lunes, 4 de mayo de 2009

Calamares a la romana, origen de la maldad y segundas oportunidades

Pocas personas pueden decir que le parta un rayo a un niño y salir, más o menos, indemnes en este país. Una de ellas es Pérez-Reverte, que en su última columna dice dos cosas que no me resisto a traer aquí:

para hacer que un hijo maneje correctamente los cubiertos, primero es necesario creer en la necesidad de manejar correctamente los cubiertos

Cosa que resume todo lo que cualquiera debe saber sobre la educación en su más amplio sentido.

La columna del cartagenero en cuestión se llama "Los calamares del niño" y cuenta cómo Arturo va a comer a un restaurante de Calpe y se fija en una familia que parece tener poco que decir sobre el siglo de oro. A Arturo le fastidia cómo come un niño los calamares a la romana y luego la paella. Mira a los padres y cae en que de casta le viene al galgo.
Y yo, que gracias a Dios he terminado, pido mi cuenta, la pago y me levanto mientras pienso que ojalá caiga un rayo y los parta a los tres, y les socarre la paella. Y ustedes dirán: vaya con el gruñón del Reverte, a ver qué le importará a él que el niño se coma los calamares así o asá, peazo malaje. A él qué le va ni le viene. Pero es que no estoy pensando en la paella, ni en el restaurante, ni en los golpes del tenedor sobre los calamares. Aunque también. Lo que pienso, lo que me temo, es que dentro de unos años ese pequeño hijo de puta será funcionario de Ayuntamiento, o guardia civil de Tráfico, o general del Ejército, o empleado de El Corte Inglés, o juez, o fontanero, o político, o ministro de Cultura, o redactor del estatuto de la nación murciana; y con las mismas maneras con las que ahora se comporta en la mesa, cuando yo caiga en sus manos me va a joder vivo. Por eso hoy me cisco en sus muertos más frescos. ¿Comprenden? En defensa propia.

Que es una conclusión determinista a la que muchos hemos llegado en algún momento de nuestras vidas: ¿el cabrón nace o se hace? Personalmente creo que hay un poquito de ambas: el componente genético en el comportamiento, aunque sin ser completamente determinante, cada vez que se estudia más adquiere más relevancia. Por ejemplo, en el caso del alcoholismo. La forma en que la condición genética interacciona con el medioambiente, también juega un factor. Pero lo importante, por tener remedio, es la construcción de la cabronía en el proceso de maduración del ser humano. Es decir, los rasgos adquiridos.

Enfocando el asunto tenemos:
  • Rasgos innatos, por ejemplo, el grupo sanguíneo.
  • Rasgos adquiridos, por ejemplo, el idioma.
  • Rasgos provenientes de la interacción genética con el medio, por ejemplo, el peso/condición física.
Lograr determinar en cuál de estos tres grupos podemos encajar a la maldad sería un gran avance para la ciencia. Personalmente creo que maldad y estupidez son conceptos casi sinónimos. Si medimos la maldad en términos de falta de inteligencia, debemos definir lo que es la inteligencia. Mejor dicho, a qué tipo de inteligencia nos referimos.

A grandes rasgos, definiría la inteligencia en su conjunto, es decir, no sólo como la capacidad de resolver un problema abstracto y dar una solución, sino también a la capacidad de dar los pasos necesarios para ser más felices.

Aunque haya predisposición genética para la inteligencia, en forma de muchas conexiones neuronales. Durante las etapas de desarrollo y a lo largo de toda la vida se van perdiendo, la mayoría por el sistema de refuerzo y desuso. Otras veces de forma artificial, por ejemplo con el consumo continuado de determinadas sustancias.

Por lo tanto es evidente que un entrenamiento ya sea para la resolución de abstracciones como para la búsqueda de la felicidad son la clave de la inteligencia y por tanto, creo, para evitar la maldad. Esto siempre acompañado de hábitos de vida en consonancia con el objetivo: evitar el consumo de determinadas sutancias que atontan, evitar situaciones de estrés y no ver telecinco.

Conclusión. El niño que come los calamares como un psicópata y en cuyos deudos se cisca el bueno de Arturo, tiene arreglo, ya que la maldad viene de una interacción genética con el medio. Pero teniendo ya unos diez años, los padres no deberían dormirse en los laureles.

Algún día hablaré sobre la evolución del aspecto de Pérez-Reverte: con los años ha evolucionado de Rick Moranis a Karlos Arguiñano.

4 comentarios:

Ignacio 04 mayo, 2009  

No hay genética; ni medioambiente: es todo cultura, y conducta.

Pablo 04 mayo, 2009  

Cuando hablo de medioambiente hablo del medio-ambiente. Entre otras cosas lo que se lee y escucha.

La genética tiene su importancia -limitada-, por ejemplo en cómo crecen las conexiones sinápticas en las primeras etapas de desarrollo. Pero vamos, que para que no caigan en desuso hay que reforzarlas entrenando el cerebro.

Un saludo.

bate 04 mayo, 2009  

Cuando de pequeño hacía una trastá al vecino X, el vecino X venía a mi casa a contarle a mi padre la trastá, mi padre me hacía pedirle disculpa al vecino X, y después me castigaba X días sin salir a la calle, que era lo que más me gustaba. El otro día un cabrón de 10 o 12 años, tiró un petardo en mi casa que explotó en la cocina, ni te cuento el susto; pude ver al especimen, y me fuí pitando a contárselo al padre, lo primero que soltó el hijoputa fue una sonrisa estúpida y a continuación ne dijo que no era para tanto. Le dije que como la criaturita tirase otro petardo, le iba a reventar al papa su puta boca, ya que al enano no le podía arrear una torta como se merecía. Esto es lo que hay. Tuve que vender el piso donde vivía en Sevilla, porque cogieron como norma hacer todos los días un botellón. Este país es una puta mierda.
Un saludo.

Pablo 04 mayo, 2009  

Para ir a casa, suelo cruzar un pasadizo donde los chavales hacen botellón, fuman sus porros en horas de clase y también tiran petardos los días de fieshta.

El ayuntamiento decidió cerrar el pasadizo de 22:00 a 7:00.

Este país es una puta mierda.

Un saludo.

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