martes, 24 de marzo de 2009

Callar no cambia las cosas


Érase una vez un pastor de ovejas que llevaba un rebaño por un prado a pastar. El rebaño no era suyo, trabajaba para un granjero para poder pagarse un coche con el que poder huir.

Cierto día, el pastor, completamente borracho y bajo el efecto de varios alucinógenos, pensó que una oveja le atacaba. Agarró una piedra y se la lanzó a la cabeza. Cuando la sangre comenzó a manar con profusión, al pastor se le bajó todo, se puso lívido. Si mataba a una oveja podía decirle adiós a su trabajo y a su coche. Se acercó al animal, su cabeza estaba cubierta de sangre.

-Oye oveja, lo siento mucho, yo no quería hacerte daño, no era yo mismo.
-Te has pasado tres pueblos -contestó la oveja.
-Por favor, no le digas nada a tu dueño, si no me despide -le pidió el pastor.
-Puedo callarme, pero la sangre grita.

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