jueves, 4 de noviembre de 2010

En el pecado llevamos la penitencia

En la película 'Cadena perpetua', hablaban del concepto "institucionalizado" cuando un recluso ya concebía la prisión como su hogar y en caso de obtener la condicional fuera incapaz de vivir fuera de sus muros.

Algo parecido pasa con la pobreza en España. De forma gradual empezamos a "institucionalizanos" con la pobreza. Resulta evidente que casi todos conocemos a gente que echan del trabajo, pequeños empresarios que han echado la reja, cada vez más personas hurgando en los contenedores y un alarmante aumento de la frecuencia en atracos a bancos. Ya pensamos que este estado de cosas es "lo normal". Este país es trágico -en un sentido clásico- porque de seguir así acabará muy mal.

Quienes leemos la prensa podemos recitar de carrerilla unos cuantos datos macroeconómicos, compararlos con datos de otros países o de la España de hace unos años. Incluso quienes saben algo del tema económico, ofrecen alternativas de política económica alejada del servilismo del estado niñera. Es bueno que haya alternativas para elegir, aunque de momento hay una sola oferta política en el mercado electoral formada por una banda que se lo lleva crudito.

Lo cierto es que a pie de calle -yo de primera mano puedo comparar dos ciudades "ricas", es decir, de la mitad norte de España-, si te paras un poco a observar, ves una pobreza evidente. Hace cinco años la calle no tenía ese aspecto. Es terrible.

No quiero que se me malinterprete, siempre hubo pobreza en España, siempre hubo lugares de exclusión social, muchas veces establecidos a propósito para sostener la demanda de los servicios sociales y de seguridad públicos. Barrios marginales, arrabales, campamentos de la droga, etc. Lo que quiero decir es que quizás haya que empezar a cambiar el concepto de pobreza española, las causas de esa pobreza y las fórmulas para que surja la prosperidad.

Hoy en día es pobre quien se ha metido en un préstamo hipotecario de 150.000 euros del que tiene que acabar pagando 240.000. Aunque tenga un sueldo miserable, el nuevo pobre, tiene un móvil de última generación, etc. No se trata de vivir por encima de sus posibilidades, sino de tener una sola fuente de ingresos y confiar en hacer frente a varios préstamos a largo plazo. En esta trampa tiene mucha responsabilidad el currito, sí, pero también unos señores de corbata que trabajan en Bruselas, y de ahí hacia abajo todos los políticos y flipados sociales cuya cena depende de que existan pobres y endeudados.

Lo cierto es que sin la solidaridad de las familias y la Iglesia Católica, este país estaría ahora mismo ardiendo por las cuatro esquinas. Si a esto le sumamos un gobierno del PP, el riesgo de conflicto civil se acercaría a niveles de 1980 (sólo hay que recordar los sucesos de marzo de 2004, en los que turbas cabreadas sitiaron sedes de ese partido. Está bien, ese partido tiene poco que ver con lo que hay ahora, pero es para que nos hagamos a la idea).

Consultando la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, encontramos que los datos provisionales del 2010 arrojan los siguientes datos:

Tasa de riesgo de pobreza:

Menores de 16.... 24,5%
Entre 16 y 64..... 19,1%
Más de 65............24,6%

Es decir, una de cada cinco personas es oficialmente pobre. Un 30,5% de los españoles tienen dificultad o mucha dificultad en llegar a fin de mes (unos 15 millones de personas), por contra, un 14,1% tienen facilidad o mucha facilidad. El porcentaje de hogares con retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal en los últimos 12 meses aumentó un 50% en los dos últimos años (ahora está en el 7,7% oficialmente). Para hacer cálculos rápidos, un 1% de la población son más de 460.000 personas con cara, nombres y apellidos.

¿Qué lección se puede sacar de todo esto? Pues que lo que se está haciendo no sirve. Las políticas redistributivas tienen como primera consecuencia crear dependencia por un lado e impedir prosperar por el otro. La consecuencia de esta consecuencia es que el más rico seguirá siendo rico (aunque menos de lo que le gustaría) y el más pobre, seguirá siendo el más pobre. Subsistiendo.

¿La alternativa cuál es? La conocemos todos. Desde luego que si de mi dependiera, las ayudas directas serían lo último en eliminar para evitar el conflicto civil. Hay muchas cosas que hacer -sobre todo que dejar de hacer- para que haya un estado de prosperidad en España. La mayoría de ellas dependen del chiringuito político, por lo tanto no esperemos que la solución surja de la actual generación de políticos.

Una nueva generación de políticos

Podemos pasarnos la tarde hablando de lo que se debe hacer, sí. Lo dificil es encontrar quien lo haga y que la gente, maniatada por la dependencia, confíe en que le irá mejor con otra política. Últimamente, se alzan muchas voces con grandes frases y supuestas ideas redentoras. Los medios de comunicación tradicionales, emponzoñados en el sistema, no hacen ningún favor a estas voces y a quienes dejan hablar, lo hacen por fastidiar a la otra familia (de la misma política).

El cambio de modelo no tendrá nada que ver con los jetas que vemos en la tele. O vendrá impuesto desde fuera o será una conquista realizada por medio de pequeños actos delictivos (objeción fiscal, por ejemplo).

Por ahora, lo peor que nos puede pasar es que salgamos de la crisis. Porque esto significará que seremos lo suficientemente pobres como para que nuestras exportaciones aumenten. Y vuelta a empezar.

En el pecado llevamos la penitencia.

Un poquito de John Ford:


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1 comentarios:

Teseo 04 noviembre, 2010  

Por partes, como decia Jack el destripador:

1) en Cadena Perpetua no me creo que Tim excave un tunel en la pared de la prision y nadie se de cuenta. Si me creo que haya sabido administrar tambien el sueldo del alcaide y sus compinches, aunque tendria que ser mas listo que el señor Bono. Ups.

2) No me salen los cálculos. Un prestamo de 150.000 euros a 25 años, con un 4% de interes (es mucho suponer) toca a pagar 300.000 euros o mas.

3) El cateto tiene que cargarse al del coche. Y sin hacer preguntas.

Vaya, 4 de nov. Otra vez San Carlos.

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