martes, 6 de octubre de 2009

Historia del comunismo I: La vieja Rusia

Comienzo una nueva serie en el blog para tratar la infausta historia del rojismo y el coloradismo. Será una serie donde probablemente no aprendas nada nuevo, amable lector, pero de vez en cuando nos echaremos unas risas gracias al magnífico poder de la palabra escrita.

El comunismo aparece en el Imperio Ruso porque era el único sitio donde podía arraigar. Por sus características, un movimiento totalitario de raíz sangrienta, sólo puede aparecer donde hay miseria y mediocridad, pero también disciplina y un gran nacionalismo. De esto Marx no habla mucho ya que se dedica a desvariar sobre materialismo dialéctico, lucha de clases en la historia, teorías económicas absurdas y demás zarandajas.

Esto a los aprendices de dictadores no les importaba nada. El fin último del totalitarismo es el poder. El poder sangriento. ¿Lo demás? Anécdotas y excusas.

Mientras en Europa Occidental hay una tradición que se remonta a la Edad Media en el respeto a cierto orden legal y los vasallos podían denunciar al Rey por las acciones de sus señores, en Rusia no. Mientras en Europa Occidental, aparecen el humanismo y la ilustración, en Rusia no tanto. Bien es cierto que Rusia aparece como potencia relevante debido a sus grandes números, pero realmente no dejaba de ser una satrapía asiática con careta occidental.

A la cabeza del Imperio estaba el Zar, con poderes absolutos. Existía un parlamento de nobles –Duma- a imitación de las Cortes medievales, sin embargo sus funciones legislativas eran testimoniales, honoríficas. Un Consejo de Estado actuaba como gobierno, pero sus miembros eran elegidos por el Zar entre la nobleza. El poder era absoluto y piramidal. La inmensa mayoría de rusos eran siervos o esclavos del Zar o de algún noble suertudo.

La esclavitud fue abolida de iure en 1861, sin embargo a la hora de la verdad, poca diferencia había entre ser esclavo o ser siervo. Dormir en un jergón lleno de animalillos, tomar dos platos de sopa de nabos y al cabo de unos treinta años morir exhausto era el destino de todo buen ruso. Los siervos no podían abandonar las tierras donde nacían. Según el Tercer Censo (1762-1766), casi el 70% de la población era sierva o esclava. De estos, el 40% eran siervos o esclavos del Estado, trabajando directamente en tierras del Zar o de la Iglesia Ortodoxa. Y quien dice “tierras”, dice también “minas”. En otras palabras y siguiendo los datos del mismo censo oficial: un tercio de la población era propiedad personal de la familia imperial.

Mención especial merecen las colonias siberianas. Se cedían grandes extensiones de terreno a terratenientes de confianza, que obtenían trabajo esclavo a muy buen precio. Siberia por aquella época ya era el lugar reservado para la disidencia y los criminales. Y no los enviaban simplemente al exilio, sino a morir trabajando. Esta tradición se mantuvo intacta durante toda la época zarista y la comunista.

Con esta forma de hacer las cosas, de espaldas al mundo y brutal intervención del Estado en la vida y libertad de la gente, no es raro que fueran fuertemente proteccionistas –lo que aumentaba la espiral de miseria- con aranceles del 75% en madera, hierro, cereales y demás productos para proteger su economía de ser eficiente y de los precios bajos. A mediados del XIX la lana y el azúcar eran dos veces más caras en San Petersburgo que en Berlín, el carbón seis veces más caro. Siguiendo la evolución lógica de estos esquemas medievales, a mediados del XIX fue el Estado el encargado de comenzar a construir los ferrocarriles. La modernización aparente que se vendía al mundo, brotaba sobre un charco de sangre, costumbre que adquirieron posteriormente los comunistas. El Estado estableció por ley su monopolio sobre prácticamente todos los productos de consumo: tabaco, pizarra, ataúdes, naipes, pescado, vodka, sal, goma, pegamento,… Esto consiguió tener unos precios elevadísimos y aumentar las privaciones de quienes pudieron llegar a ser burguesía y nunca salieron del barro. A esto unamos los elevados impuestos sobre barbas, bigotes, bodas, correos, alquileres, no bautizados, no ortodoxos e incluso un impuesto muy curioso: el “impuesto del alma”, que se cobraba a los varones vivos por respirar.

Imperialismo

El Imperio Ruso fue un imperio expansivo y destructor, como el comienzo del Imperio Británico. Con África y América ya repartidas entre los imperios coloniales europeos, los rusos se lanzaron al este. Subyugaron y aplastaron a pueblos indígenas. Incluso cruzaron el estrecho de Bering y tomaron Alaska a las focas y esquimales que había allí. Por el camino se cargaron al 90% de la población autóctona. Una vez asentados en las nuevas zonas, comenzó el proceso de rusificación. El nacionalismo ruso será una constante en el periodo comunista también, pero incluso más a lo bestia debido a que tendrían más medios. Mención especial merecen las persecuciones religiosas en Finlandia, Polonia y los emiratos centroasiáticos. Y los pogromos contra los judíos, con violencia estatal directa contra esta minoría. Recordemos que durante el mandato soviético la persecución a las minorías no pararía, incluso en los pasaportes internos había que poner la “nacionalidad”. “Judío” era una nacionalidad. El anitjudaísmo será una constante en toda la historia del nacionalismo ruso.

5 comentarios:

Teseo 06 octubre, 2009  

Psss... a falta de otros capitulos, intenta no confundir el Comunismo con el Marxismo/Leninismo... que no es la misma mierda. El Comunismo es la explotacion del Hombre por el Hombre.

Pablo 06 octubre, 2009  

Lenin aparece en el tercer capítulo.

Prometo emplear indistintamente los términos que me dé la gana.

Teseo 08 octubre, 2009  

En realidad puedes poner cualquier cosa que acabe en ismo: fascismo, liberalismo, masoquismo, dadaismo, papismo, guarismo, carlismo, ...

Michi 25 julio, 2010  

cada dia sois mas imbeciles e ignorantes

Pablo 28 julio, 2010  

Es que entrenamos.

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