domingo, 11 de julio de 2010

La psychologie des foules

El simple hecho de que las masas posean en común cualidades ordinarias explica por qué nunca pueden ejecutar actos que demandan un alto nivel de inteligencia. Las decisiones relativas a cuestiones de interés general son puestas ante una asamblea de personas distinguidas, pero estos especialistas en diferentes aspectos de la vida resultan ser incapaces de tomar decisiones superiores a las que hubiera tomado un montón de imbéciles. La verdad es que sólo pueden poner a disposición del trabajo en común aquellas cualidades mediocres que le corresponden por derecho de nacimiento a todo individuo promedio. En la masa es la estupidez y no la perspicacia lo que se acumula. No es, como tantas veces se repite, que todo el mundo tiene más perspicacia que Voltaire sino, seguramente, es Voltaire el que tiene más perspicacia que todo el mundo si por “todo el mundo” debemos entender a las masas.

Si los individuos de una masa se limitaran a poner a disposición del común aquellas cualidades ordinarias de las cuales cada uno de ellos tiene cierta cantidad, la resultante sería meramente un promedio y no, como hemos dicho que es en realidad el caso, la creación de características nuevas. ¿Cómo se crean estas nuevas características? Pues, esto es lo que ahora investigaremos.

Hay diferentes causas que determinan la aparición de las características peculiares de las masas y que no poseen los individuos aislados. La primera es que el individuo que forma parte de una masa adquiere, por simples consideraciones numéricas, un sentimiento de poder invencible que le permite ceder ante instintos que, de haber estado solo, hubiera forzosamente mantenido bajo control. Estará menos dispuesto a autocontrolarse partiendo de la consideración que una masa, al ser anónima y, en consecuencia, irresponsable, hace que el sentimiento de responsabilidad que siempre controla a los individuos desaparezca enteramente.

La segunda causa, que es el contagio, también interviene en determinar la manifestación de las características especiales de las masas y, al mismo tiempo, también en determinar la tendencia que las mismas seguirán. El contagio es un fenómeno cuya presencia es fácil de establecer pero que no es fácil de explicar. Tiene que ser clasificado entre los fenómenos de un orden hipnótico que estudiaremos en breve. En una masa, todo sentimiento y todo acto es contagioso; y contagioso a tal grado que un individuo se vuelve dispuesto a sacrificar su interés personal en aras del interés colectivo. Ésta es una actitud muy contraria a su naturaleza y de la cual el ser humano es escasamente capaz, excepto cuando forma parte de una masa.

Una tercera causa, y por lejos la más importante, es la que determina en los individuos de una masa esas características especiales que a veces son bastante contrarias a las que presenta el individuo aislado. Me refiero a la sugestionabilidad, de la cual, incluso, el contagio arriba mencionado no es más ni menos que un efecto.

Para entender este fenómeno es necesario tener presente ciertos descubrimientos psicológicos recientes. Hoy en día sabemos que, por medio de varios procesos, un individuo puede ser puesto en una condición tal que, habiendo perdido su personalidad consciente, obedece todas las sugerencias del operador que le ha privado de ella y comete actos en manifiesta contradicción con su carácter y sus hábitos. Las observaciones más minuciosas parecen probar que un individuo, sumergido durante cierta cantidad de tiempo en una masa en acción, pronto se encuentra – ya sea por consecuencia de la influencia magnética producida por la masa o por alguna otra causa que ignoramos – en un estado especial que se asemeja mucho al estado de fascinación en el que se encuentra el individuo hipnotizado que está en las manos de un hipnotizador. Habiendo sido paralizada la actividad mental en el caso del sujeto hipnotizado, éste se convierte en esclavo de todas las actividades inconscientes que el hipnotizador dirige a su voluntad. La personalidad consciente ha desaparecido por completo; la voluntad y el discernimiento se han perdido. Todos los sentimientos y pensamientos se inclinan en la dirección determinada por el hipnotizador.

Gustave Le Bon. La psychologie des foules (1895; Psicología de las Masas, 1896).

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