viernes, 6 de marzo de 2009

Declaración de independencia

Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para unas personas disolver los vínculos políticos que las ligan a su gobierno y tomar entre el resto de personas de la Tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza les dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declaren las causas que las impulsan a la separación.
Sostenemos que estas verdades son evidentes en sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, demuestra el designio de someter a las personas a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y establecer nuevos resguardos para su futura seguridad. Tal ha sido nuestro paciente sufrimiento; tal es ahora la necesidad que nos obliga a reformar nuestro anterior sistema de gobierno. La historia del actual gobierno español es una historia de repetidos agravios y usurpaciones, encaminados todos directamente hacia el establecimiento de una tiranía absoluta sobre nosotros. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial.
Ha impedido a los diputados sancionar leyes de importancia inmediata y apremiante, a menos que su ejecución se suspenda hasta obtener su asentimiento; y una vez suspendidas se ha negado por completo a prestarles atención.
Ha entorpecido la administración de justicia al no aprobar las leyes que garanticen la separación de de los poderes del Estado.
Ha hecho que los jueces dependan casi solamente de su voluntad, para poder desempeñar sus cargos y en cuanto a la cantidad y pago de sus emolumentos.
Se ha asociado con otros para someternos a una jurisdicción extraña a nuestra constitución y no reconocida por nuestras leyes naturales; aprobando sus actos de pretendida legislación:
Para suspender la producción para nuestro comercio con todas las partes del mundo.
Para abolir nuestras leyes más valiosas y alterar en su esencia las formas de nuestro gobierno.
Para suspender nuestras propias legislaturas y declararse investido con facultades para legislarnos en todos los casos, cualesquiera que éstos sean.
Ha abdicado de su gobierno en estos territorios al declarar que estamos fuera de su protección y al emprender una guerra contra nosotros.
Ha saqueado nuestros mares, asolado nuestras costas, incendiado nuestras ciudades y destruido la vida de nuestro pueblo.
Ha obligado a nuestros conciudadanos, a que tomen armas contra su país, convirtiéndolos así en los verdugos de sus amigos y hermanos, o a morir bajo sus manos.
En cada etapa de estas opresiones, hemos pedido justicia en los términos más humildes: a nuestras repetidas peticiones se ha contestado solamente con repetidos agravios. Un Príncipe, cuyo caracter está así señalado con cada uno de los actos que pueden definir a un tirano, no es digno de ser el gobernante de un pueblo libre.
Tampoco hemos dejado de dirigirnos a nuestros hermanos que le apoyaron. Los hemos prevenido de tiempo en tiempo de las tentativas del poder legislativo para englobarnos en una jurisdicción injustificable. Les hemos recordado las circunstancias de nuestra emigración y radicación aquí. Hemos apelado a su innato sentido de justicia y magnanimidad, y los hemos conjurado a repudiar esas usurpaciones, las cuales interrumpirían inevitablemente nuestras relaciones y correspondencia. También ellos han sido sordos a la voz de la justicia y de la consanguinidad. Debemos, pues, convenir en la necesidad, que establece nuestra separación y considerarlos, como consideramos a las demás colectividades humanas: enemigos en la guerra, en la paz, amigos.
Por lo tanto, individual y personalmente, apelando al Juez Supremo del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en nuestro nombre y por nuestra autoridad, solemnemente hacemos público y declaramos: Que Nosotros somos, y debemos ser por derecho, Ciudadanos Libres e Independientes; que quedamos libres de toda lealtad al gobierno de España, y que toda vinculación política entre nosotros y el gobierno de España queda y debe quedar totalmente disuelta; y que, como Ciudadanos Libres o Independientes, tenemos pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, concertar alianzas, establecer el comercio y efectuar los actos y providencias a que tienen derecho los Ciudadanos Independientes.
Y en apoyo de esta Declaración, con absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia, empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor.

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Nota: Rubalcaba, esto es por obligarme a dar mis datos a una tienda. Si es que no hay quien os soporte. Dejadnos en paz. Dejadnos vivir. Que ya está bien, hombre, ya os vale.

1 comentarios:

Teseo 09 marzo, 2009  

No leo lo de Nosotros el Pueblo...

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