jueves, 4 de junio de 2009

Cuestionar la autoridad, un derecho fundamental


Lo más terrible fue el Holocausto. Todos los holocaustos que hubo -el armenio, el ucraniano, el ruandés, el jemer...- fueron terribles, pero el Holocausto judío, la Shoá, fue particularmente terrible. Concretamente no fue más terrible que otros por el número de muertes. Quienes pensamos que un solo asesinato es el crimen más abyecto de la humanidad, consideramos que a partir de ahí el número de muertes no aporta mayor crimen moral.

El Holocausto judío fue el crimen más terrible en la historia de la humanidad por la atribución que la autoridad pública se autootorgó. Es decir, el gobierno decidió que era capaz de decidir quién formaba parte de la especie humana y quién no. A partir de ahí ya pudieron hacer con los judíos lo que les diera la gana.

¿Hace falta mayor justificación de la necesidad de limitar la acción del gobierno? Podéis llamarme exagerado, pero ciertamente la diferencia es tan solo de grado. Dar por sentado que los hechos más terribles del pasado no se van a volver a repetir y que con tus circunstancias personales nunca vas a ser objeto de persecución, es tener demasiado buen concepto de los seres humanos.

¿Cómo limitamos la acción del gobierno/autoridad pública ? Yo pienso que de dos maneras: con una Constitución que limite su poder y con una sociedad civil fuerte. Sabiendo que una democracia puede degenerar en oligarquía y variar la ley o la constitución, sólo nos queda incidir en una sociedad civil fuerte, despierta, atenta, vigilante. Viva.

La necesidad de tener leyes y que se apliquen sobre los gobernantes limitándoles su poder es básico. Existen derechos que están por encima de cualquier ley.

Y no escribo esto en relación a la polémica del aborto (que también), sino por el pensamiento único dominante, por la manía que los gobiernos y muchos incautos tienen de pensar que como son gobierno tienen razón y por la sacralización de la democracia, que me parece lo más antidemocrático que hay. Democracia no debe ser dictadura de la mayoría. Ésta y no otra es la batalla de nuestra época.

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