca absoluto; Fernando VII es cierto que tumbó las aspiraciones liberales, pero tras su muerte, no se repitió un reinado como el suyo.

Así las cosas, se suele marcar el año de 1848 como el año en que las fuerzas contenidas de la modernidad hija de la revolución -que no de la Ilustración-, estallan: Italia, Francia, Austria, Suíza, etc; viven una explosión de nacionalismo romántico. Se produce un aumento efectivo del número de países. En 1871, tras las unificaciones alemana e italiana, había en Europa 14 países. En 1924, serían 26. Es decir, en 50 años se dobla el número de estados independientes en Europa, mientras paralelamente aumenta la dotación efectiva de las fuerzas armadas nacionales.


La nación ha de sostenerse por las armas frente a otras naciones ya que carece de sentido sostenerla frente a un rey absoluto que ni llega a la categoría de recuerdo del pasado. Si antes de 1789, los países se veían unos a otros mejor o peor, pero reconociéndose como pueden reconocerse dos aldeas vecinas. Ahora la bandera pasa a ser un motivo por el que derramar la sangre (y no tan solo una señal por la que distinguirse en alta mar).

Los revolucionarios logran que la nueva nación sea algo que ha estado siempre ahí, logran que sea el pegamento social que logre confundir a la gente lo que es el país, con su historia, cultura y tradiciones con el constructo estatal que se apodera de la nación, con sus modernos emblemas, sus razones de estado y su burocracia.

En las guerras del Antiguo Régimen, quienes eran reclutados para combatir en el extranjero, tenían más razones para odiar a su príncipe que al soldado enemigo. Cambiar esta idea es el “logro” permanente de la revolución.

Hay ciertas naciones cuyos caracteres ya estaban formados y eran distinguibles antes de la revolución francesa. En la sobremesa de cualquier casa ilustrada se podía mentar a España, Francia, Holanda, Inglaterra o Prusia; y todos podían exhalar humo de sus puros y reirse enseñándose sus dientes amarillos. Ciento cincuenta años después, ¿cómo conocer los intereses de Guatemala y Noruega?

Las nuevas naciones, basadas en la misma diferencia normal y asumible que puede haber entre Abegondo, Bergondo, Culleredo y Cullergondo, pasan a ser -burócratas y salvapatrias mediante-, protagonistas de una historia universal que tiene su centro de gravedad en las dos ruinas romanas que hay tras aquel monte. Desde la prehistoria, todos los hechos históricos ocurridos en este prado han llevado a que hoy este campo sea una nación independiente y soberana. Por primera vez en la historia, hablar otro idioma se convirtió en signo de estigmatización, cuando antes, los ilustrados y las universidades se empeñaban en que los estudiantes supieran todos los idiomas posibles, para abrir sus mentes a ese nuevo mundo al que nuestros barcos daban forma

Continuará.

1 comentarios:

Elentir 17 septiembre, 2011  

Entre la primera entrada y ésta, lo estás bordando. Espero impaciente la próxima, excelente trabajo.

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